Una gran alharaca ha suscitado la última calificación del Sistema Nacional de Evaluación del Desempeño (SNED) al Instituto Nacional, que concluyó con la pérdida del bono por “excelencia académica”. A renglón seguido se agrega, con pavor, que también el José Victorino Lastarria y el Internado Nacional Barros Arana se sumaron a la catástrofe.

El presidente del Centro de Ex Alumnos de Instituto Nacional lo calificó como “un sismo de gran magnitud”; el presidente del Centro de Padres y Apoderados, como “una noticia desastrosa”. El primero afirma que los estudiantes tomaron la decisión de boicotear el Simce “sin medir las consecuencias”, mientras que el segundo denuncia que la causa del boicot es “un grupo de profesores dentro del colegio que les dice a los chicos que el Simce no mide nada y que no sirve”.

Ambos parecen coincidir en que los alumnos no razonan por sí mismos, tomando decisiones antojadizas con trágicas consecuencias para el emblemático liceo. Ninguno se hace cargo de los argumentos que se han vertido para boicotear el Simce; simplemente les parece más importante un bono y una chapa.

Admiro el coraje de rehusarse a rendir una prueba estandarizada aplicada con mano de hierro por el Estado neoliberal con la intención oculta de destruir la educación pública.

Afortunadamente no soy la única en pensar de este modo. El Centro de Estudios Eduardo de la Barra apunta lúcidamente que el Simce “no solo no mejora la calidad de los aprendizajes de los estudiantes, sino que también desprofesionaliza el accionar de los docentes, obligándolos a actuar en función de metas de mercado y no necesariamente educativas”. Por su parte, el presidente del Centro de Alumnos del Instituto Nacional explica que “las pruebas estandarizadas solamente mantienen un sistema de competencia y fortalecen la brecha de desigualdad entre el sistema público y el privado”.

La campaña Alto al SIMCE, por su parte, ha hecho un gran trabajo denunciando esta herramienta nefasta, entre cuyas consecuencias están el deterioro de los procesos pedagógicos, la sumisión de las comunidades escolares a un pensamiento único y la competencia por un bono que se dedica a repartir migajas en un sistema de educación pública que lleva décadas de crisis estructural y financiamiento miserable.

Se ha esgrimido el argumento de que la pérdida del bono tiene como consecuencia una merma en los salarios de profesores y asistentes de la educación, los que ya son indecentes, y eso es cierto. Sin embargo, ¿por qué no se dignifican las condiciones de trabajo en todos los establecimientos en lugar de lamentarse por la pérdida de un bono que solo recibe el 25 % de estos?

Un colegio pierde un bono, lo que permite —en la perversa lógica que rige el sistema— que otro lo pueda obtener. Con bono o sin bono, en casi todos los establecimientos las condiciones y los salarios no solo son insuficientes, sino además deprimentes. Generaciones y generaciones de niños, niñas y adolescentes, amén de miles de trabajadores, padecen las consecuencias de una política educativa hecha a la medida de los intereses de los dueños de instituciones privadas con fines de lucro (a expensas de nuestros impuestos).

Por eso la pérdida del bono de “excelencia académica” del Instituto Nacional (consecuencia directa del boicot al Simce, que determina el 65 % de la calificación del SNED) es una buena noticia para la educación pública: contribuye a poner en evidencia lo funesta que es esta prueba estandarizada para la calidad de los aprendizajes y el financiamiento del sistema. Paulatinamente, la sociedad chilena se dará cuenta de que el emperador camina desnudo y le pondrá fin al fraude.

Como travesti que egresó del Instituto Nacional me siento afortunada de haber estudiado en un liceo en el que conocí un crisol de realidades y me abrió mundos. Me siento feliz de haber desarrollado valores éticos y políticos en un lugar donde a mis compañeros les importaba construir, aprender, luchar por la educación pública. Lamento que aún en 2016 siga segregando por sexo biológico (pensaron que solo entrarían hombres, pero mi sola existencia me confirma que se equivocaron) y espero que lo arreglen pronto. Y me alegra que los cabros que están ahora nos estén dando esta lección.