El anuncio durante el segundo debate en el Parlamento ha reverdecido a los sectores más optimistas del electorado que no votó a favor del PP, más de trece millones de ciudadanos. Desde hace meses, el común de ese enorme contingente de personas ha asistido, perplejo e irritado, al asedio al que está siendo sometido Sánchez desde todas las instancias de poder político, económico y mediático. Muchos de entre los más propensos a la ilusión han mantenido la idea de que en algún momento el líder socialista sacaría algún conejo en la chistera que haría de la suya una verdadera opción de gobierno alternativo al de Rajoy. Para toda esa buena gente, el anuncio de Pedro Sánchez ha sido el mamífero salido del sombrero.

No todos los electores opuestos al PP y a Rajoy, no obstante, confían en que lo dicho por Sánchez sea algo más que una maniobra retórica para reforzar el apoyo de las bases de su partido [en contra de los dirigentes que quieren finiquitarlo] y para sacudirse la acusación de que si se llega a las terceras elecciones será por su culpa, por su obstinación en negarle una abstención a Rajoy. Este amplio grupo se debate tras el anuncio entre la melancolía y la rabia. Cabe en esta lógica la pregunta de si, además, lo que Sánchez persigue no es más que volver a elecciones con el objetivo de consolidar su segundo puesto –tras el PP- y arrebatarle más espacio a Podemos y sus confluencias.

Dos interpretaciones, pues, a la idea expresada por Sánchez de apelar a las fuerzas del cambio.

Pongámonos primero en la visión pesimista, que se sustenta tanto en los precedentes vividos en los últimos meses como en la deliberada ambigüedad de las palabras del líder socialista, y en las declaraciones posteriores procedentes de altas instancias de su propio partido.  ¿Será posible que el Partido Socialista, conducido por Pedro Sánchez, haya decidido iniciar un camino de retorno al cómodo bipartidismo, convencido de que en terceros comicios el PP morderá las reservas electorales de Ciudadanos y ellos las de Podemos y sus aliados? ¿Será que los dirigentes socialistas prefieren un gobierno sine die del PP [con o sin Rajoy] mientras ellos sean la leal oposición y la alternativa de gobierno, aunque a largo plazo? ¿Es esa realmente la vía elegida por Sánchez para alcanzar lo que le exige el establishment, lo mismo que desean Felipe González, la Vieja Guardia y los poderes fácticos?

Tras meses torpedeando el acuerdo del Comité Federal de negarle el apoyo a Rajoy, Felipe González ha cambiado ligeramente el discurso y ha declarado que aquél debiera dar un paso atrás como forma de desbloquear la situación. De forma coincidente, Albert Rivera dijo en el segundo debate que el PP debiera ofrecer un candidato más viable, aunque sin exigir [de momento] la cabeza del gallego.

En la última semana ha habido mucho ruido mediático en torno a la investidura y al futuro gobierno de España. Más de 700 intelectuales, artistas y dirigentes políticos y sociales han firmado un Manifiesto en el que piden que PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos lleguen a un acuerdo para desbancar al Partido Popular. Los firmantes entienden que “los resultados del 26J son otra oportunidad para acometer los cambios que la ciudadanía exige, y no debe ser desaprovechada, [Así que] hay que llevar adelante la voluntad claramente expresada en las urnas y alcanzar un acuerdo que permita un gobierno progresista”. Su argumento central es potente: 13.6 millones de votantes lo hicieron a favor del cambio y en contra del PP, que obtuvo aproximadamente la mitad de ese número de votos.

La primera sesión del debate de investidura dejó más que claras las cosas. Rajoy, como ha escrito Enric Hernández, ejerció desde el gobierno en funciones como oposición de la oposición, con una soberbia infinita que le llevó, incluso, a humillar a su socio Albert Rivera, al que prácticamente ninguneo en su discurso inicial. La expresión de esa petulancia insufrible la resumía Carlos Elordi: “Sin reconocer, además, ningún error. Olvidándose de la corrupción, o citándola únicamente para decir que su gobierno ha actuado de manera estupenda en este terreno. Volviendo a cantar las glorias de su política económica, colocando toda la responsabilidad del conflicto catalán en la insensatez de los independentistas, nuevo enemigo público número uno de la paz española de la cual el Partido Popular es el único garante. Y dejando pendiente de futuros pactos con las otras formaciones políticas la lista completa de los problemas que más amenazan el horizonte español: el futuro de las pensiones, el modelo educativo, el energético, e incluso la política europea. Sin decir ni una sola palabra de lo que él piensa sobre estos capítulos”.

En una intervención desganada que obligó a sus señorías a esforzarse por no dormirse del todo, Rajoy sólo pareció entonarse algo cuando tocó el tema de Cataluña, conectándolo claro está a la manida unidad de España, la nación más antigua de la galaxia, según cree el candidato. Y cuando tocó este espinoso asunto, lo que hizo Rajoy fue, sencillamente, negar la existencia del problema. El escritor Xavier Bru de Sala lo decía en un artículo: “Rajoy se mostró implacable contra el soberanismo, sin insinuar siquiera ninguna vía de diálogo […] El problema catalán, simplemente, no existe. Quizás persiste, pero no existe. Lo único que puede conseguir es provocar una fractura grave de la sociedad catalana”.

