El crecimiento perpetuo de la producción no es físicamente viable en un planeta finito. Solo se requiere la lógica elemental para asentar esa imposibilidad evidente. Sin embargo, el absurdo se impone y consumimos como si algún oráculo nos hubiera anunciado que el mundo se está acabando; y en sentido contrario, no hace falta ningún oráculo para inferir que si continuamos con este consumismo desquiciado en un planeta finito, efectivamente no tendremos futuro. Hoy la demanda humana de biocapacidad, que es la reproducción de todos los recursos consumidos y la absorción de todos los residuos generados, está excedida en 65% respecto de la capacidad del planeta.

Es importante tener presente que el crecimiento económico permanente obedece una ley exponencial. El PIB global se ha multiplicado 6,6 veces entre 1961 y 2011, lo que significa un crecimiento anual promedio de 3,85% en ese periodo. A esa misma tasa el consumo y la producción se duplicarían en 18 años. Si alguien piensa que la producción se podrá duplicar en un periodo de 18 años sin causar un daño ecológico irreversible y explosivo de consecuencias incalculables, con seguridad no está informado de la realidad presente del planeta.

El sistema económico vigente ha provocado la insensatez colectiva que sigue persiguiendo el crecimiento continuo de las economías, ignorando la evidencia de que los recursos no renovables se están agotando y que los residuos de la creciente producción material ya son inmanejables.

El paradigma del crecimiento económico se sustenta en a lo menos cuatro bases fundamentales:

1- Difusión ideológicamente monopolizada de información sesgada que permite controlar la opinión, el pensamiento y toda la cadena educacional de la población, induciéndonos a creer religiosamente que el crecimiento es el único camino y el objetivo fundamental a perseguir, sosteniendo estereotipos donde la importancia de la economía está por sobre el ser humano; haciendo que la población esté al servicio de la economía; y no la economía al servicio de la sociedad.

2- La presión social, ejercida por los medios de comunicación determina si una mercancía es considerada necesaria aunque no corresponda a las necesidades reales del ser humano. Así, la publicidad mediante métodos de penetración subliminal al subconsciente, genera una compulsión al consumo que aumenta la demanda para posibilitar el aumento de la producción. Este comportamiento colectivo es una verdadera consumo-adicción, que es la única forma de entender como la humanidad, enceguecida por la adicción, le quitará la vida a sus propios descendientes entregándoles un planeta incapaz de sustentar la existencia de las futuras generaciones.

3- Endeudamiento que permite obtener gran capacidad de compra donde colocar los aumentos de producción, manteniendo a países y personas cautivas para producir cada vez más para así poder pagar la deuda creciente. El circulo vicioso que origina la gran expansión de las deudas hace que el pago de éstas sea inviable a menos que la economía crezca aumentando la producción para mantener el nivel de ocupación que soporte ese endeudamiento.

4- Mantención de precios bajos que incentiven las compras, mediante la externalización de costos de producción que en forma oculta paga toda la población y no cada consumidor de un producto. El sistema productivo origina emisiones de gases efecto invernadero, tóxicos, metales pesados, partículas y otros contaminantes que causan daño a los materiales de construcción, a la agricultura, a la salud y en general a todo el medioambiente. La evaluación de estos perjuicios varía según el proceso productivo y que tipo de gestión se efectúa sobre los residuos y su disposición. De los costos de los daños causados, el productor se desentiende y como no los paga no los tiene en cuenta al evaluar los costos totales de producción para fijar el precio del producto. Así, quien compra el producto no paga lo que realmente cuesta, porque una buena parte del costo lo paga inadvertidamente toda la sociedad. Los economistas han denominado este fenómeno ‘externalidad’ o ‘costo externo’ porque irresponsablemente no consideraron su efecto en el modelo económico que nos rige.

Para desplazar el paradigma del crecimiento hay mucho trabajo por hacer; pero podríamos comenzar por abolir el uso del PIB como indicador de progreso. El PIB se define como el conjunto de todos los bienes y servicios finales producidos en un país durante un año; y se utiliza habitualmente como medida del grado de bienestar de la población de un país, confundiendo a la ciudadanía al asimilar el concepto “estándar de vida” con el nivel de consumo y la “calidad de vida” con la cantidad de dinero que podemos gastar y acumular.

El PIB es un indicador engañoso porque bienestar no es sinónimo de mayor producción y porque no distingue entre producción necesaria y superflua, contaminante o limpia; es decir, solo mide el valor monetario de la producción de bienes y servicios finales sin discernir sobre la sustentabilidad de esa producción. Deberemos dejar de usar el PIB como un indicador políticamente relevante y buscar otros indicadores de prosperidad, aunque no necesariamente serán numéricos puesto que la prosperidad y la felicidad es muy probable que no puedan ser medidas cuantitativamente. Se pueden recoger y usar datos de contabilidad macroeconómica nacional con finalidades monetarias y fiscales, pero la política económica ya no se debería expresar en objetivos de PIB. Es necesario abrir un debate sobre qué es bienestar, planteándonos qué es medible numéricamente en vez de cómo medirlo; posiblemente bastaría con observar la expresión de felicidad de la gente.

Puesto que crecimiento económico continuo y desarrollo sustentable son incompatibles, el crecimiento no es la forma de superar la pobreza, como la teoría económica vigente ha venido sosteniendo, e intentando sin ningún éxito, desde hace mucho tiempo. Ahora bien, si la torta no crece, es imperativo distribuirla de manera más equitativa. Este será el tema de una próxima columna.


Ingeniero Civil, Universidad de Chile, Miembro de la CCTP (Comisión Ciudadana Técnico Parlamentaria para la Política y Matriz Eléctrica).