1.- Todos los conceptos concertacionistas son conceptos pinochetistas secularizados. Espectros de la política y política de los espectros, el arco de la democracia ha sido también el de la extensión de la dictadura. El golpe de Estado de 1973 se ha reproducido técnica e infinitamente por cada eslabón por el que la lógica neoliberal ha podido escalar. No fue, sin embargo, una dictadura cualquiera, sino una que el jurista Carl Schmitt perfectamente habría calificado de “soberana”, en cuanto no se dedicó a restaurar un orden sino a fundar uno enteramente nuevo para el cual hubo que investir a la Junta Militar con la figura del “poder constituyente”.

Legitimando y legalizando a la dictadura situándola en una solución de continuidad para con la “larga tradición democrática” que, supuestamente, le precedía, en cuanto “restauraba” a esa misma tradición una vez que, según plantea(ba) el razonamiento de los golpistas, el socialismo de la Unidad Popular no pudo conducir el proceso y terminó por destruir la otrora Constitución de 1925. En cuanto “soberana”, la dictadura militar tuvo una articulación cívico-militar: los civiles implicados fueron parte del proceso incondicionado de privatización de la mayoría de las  empresas públicas: desde el agua a la salud, desde las pensiones a la educación, todo terminó en manos de privados y así, terminaron privándonos de Chile.

La devastación política llevada a efecto por el Golpe de 1973 llevó a la redacción de una Nueva Constitución por parte de una comisión cuyo intelectual mas prominente fue Jaime Guzmán Errázuriz que legalizó el robo sistemático de las empresas públicas como un verdadero botín para el empresariado, articulando al Estado en base a una matriz de carácter subsidiaria que hoy está completamente en crisis. La Constitución de 1980 legitimó la identidad entre poder político y poder económico fundando así, un nuevo orden. Por eso, el problema del Chile actual no es la “ilegalidad” sino la “legalidad” que está hecha a imagen y semejanza de los poderes fácticos. El bombardeo de La Moneda es aquí el signo de la catástrofe: su incendio y Allende muerto en su seno, exhiben el objetivo último de la dictadura: la destrucción completa de la República y su sustitución por un mall. Y sin embargo, habría que pensar en lo sintomático de que la casa presidencial pudiera llevar el nombre de La Moneda, como si su fuerza nominativa forzara un cierto orden destinado a la conjura de lo político en favor de lo económico, como si, lejos de la hipótesis de la “larga tradición democrática”  exhibiera, en las transformaciones ejecutadas por la dictadura su propia verdad.

2.- La democracia no fue un ruptura ni política ni económica con la dictadura, sino su realización fáctica. En ella, los poderes que conspiraron en su contra, pudieron ver asegurada la apropiación de los medios de producción gestada gracias a los militares. La dictadura se realiza en y como democracia: la misma Constitución política de 1980 y el mismo sistema económico neoliberal fue profundizado (no simplemente administrado) en su forma democrática. Si la dictadura fue el nombre de la posibilidad (todo podía cambiarse, todo podía revertirse a favor de las clases dominantes), la “democracia” fue el nombre de una imposibilidad: nada podía cambiar, nada debía cambiar y, finalmente, nada podrá vaciar más la una democracia capturada por el poder del capital. La derecha se identifica con el golpe de Estado y celebra la implantación de lo que llama “el modelo” como una recodificación del patrón de acumulación de su matriz desarrollista a una matriz flexible de corte neoliberal. Y la Concertación de Partidos por la Democracia que derrotó a Pinochet en el plebiscito de 1988, fue derrotada, a su vez, por el sistema por él legado. El cuerpo físico de Pinochet fue derrotado, el cuerpo institucional derrotó a los propios demócratas convirtiéndolos en defensores de su modelo. Los demócratas de 1988 son los San Agustín de Chile, los conversos que cambiaron la “lucha de clases” por el intercambio “comunicacional”, la tragedia de la política por la comedia de la administración que hoy exhibe un tercer tiempo de total obscenidad. Un modelo subsidiario o neoliberal que la otrora Concertación no sólo no pretendió jamás cambiar, sino que perfeccionó y profundizó a gran escala aumentando las posibilidades del mercado y promoviendo a viejos y nuevos grupos económicos a consumar el asalto desatado desde el Golpe de 1973.

