Sin duda, septiembre de cada año evoca dos cuestiones político-históricas singulares, que a mi juicio forman parte de los rituales que las “culturas de Izquierda” impulsan y desarrollan como acciones de rescate de la memoria política y social del pasado reciente. Una de ellas, relativas a la conformación de “comunidades de la rememoración”, tal como las concibe la filóloga Aleida Assmann: como la creación de colectivos que promueven espacios de la memoria, en los que se busca recordar aquel pasado trágico y doloroso que dejaron las dictaduras militares en América Latina. Y por otro lado, lo que es particularmente significativo para Chile, es el lazo afectivo y político que tienen estos rituales conmemorativos con la figura del ex presidente Salvador Allende.

Desde mi punto de vista, estos rituales de la memoria son cuestiones vitales en lo político y lo social, porque operan como mecanismos de resistencia a la posibilidad del olvido, y la vez mantienen vivo el vínculo entre el pasado y el presente. Por eso, con relativa certeza hablamos de “culturas de la Izquierda”, ya que nos referimos a un campo de significación de subjetividades político-sociales que configuran desde sus propias experiencias una forma de ver y vivir lo que, en este caso, suscribimos como la Izquierda. Por consiguiente, hablamos de “comunidades de la rememoración” porque no existe una comunidad, sino varias, que desde su singularidad recuerdan y reponen una memoria según sus motivaciones, convicciones e intereses.

Para algunos, conmemorar significa dejar atrás esa historia de violencia y asumir un presente redimido; y para otros, representa la oportunidad de recobrar aquella memoria de lucha social y política de tantas y tantos militantes sacrificados por un ideal. Tal como lo plantea Nelly Richard, en cada sitio de memoria en que las comunidades rememoran un pasado doloroso y traumático, se busca no sólo rescatar ese pasado de sufrimiento, sino también evitar que esos hechos se hospeden en la insignificancia de lo habitual.

Todas estas acciones conmemorativas no merecen mayor reparo ni objeción, porque responden a la necesidad de miles de compatriotas que genuinamente participan en estas actividades y transforman al mes de septiembre en un momento espacio-temporal de la memoria. Sin embargo, no todo lo que aparenta realmente es: sobre todo en algunas de estas comunidades de la rememoración, que son impulsadas por dirigentes y militantes que ven en este mes una oportunidad para resarcirse y redimirse de sus infortunios políticos y de sus olvidos ideológicos. Algo de esto le sucede, por ejemplo, a los comunistas y sobre todo a los socialistas, porque en estos últimos la mudanza ideológica hacia la derecha no dejó rastros ni huellas, y sólo queda ahí recordarse como víctima: recordarse en el dolor. En tal sentido, lo rememorativo no es simplemente un acto de resistencia ante la amenaza del olvido a medida que pasa el tiempo; también brinda la conveniencia para que determinadas subjetividades político-sociales –sobre todo aquellas funcionales y adaptadas al modelo económico y político imperante– vean en estas ceremonias una forma de mantener un relativo vínculo familiar con aquella Izquierda del pasado reciente.

Septiembre representa, para las “culturas de Izquierda”, un momento temporal que ofrece cierta vecindad a visiones contrapuestas políticamente. El dolor y el trauma de la represión nos familiarizan con un pasado violento. Comunistas, socialistas, miristas o quienes se sientan parte de esa izquierda violentada por la dictadura de Pinochet, verán en la rememoración su propio vínculo con la historia reciente. Quizás ése es el lazo que queda y que todavía persiste, y que de algún modo disimula, aunque sea pasajeramente, la bulimia ideológica de la que padecen esos “tecnócratas de izquierda” convencidos del realismo político del gobierno, y que al aproximarse un nuevo 11 de septiembre buscan desesperadamente hilvanar su momento actual complejo con aquel pasado que truncó aquella esperanza de transformación social.

Esto nos lleva hacia otra singularidad: el uso y a veces abuso que se hace de la imagen del ex presidente Salvador Allende. En estas circunstancias rememorativas, el nombre del presidente mártir se transforma en una figura elástica que todos estiran hacia sus trincheras. Es un Allende disputado y apropiado, porque su imagen provee una cuestión relevante en cuanto significado: es una válvula ético-política que une pasado y presente. Su legado es con frecuencia requerido, pero a la vez interpretado y reinterpretado al capricho de quienes lo acomodan a su conveniencia e intereses políticos actuales. Los otros hablan por Allende, pero no es él quien le habla al presente. A mi juicio, comunistas y sobre todo socialistas, se han transformado en taxidermistas, ya que han hecho de Allende una figura embalsamada, algo que puedan mostrar y exhibir, pero bajo condición de ser un Allende mudo, que no piensa su tiempo ni interroga su presente.

Si hay algo de lo que padecen las militancias actuales del Partido Socialista y del Partido Comunista, es una notoria afasia política que los mantiene mudos, paralizados y sin capacidad de respuesta ideológica frente a los movidos tiempos socio-políticos. Su refugio es ese pasado reciente, su mes es septiembre, su vínculo es Allende… todo eso ayuda a disimular la precariedad política que lo corroe. Es por eso, que su imagen embalsamada es tan traficada en este mundo de la Izquierda, porque se busca recoger e interpretar su legado, a veces como una manera de blanquear políticas y políticos consumidos en el pragmatismo neoliberal. Hoy, ¿es posible hablar del Partido Socialista como el partido de Allende? ¿Tal como majaderamente lo reiteran sus militantes, cada vez que necesitan sentirse identificados con su pasado?

Se habla genéricamente de su legado, pero no de su pensamiento: quizás ahí está el olvido y la necesidad de momificarlo. León Rozitchner nos dice que pensar es un acto combativo, que se da por necesidad, por dignidad ante los antepasados y ante uno mismo. Se piensa contra el terror, nunca bajo terror. Pensar es desafiar, llamar al éxodo y organizarlo, ofreciendo una tierra prometida a los esclavos en rebelión. Quizás esto sea de lo que carecen aquellos que evocan la figura del Allende inmovilizado y amordazado, sólo con el afán de sentirse en un aire de familia: lo victimizan y lo reducen a una figura devastada por el terror en aquel 11 de septiembre.

Por el contrario, el Allende del último discurso es un Allende pensante y optimista, a pesar de que su relato está inmerso en el terror y la amenaza de la muerte; no deja de ser un pensamiento combativo y un relato que ofrece un futuro prometedor. Sus últimas palabras no contienen una narrativa de la derrota, sino que más bien reflejan entereza y convicción, y, por cierto, escapan de aquel relato que victimiza al caído. Quizás en estos tiempos tan movidos, sean una oportunidad para una memoria que reponga también aquellos ideales políticos olvidados, y los convoque a un diálogo con el presente. A lo mejor ahí tendremos más cerca a ese Allende ignorado y silenciado por los “socios de la Transición”.


Sociólogo y profesor universitario