El silencio es solemne en el auditorio de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile. Casi un centenar de estudiantes atentos la escuchan con atención. En el escenario, Selva Almada (43) expone y explica casi a modo de advertencia: ni charlas ni textos ni teorías fueron tan importantes a la hora de acercarla al feminismo como la forma en que su experiencia la hizo mirar su entorno.

Oriunda de la provincia de Entre Ríos, Almada fue invitada a participar en el seminario “Los velos de la violencia: Reflexiones y experiencias étnicas y de género en Chile y América Latina”, el cual la trajo por tercera vez al país. El tono de su intervención fue siempre coloquial, mucho más cercano a la crónica o al relato literario propiamente tal que a la pompa académica que a veces copa estos espacios. Durante las preguntas del público, un joven levantó la mano y preguntó cuál era la opinión de las feministas sobre el adjetivo “feminazis”. La escritora lo escuchó y respondió con simpleza: perder el tiempo tratando de dar vuelta una comparación tan obviamente tonta no es una opción. La única respuesta posible es -con humor- apropiarse y resignificar el adjetivo.

Tras la instancia, la autora se dio un tiempo para conversar con El Desconcierto. Sentada en una de las bancas frente a la facultad, ahondó en los caminos que la llevaron a forjar un feminismo que define como una “militancia personal” a la que le dedica tiempo y energía y que la impulsó a escribir “Chicas muertas” (2014), la novela de no ficción en que, mediante una crónica, narra tres casos de femicidio ocurridos en pequeños pueblos argentinos.

Almada comenzó su carrera literaria el 2003, con la publicación del libro de poesías “Mal de muñecas”. Sin embargo, su nombre se hizo conocido casi una década después, cuando junto a la editorial Mardulce sacó “El viento que arrasa” (2012), breve novela ambientada en la zona rural de El Chaco. Traducida al italiano, sueco y francés, la obra fue escogida como la novela del año por la revista Ñ -el prestigioso suplemento cultural del diario Clarín- y ya lleva varias ediciones en su país de origen. Luego vino “Ladrilleros” (2013),  “Chicas Muertas” -la primera de sus obras en llegar a Chile, de la mano de la editorial Random House- y El desapego es una manera de querernos” (2015),  un compilado de cuentos salido al alero de la misma editorial.

Las mujeres así aparecen muertas

La concepción de “Chicas muertas” tuvo un detonante claro: Selva tenía 13 años cuando escuchó por la radio que en su pueblo habían encontrado sin vida el cuerpo de Andrea Danne. La joven de 19 había sido apuñalada encima de su cama y del asesino ni rastros. “Esa mañana la noticia de la chica muerta me llegó como una revelación. Mi casa, la casa de cualquier adolescente, no era el lugar más seguro del mundo. Adentro de tu casa podían matarte. El horror podía vivir bajo el mismo techo que vos”, escribió Almada al comienzo del libro.

A partir de ese instante, la pequeña Selva comenzó a fijarse en que la aparición en las noticias de chicas asesinadas era alarmante. Sin tener noción de la existencia de conceptos como femicidio u odio de género, Almada fue espectadora atenta de cientos de situaciones similares, cuestión que años después la llevaría a narrar en esta novela, además de la historia de Danne, la de María Luisa Quevedo -cuyo cuerpo apareció estrangulado y violado en un terreno baldío- y la de Sarita Mundín, que pasó meses desaparecida antes de que la policía encontrara a la orilla de un río los que se supone eran sus restos. Aunque en ese momento las pericias indicaron que el cadáver pertenecía a ella, años después su proceso se reabrió, y las pruebas arrojaron una composición genética distinta a la de Mundín, haciendo aparecer a una cuarta chica que nunca nadie buscó. Además de haber sido violentamente asesinadas antes de cumplir los 21 años, las tres historias estaban marcadas por la impunidad: en ninguno de las casos encontraron jamás a los responsables de los crímenes.

Todo en la escritura de la entrerriana está marcado por la determinación de contar las historias sin rodeos. Al conversar con ella tampoco abundan las florituras, es sencilla y concisa, y aterriza al plano de lo concreto todo lo que dice. Eso puede verse reflejado en el título del libro “Chicas muertas”, escogido porque así se refería al proyecto cuando lo comentaba con sus cercanos, y así aparecían encarnadas estas jóvenes en los expedientes judiciales cuando los peritos ya no tenían más sinónimos para referirse a ellas.

Fanática de la lectura desde niña, su primer acercamiento a las letras fue cuando entró a estudiar Periodismo. En un curso -que califica como más “lúdico”- constató que efectivamente quería dedicarse a escribir, pero ficción, no para prensa.

Apenas se embarcó en esa tarea, volvió a rondar por su cabeza el momento en que escuchó lo ocurrido con Andrea Danne, transformándose en una suerte de obsesión el poder contarla. Ocurridos en una época en donde nadie usaba Internet ni existían movimientos como #NiUnaMenos, los asesinatos a mujeres se perdían en la sección de crónica roja. “Cada vez que se sabía de algo así la reacción era ‘ah, una chica de clase media baja asesinada. Eso le pasa a este tipo de chicas: pueden aparecer muertas’, cuenta la autora. “No quería que se perdieran estas historias. Ya las habían matado, ya habían quedado impunes los crímenes. Me parecía que el olvido era otra manera de matarlas”, evoca.