Si, como ha indicado Fernando Atria, la Constitución de 1980 está hecha de tal forma que los poderes fácticos siempre ganan y, por tanto, no es más que una “camisa de fuerza” entonces el pueblo de Chile ha sido considerado como un loco que es necesario encerrar. La Constitución de 1980 es la prisión del pueblo. Su policía, no su expresión. Reformada más de 200 veces durante la “transición”, en el año 2005 un presidente socialista (el primero después de Allende), Ricardo Lagos, sustituyó la firma de Pinochet por su propia firma. La sustitución de una firma por otra sin cambiar la matriz subsidiaria del Estado propuesto por la propia Constitución, sin escuchar el eco de los desaparecidos que gemían en ella, es más bien un síntoma antes que cualquier otra cosa: síntoma que Pinochet fue introyectado en la figura de Lagos, síntoma de que ya no era necesario, por tanto, la presencia de un fascista como Pinochet para mantener y promover el capital, bastaba a un administrador que relevara su firma. Con ello, Lagos sustituye a Pinochet, pero, en cuanto no disloca el orden en el que sostiene su cuerpo, confirma el eco de su violencia en la nueva égida neoliberal. La Constitución consume la locura del socialismo y lo enriela en la vía neoliberal. Lagos habrá sido el psiquiatra del pueblo, quien le habrá ofrecido los calmantes necesarios para no delirar, no estallar en medio de esa camisa que ahora vestía renovada.

3.- ¿Qué fue la “transición”? Ante todo un dispositivo de gobierno. Una “razón de Estado” estructurada en la forma de una fábula. Tres personajes concurren en la fábula: el pastor, las ovejas y el lobo. El pastor cuida a cada una de las ovejas de su posible descarrío. El lobo amenaza siempre cerca: los militares que pueden volver, o los empresarios que amenazan con huir. Las ovejas deben comportarse si no quieren sucumbir, deben seguir los consejos del pastor, deben ser guiados por la senda de la “reconciliación”, hacia el “crecimiento”, en favor de sí mismas. El pastor cuida, las ovejas obedecen el lobo siempre amenaza. Y su una oveja desobedece, el pastor ejerce su táctica de culpabilización: “lo hago por ti, eres un mal-agradecido” (tal como hoy, Lagos, Ottone y compañía pretenden hacer creer a los jóvenes de “ultra-izquierda” que están en mal camino que están descarriados y que ellos, como pastores, pueden volver a encarrilar).

El poder pastoral cristiano es la matriz del poder político chileno a partir del cual se ensambló la transitología como un dispositivo que operó bajo el registro moralizante de la fábula: había una vez unas ovejas que quedaron sin pastor alguno, un pastor malo (Allende). Se pelearon entre sí e hicieron que viniera el lobo feroz (los militares). Moraleja: obedezca, déjese guiar por aquellos que saben y que trabajan para ud. Una fábula tan simple que ha sido contada mil veces. Se las contaron a los “demócratas” antes de dormir, en sus respectivos colegios (muchos de ellos católicos) y la reprodujeron en la tragedia de un país completo durante estos 26 años. Si desobedece al pastor puede venir el lobo. Historia cuya simpleza y sencillez la hizo multiplicable en la forma de una verdadera raison d`etat. El espectro de la muerte (el lobo que puede traer la muerte a las ovejas), el terror operando como palanca del orden político, como pivote afectivo de la “nueva” democracia.

Como dispositivo de moralización, la fábula, estructuró a la razón de Estado transitológica que hoy yace enteramente vacía y agónica. Sus próceres han salido del ataúd para defender lo que ya no puede defenderse, para gobernar lo que se ha vuelto completamente ingobernable. La fábula de Chile es, sobre todo, la historia de la obediencia. Raison d`etat que exige obediencia de la oveja a un pastor para prevenir la llegada del lobo. Se trata de conservar el orden civil, para impedir que el hombre se vuelva el lobo del hombre.

