En el 2014 se tradujo al castellano La quinta esquina, novela publicada en su lengua original el mismo año en que cayó el Muro de Berlín y en la que su autor, Izraíl Métter, un ucraniano nacido en Járkov, se vale de su personaje Boria para reconstruir por medio de fragmentos sutiles una historia de amor de infancia que nunca pudo olvidar. La novela de Métter es excelente y conmovedora: desde la facultad poco común de un hombre común para pasar desapercibido, el narrador rememora el fantasma de su amada Katia mientras describe en paralelo, con lentitud adorable, el pesar de la vida durante los años más duros de la URSS.

Sobre el final de la novela, Métter confiesa su tímida lucha por el derecho a relatar en primera persona los hechos históricos de los que había sido testigo. Menciona que el pronombre yo estaba prohibido, que debía emplearse el nosotros, que se debía hablar en nombre del pueblo. Que el pronombre individual se impusiera al inclusivo no era sin embargo una meta en sí misma. Métter la defendía porque consideraba que sus actos individuales no habían tenido ningún espesor histórico o porque toda su persona se había desarrollado sobre aquello que ocurría a su alrededor, de modo tal que fundirse con ese fondo o sobresalir no tenía para él la menor importancia.

A pesar de que su padre montaba una pequeña fábrica de macarrones cuando llegó la revolución, motivo por el que el emprendimiento alcanzó a durar pocos días, Métter fue a partir de los ocho años un hijo probo de los acontecimientos de octubre. En las casitas pobres de su Járkov natal los vecinos esperaban en silencio el avance de los bolcheviques, esperaban un mendrugo de pan, esperaban que alguien pusiera término a las salvajadas del ejército blanco, y el día en que esto ocurrió una multitud de hombres, mujeres y niños salieron a las calles y comenzaron a abrazarse, a brindar, a entonar cánticos por la revolución. Al pequeño Métter lo peinaron a la gomina, le pusieron sus pantaloncitos de fiesta y también él salió con el pueblo a la calle. Esto en virtud de que si hay algo que todas las revoluciones comparten es el imparable fervor colectivo del que provienen y las iniquidades que brotan mientras tratan de afirmarse.

La resistencia ha sido históricamente para cualquier pueblo una pieza en común bastante más prestigiosa que la aceptación, razón por la que ninguna felicidad humana que se precie de tal puede en conjunto ser el efecto de una articulación o de orden alguno; es un bien escaso, que los pueblos excavan ocasionalmente en la adversidad colectiva por el tirano de turno. Por supuesto: la revolución rusa no fue la excepción: el orfeón que había llamado por medio de una nota bien afinada al derrocamiento del Zar, comenzó a desentonar cuando se puso en juego la construcción del nuevo orden.

El tránsito de la fase libertaria a la orgánica fue en la URSS altamente complejo, solo que Métter había tenido el privilegio de cumplirlo al revés: en aquellas plazas o en aquellas calles había partido siendo el feligrés inocente de un orden del que la singularidad de su obra lo iría distanciando. De joven había colaborado en la radio promoviendo textos antifascistas durante la guerra contra Alemania y tenía más de cuarenta años el día en que por esa misma radio se escuchó en todo Járkov la transmisión del último discurso de Stalin.

A Stalin su mayordomo lo había encontrado un domingo por la noche tendido en el suelo de su habitación con las prendas de vestir que había ocupado el día anterior, los médicos diagnosticaron un ataque cerebrovascular, el ataque era severo y antes de que muriera la agonía se extendió por un par de semanas. Se cuenta que un día en el que la enfermera le daba leche con una cuchara, el moribundo abrió suavemente los ojos para señalar un cuadro que colgaba sobre su cama en el que una niña le daba leche a una oveja. Ese mismo día entró en coma, pero una semana antes había tenido la precaución de juntar un poco de fuerza para dirigirse por última vez al resto de sus camaradas.

A resto de sus camaradas, no, porque curiosamente esta vez su alocución la inició con otra figura: dijo “Amigos míos”. Fue la única vez en la que lo hizo y Rusia entera se conmovió: descifró en esa introducción atípica y en esa voz temblorosa el comienzo de la fatal despedida. La gente lloraba y también lloraban en las escuelas los niños, entre ellos un pequeño muy tierno que al igual que Métter era de Járkov y que, al igual que Métter, terminaría dedicándose a la literatura.

Métter tenía por entonces treinta años más que él, no se conocían, pero no sería raro que en Járkov se hubiesen cruzado más de una vez. La ciudad no era tan grande, y además compartían el cariño por Dumas y Verne, a quienes el pequeño leía con devoción: era el mejor de su clase, figuraba todos los años en los cuadros de honor de la escuela y, como buen hijo de oficial, precedía el sóviet de los excursionistas. Pero hubo un problema: se había preparado a lo largo de su corta vida para entrar al ejército y una miopía prominente lo dejó fuera de carrera.

En la fascinante novela que le dedicó Carrére, se menciona que el joven recibió la noticia como un balde de agua fría y entró en una crisis. La crisis le duraría toda la vida: se especializó en el asalto a farmacias, se hizo yonki, se enamoró de una alcohólica decadente, un día dejó su Járkov natal y se fue a Nueva York, donde sobrevivió un tiempo intercambiando sexo oral con los negros del Bronx por unas monedas y donde terminó como mayordomo de un millonario. Tiempo después lo vieron en Bosnia, disparando en Sarajevo, se hizo aficionado a los prostíbulos y conoció las prisiones más abyectas del mundo, incluido el campo de concentración de Lefórtovo, donde confesó haber experimentado en Nirvana antes de partir hacia el Asia Central.

A diferencia de su coterráneo Izraíl Métter, no se consagró a rememorar amores perdidos sino a escupir en la cara de todo el mundo. Tampoco se consagró al arte de redactar novelas, se consagró a las crónicas, que escribió por montones, entreverado entre pordioseros, indigentes y desdentados bajo el sol abrasador de Samarcanda, en medio de los miserables mercados de Asia levantados sobre el polvo reseco.

¿Su nombre?: Limónov, Eduard Limónov.

En la portada del libro de Métter un caballo cansado tira de un trineo en medio de la nieve; en el de Carrére Limónov mira en cambio de frente a la cámara cubierto por un abrigo del que cuelgan lauros y condecoraciones que inventó un día para sí mismo. En realidad lo inventó casi todo, incluidas las pequeñas historias a las que el incauto Métter buscaba reconstruir con la paciencia de un monje y de las que le era propio descontarse siempre a sí mismo. Si a la austeridad o la moderación del Métter se le anexaran las desproporcionadas quimeras de Limónov, entonces Járkov habría arrojado al mundo literario al más justo y riguroso de todos los escritores.


Escritor y profesor Universidad de Chile