Después de haber pasado años escribiendo ficción, volvió a coquetear con el periodismo -sin ser periodista, se encarga de aclarar varias veces-, comenzando un arduo proceso de investigación que la llevó a viajar a los sitios en donde ocurrieron los crímenes, revisar los expedientes, y entrevistar a todos quienes pudieran ayudarla a reconstruir cada episodio. “Ellas me interpelaron desde otro lado”, explica. Tomando de referente libros como “A sangre fría” de Truman Capote o “El Empampado Riquelme” del cronista chileno Francisco Mouat, Almada mezcló los elementos de la literatura -terreno en el que se movía con familiaridad- con la acuciosa investigación realizada.

El proceso de recopilación de información detrás de “Chicas muertas” fue costeado con el dinero que la escritora recibió a través de una beca del Fondo de las Artes. Cuando se quedó sin presupuesto, decidió atreverse a imitar a Mouat en algo que había llamado profundamente la atención cuando leyó su libro: acudió a una vidente. En una especie de ejercicio con el que esperaba ampliar la mirada que tenía sobre los casos. “Más allá de si hubo revelaciones sobre los hechos, con ella comencé a cuestionarme mi relación con estos crímenes que me obsesionaba tanto indagar”, rememora.

En esos largos encuentros, Selva comenzó a repasar que, dentro de su propia vida, la violencia también había estado presente: “Es un tema cercano para mí como para cualquier mujer. Los golpes, la violencia psicológica o los ninguneos están en todas partes. Si no te pasó a vos le pasa a una amiga, a una vecina, una compañera de estudios”, sostiene.

“Conversando con la tarotista logré entender la sensación que tenía: ser mujer y estar viva es una cuestión de suerte”, sentencia. Por eso, en esta novela, paralelamente a la narración de los tres femicidios, la escritora muestra cómo darse cuenta del contexto que la rodeaba forjó su feminismo.

La prensa fue la vía que acercó a la autora estos crímenes y ella hasta el día de hoy sigue atenta la forma en que el periodismo se refiere a estas noticias. Cuenta que en su país el único medio que trata los temas con perspectiva de género es Página/12, haciendo la diferencia en cosas tan básicas como usar el concepto femicidio, mientras otros siguen hablando de crímenes pasionales. “En general los medios terminan desbarrancando, buscando formas para responsabilizar a la familia o a la víctima”, relata, y para ejemplificarlo recuerda un titular que hace apenas dos años utilizó el diario Clarín: “Melina había dejado el colegio y usaba piercings”. Con esas palabras el diario más vendido de Argentina sindicaba esos dos hechos como un móvil lógico a la hora de justificar el asesinato de una mujer. “Los medios recogen prejuicios que la gente ya tiene y los cristalizan. Si un periodista arma una nota en base a prejuicios, estos se inflaman”, reflexion la autora.

El misterio de lo masculino

Como al parecer resulta imposible escribir sin cargar con etiquetas o apelativos, Selva Almada recibió por sus dos primeras novelas adjetivos como “la escritora rural” o “la voz de provincia”, haciendo referencia a la importancia que tenían esos escenarios en sus obras. En “El viento que arrasa”, desde la voz narrativa describe sus locaciones, como “las pequeñas comunidades olvidadas por el Gobierno y la religión”, aterrizando al lector inmediatamente en pueblos muertos a la hora de la siesta, donde solo se escuchan los ventiladores que ayudan a sus pocos habitantes a capear el calor.

“Chicas muertas” no es la excepción, pues aparecen trozos de la vida provinciana en cada una de las historias. Haciendo honor a la idea de “pueblo chico, infierno grande”, apenas se acercó a investigar notó que los rumores en torno a los asesinatos corrían como pólvora, señalando culpables y llenando con datos de dudosa veracidad todos los puntos sin esclarecer que tenían los casos.

Con este libro, Selva dio varios virajes al camino que venía siguiendo su obra. No solo reemplazó la ficción por una crónica basada acuciosamente en hechos reales, sino que también, por primera vez en una de sus novelas, centró la historia en un mundo de mujeres. Anteriormente, “El viento que arrasa” y “Ladrilleros” habían estado marcados por universos profundamente masculinos, pues la forma en que los hombres se relacionan es otra de las obsesiones de la argentina: “Hablar de esos vínculos me interesa mucho cuando escribo ficción. Son un misterio, tengo que imaginarlo todo, no sé cómo son, qué hacen cuando están solos”, comenta, explicando que en este momento se encuentra trabajando en un libro que la llevó de vuelta a ese lugar, donde contará la historia de dos cincuentones que salen a pescar con el hijo de un amigo muerto.

Si antes había sido erigida como la escritora de los pueblos pequeños y se había dedicado a tratar de responder frente al misterio que significa para ella la forma en que los hombres se relacionan, hoy se hace cargo del impacto causado por su última novela, levantándose como una referencia latinoamericana al hablar de literatura con perspectiva de género. “A veces me llaman profesoras que leen el libro con sus estudiantes adolescentes, y me piden que vaya a charlar con ellos. Nunca lo pensé con esa intención, y que ahora esté pasando me parece maravilloso”, finaliza, mostrando como todos los caminos de esa militancia personal también repercuten en espacios colectivos.