Más allá de las referencias al debate territorial y, en particular, a la situación en Cataluña, el discurso con el que Rajoy pretendió la investidura fue un monumento a la mentira, la falsificación y una burla completa a la ciudadanía. El periodista Ignacio Escolar escribió un demoledor artículo en el que realizaba un análisis frase a frase de las falsas promesas, mentiras y medias verdades en el discurso del candidato del PP. Concluía Escolar diciendo que “Los españoles han dado 137 escaños al PP que son insuficientes para lograr la investidura y le obligan a pactar hasta alcanzar la mayoría, cosa que Rajoy renunció siquiera a intentar en la anterior legislatura y aún no ha logrado en ésta. Y  las encuestas también dicen que, antes que unas nuevas elecciones, la amplia mayoría de los españoles prefiere que Mariano Rajoy renuncie y que el PP presente otro candidato. A ser posible, alguien menos mentiroso, menos tramposo y con algo más de credibilidad”.

Eso escribía Escolar cuando todavía no se sabía lo conocido en paralelo con el segundo debate: el Gobierno Rajoy ha propuesto al exministro José Manuel Soria [quien hubo de abandonar su cartera cuando se le descubrieron cuentas en paraísos fiscales] como representante de España en el Banco Mundial. Realmente, para pasmo de propios y extraños, Rajoy sigue actuando como si tuviera mayoría absoluta y como si el problema de la corrupción le importara un pimiento.

No podemos saber qué pasará tras la segunda derrota del candidato Rajoy. Incluso su actual socio, Albert Rivera, pudiera replantearse su apoyo a un hombre del que dijo públicamente que no se fía, y que lo apoyaba por ser el resultado de elegir entre lo malo [Rajoy] y lo peor [nuevas elecciones]. Como escribió Jesús Maraña, “resultaba algo patético escuchar a Rivera vendiendo reformas que Rajoy no sólo no citaba, sino que apuntaba la obviedad de que son imposibles de aprobar sin el apoyo de otras fuerzas políticas”. Demasiados sapos tuvo que tragarse el joven líder catalán de un paquidermo político que puede hacerle mucho daño si es que, como pudiera ser, volvemos a ser convocados a las urnas.

Por todo lo dicho es por lo que nos parece verosímil la idea de que el desconcertante anuncio del secretario general socialista es una maniobra poco edificante. Sánchez ha dicho no y no a apoyar a Rajoy por acción o por omisión, y eso está muy bien y es encomiable su  resistencia ante las tremendas presiones, falsedades y difamaciones a las que está siendo sometido. Pero no es suficiente. Debiera trascender ese empate catastrófico y no debiera conformarse con volver a perder, aunque sea por un poco menos.

Pasemos ahora a la visión optimista. Ya se sabe que es muy difícil, casi imposible, alcanzar un gobierno con el acuerdo de PSOE, Podemos y aliados y Ciudadanos, pero es la única vía que permitiría desintoxicar España de todo el conjunto de patologías que el PP ha inoculado durante años. No se trataría, pues, de configurar un gobierno de izquierdas, sino de conformar un gobierno de necesidad, un gobierno con un programa básico y progresista -pactado y sin espacio para deslealtades-  que los tres partidos de hecho comparten. Habría que intentarlo. No se quiso hacer en enero, y ahora la situación es mucho peor que entonces.

Es imprescindible jubilar a Rajoy y todo lo que él significa y representa. Imposible olvidar en este sentido –valga un botón de muestra- las intervenciones en los dos plenos de Rafael Hernando como portavoz del PP: grandilocuente y falsario, jactancioso, burlón, autoritario y pendenciero con su tono de pandillero de barrio devenido en macarra portuario.  Inaceptable en un parlamento democrático.

Sánchez, Iglesias y Rivera podrían ponerse de acuerdo no sólo en evitar unas elecciones que nadie debiera desear, sino en formar ese gobierno por pura necesidad. Es cierto que ni desde Podemos [atención a  las confluencias, como Compromís, que sí ha sido claro en la bondad de ese pacto a tres por boca de Joan Baldoví], ni desde Ciudadanos se han emitido señales amables, pero en la medida que Iglesias se ha mostrado partidario de intentar negociar, Sánchez debiera trabajar por conseguir un cambio de posición de Ciudadanos.

Debiera quedar claro que no se trata de conformar un gobierno de izquierdas, para el que las cuentas no salen de ninguna manera. Se puede y se debe aspirar, como hemos dicho, a un gobierno regenerador, limpiador, con buena sensibilidad social y abierto a las modificaciones institucionales que son imprescindibles [algunas que exigirán la colaboración del PP, conviene no olvidarlo, que continua siendo el grupo más numeroso del Congreso y la mayoría absoluta del Senado].

Habría, además, un obstáculo casi insalvable: la situación catalana. Aquí las posiciones del PSOE [refractaria a cambios importantes], la de Podemos [partidaria de abordar el problema plurinacional] y la de Ciudadanos [radicalmente nacionalista española] son irreconciliables.

No obstante, más de trece millones de electores han pedido relevar al Partido Popular del gobierno de España. Quizá se debiera comenzar por constituir esa alternativa con el compromiso de que no se actuará como lo ha hecho Rajoy durante estos años: hay que buscar un encaje legal a la necesidad de saber qué quiere, realmente, la ciudadanía catalana en cuanto a su relación con el resto de España.


Académico del Departament d'Història Contemporània, Universitat de València