Con sólo una semana de diferencia, el 4 y el 11 de septiembre marcan dos hitos contradictorios sobre la Unidad Popular. Por una parte, el triunfo electoral de la primera coalición popular con una clara orientación socialista en Chile. Por otra, la conmemoración del golpe de Estado, la frustración del proyecto popular y el recuerdo de las atrocidades acontecidas durante los 17 años de dictadura cívico militar.

Cabe señalar que consideramos valiosas las visiones críticas que, desde la misma izquierda, han permitido evaluar la experiencia de la Unidad Popular. Sin embargo, creemos que el predominio de un imaginario derrotista, ha tendido a destacar las debilidades del proceso, oscureciendo los aportes que entrega al presente para las fuerzas transformadoras y de cambio. Por tanto, resulta imperioso destacar los elementos que posibilitaron y caracterizaron la primera experiencia democrática de construcción del socialismo.

Para ello, es necesario partir señalando los elementos particulares que caracterizan a la Unidad Popular. En primer lugar, se desarrolla en América Latina, lejos de los centros de desarrollo capitalista y los puntos centrales del orden geopolítico. A diferencia de otros procesos, surge de las formas particulares que tuvo la organización popular en Chile, cristalizada en la estrecha vinculación de los partidos políticos de izquierdas y las organizaciones sociales, desarrollándose con autonomía de los dos imperialismos, estadounidense y soviético. En segundo término, a diferencia de otros procesos de emancipación, se desarrolló al alero de la conquista del espacio institucional, por lo que la democracia jugaba un rol central como forma de construcción del socialismo. Lo cual, permitió incorporar lecturas plurales, desde la izquierda, sobre la orientación de las transformaciones.

Sin embargo, hay tres elementos centrales para comprender el triunfo y el desarrollo del gobierno popular, elementos inscritos en el proceso de acumulación política anterior a la victoria de Allende: la democracia, la vocación de mayorías y la unidad de las fuerzas de izquierda. Todos ellos constituyen el aporte central de la Unidad Popular para los actuales proyectos de cambio.

En primer lugar, la democracia para la Unidad Popular ocupó un papel destacado al asumir las condiciones en que se desarrollaba la disputa política en Chile, inserta en un régimen formalmente democrático, desde el que era posible abrir espacios para la irrupción de los sectores populares. Además, recogía un componente central de la tradición socialista en Chile, correspondiente a su marcado carácter humanista y antiautoritario. Por tanto, la democracia se convierte en una forma estratégica de construcción del socialismo.

Ahora bien, frente al fracaso de los socialismos reales, esta definición estratégica aporta un relevante antecedente para la centralidad que ha adquirido la democracia para las izquierdas. La cual, no sólo se circunscribe a un determinado entramado institucional, sino que comprende el potencial transformador que implica la democratización en las distintas esferas de la vida social. Lo anterior, asumiendo que el ejercicio político prefigura relaciones sociales, en el avance de una “guerra de posiciones”, más que en la conquista del poder estatal como momento puntual y definitivo.

En segundo término, la vocación de mayorías caracterizó el proceso de acumulación de la Unidad Popular, en tanto aspiró a representar a amplios sectores populares, sin sectarismos y con afán de construir una voluntad socialista común a todos ellos. En este sentido, el ejercicio político de construir y articular los intereses de los distintos sectores populares, más allá de su heterogeneidad, juega un rol fundamental en su triunfo. En aquello, la figura de Salvador Allende cobra especial relevancia, puesto que sus cuatro postulaciones a la presidencia permitieron construir la identificación y movilización de esta amplia y heterogénea alianza de sectores populares, sin desvincular nunca su actividad política de la labor desarrollada por las organizaciones sociales.

En la actualidad, es justamente ese ejercicio político de articulación, de generación de voluntades colectivas que convoquen a la heterogeneidad de los sectores populares, el que urge. Para ello, es necesario abrir campos de expresión política para los sectores subalternos, rompiendo con la configuración de lo político desde la transición, caracterizada por la conformación del duopolio como sustentador de la hegemonía neo-liberal.

Por último, un elemento clave en la victoria fue la unidad de las izquierdas. Ella se expresaba en partidos y movimientos políticos, representantes de diversos sectores de la sociedad chilena, con proyectos y lecturas diferentes sobre el socialismo, que convergen en la coalición triunfante y se sintetizan bajo el liderazgo del compañero Salvador Allende. Hoy, ante la imperiosa necesidad de construir una nueva representación política, deben comprenderse como centrales la valoración de la unidad en la diversidad y la convocatoria a amplios sectores sociales, obligándonos a salir de los limitados espacios en que se ha desarrollado la política de las nuevas fuerzas de izquierda, surgidas de los procesos de movilización social.

La fuerza del socialismo requiere rescatar, en la actualidad, lo mejor de su tradición, no pudiendo borrar de su memoria su victoria más importante. Necesitamos reconocer la herencia de las luchas pasadas para enfrentar la urgencia de cambio que exigen nuestros tiempos. Por ello, la construcción de una estrategia democrática, con vocación de mayoría y unitaria se erige en principio fundamental para avanzar en la lucha por la transformación social. A la luz de aquellas directrices es que debe ser orientada y evaluada la alternativa que buscan construir las izquierdas en el actual escenario de la disputa política.

 

 

 

 

 

 


Convergencia de Izquierdas