El advenimiento de los movimientos estudiantiles comienza a desbloquear la arquitectura tejida por el texto constitucional que articulaba poder político y poder económico en una sola mano: lo que parecía sagrado se profanó, lo que parecía un límite natural se volvió un problema histórico y político. La insurrección vació el sistema consagrado en la Constitución de 1980 y, entonces, las calles se poblaron nuevamente de imaginación. Se ha interrumpido así, el feliz carro de la historia, la fábula que estructuraba al poder pastoral de los transitólogos no puede gobernar más.

La “clase política” ha quedado arrinconada discursivamente, sobreviviendo a su propia miseria, intentando “moralizar” los miles de casos de corrupción que han aparecido a través de todo el espectro político (sobre todo en la derecha), insistiendo en su judicialización o moralización y obliterando así, la cuestión decisiva: no es que en Chile haya simplemente corrupción, sino una guerra sistemática por parte de los poderes fácticos en contra de las potencias populares. Se trata de una guerra por la apropiación no sólo de los recursos naturales (el cobre y el litio principalmente), sino sobre todo, de los cuerpos en función de la producción de un sujeto sumiso y dócil que, como una oveja, “ame” a su patrón y “ame” la permanente precarización de su condición. En este sentido, los cuerpos siguen fastidiando: o bien, se los administra vía la multiplicación de las farmacias, terapias new age, consultas psicológicas o sectas religiosas; o bien estos se vuelcan hacia las calles y estallan impugnando la matriz subsidiaria del Estado chileno.

Es importante notar la singularidad “pastoral” del empresariado chileno: quiere ser “amado” por sus vasallos, porque aún tiene el talante del patrón de fundo del siglo XIX y su matriz colonial en la que se concibe a sí mismo como el “pastor” de hombres que guía a sus ovejas hacia la salvación. El éxito financiero sería la salvación y el trabajo el “vía crucis” para conseguirlo. Hoy esa escatología sacrificial, reinventada por el Opus Dei y los Legionarios de Cristo después de la devastación de la teología de la liberación promovida desde El Vaticano por el papa Wojtyla, está vacía. Vive sus últimos momentos en una agonía que, sin embargo, puede durar décadas (ninguna teleología determina su futuro, ningún arché su presente). Acaso, su descomposición pueda acelerarse con la insurrección permanente, incluso silenciosa, de la potencia popular articulada por los diferentes movimientos sociales. La crisis del pastorado chileno no se ha producido por nada: ha sido destruida por la asonada popular (es lo que deja entrever la entrevista al empresario Andrónico Luksic hace unos días).

El Chile actual es el de una crisis radical del poder pastoral cristiano: desde “Karadima” al “profesor Rosa”, desde los militares a los empresarios, todas las formas pastorales han sido impugnadas por la destrucción popular que no se ha dejado subjetivar en la forma oveja. Y frente a dicha crisis la oligarquía militar-financiera no tiene más que un solo repertorio: precisamente la fábula transitológica que, sin embargo,  no puede seguir operando. ¿Qué más terrorífico que toda una marcha diga “No más AFPs” y la presidenta proponga “más AFP”? ¿Qué ejercicio más fáctico que lo que ha ocurrido los últimos meses con el Proyecto de Educación Superior que atenta directamente en contra de la autonomía de las Universidades Públicas y que pone en primer orden un paradigma corporativo-financiero de la educación superior que la mercantiliza enteramente? La tecnocracia neoliberal ha consumado la espectralidad legada por Pinochet. Firma de Pinochet relevada por Lagos, militares relevados por demócratas, democracia que, desde el dispositivo transitológico operado como fábula, fue diseñada para ser capturada por la facticidad del capital. Sin embargo, la potencia popular ha impugnado el orden (y lo seguirá haciendo) mostrando que la obscenidad por la que se rige el presente, quizás, pueda interpretarse en una leve, pero decisiva fórmula: todos los conceptos concertacionistas, efectivamente, han sido conceptos pinochetistas secularizados.

 


Académico, Universidad de Chile