“-Si tú no estuvieras todavía seguiría siendo la niña de la casa. Yo estaría estudiando, no tendría que estar trabajando a esta edad. Si tú no estuvieras yo estaría casada con el hombre que yo quería. Si tú no estuvieras yo… me muero- Un embarazo no deseado cambia tu vida, pero puede ser mejor. Fundación Chile Unido, te acoge”. Sí, somos esa generación que creció en la década de los noventa viendo propaganda de criminalización del aborto. El famoso “Si tú no estuvieras” y el “Me van a matar” fueron íconos de un trabajo comunicacional que se encargó de profundizar el odio y el rechazo a una de las demandas históricas del feminismo en materia de derechos reproductivos: el aborto.

Escuché con detención la discusión en la Comisión de Salud del Senado el pasado martes 6 de septiembre, pensando que era injusto que entre cuatro paredes se decidiera el destino de miles de mujeres de nuestro país. En Chile las cosas no siempre fueron así, pero a la gente se le olvida. Aunque muchos/as no lo crean, el “paco Ibañez”, por ahí por el año 1931 en el Código Sanitario, legalizó el aborto terapéutico. El Art. 119 decía más o menos así: “Sólo con fines terapéuticos se podrá interrumpir un embarazo. Para proceder a esta intervención, se requerirá la opinión documentada de dos médicos cirujanos”. En 1989, este artículo fue cambiado y el aborto en Chile se prohibió en todas sus formas. Su principal impulsador fue Jaime Guzmán, quien con total convicción afirmaba “la madre debe tener el hijo aunque este salga anormal, aunque no lo haya deseado, aunque sea producto de una violación o, aunque de tenerlo, derive su muerte”.

Yo no le hice caso a Jaime y a fines del 2013 me realicé un aborto. Nunca me he arrepentido de mi decisión. Mi caso no calificaba para ninguna de las tres causales, pero refleja otra realidad que cuando se habla de aborto pocas veces se menciona: el privilegio de tener plata y poder abortar. Yo pude viajar a Uruguay (lugar donde ya tenía residencia) y con facilidad conseguí Misoprostol. Como allá el aborto es legal en todas sus formas, pude atenderme en el Hospital Pereira Rossel y tener un seguimiento adecuado de mi caso. El doctor me realizaba preguntas con naturalidad y en la sala de espera conversaba hasta con mujeres embarazadas a quienes con absoluta franqueza podías decirles “yo no, simplemente no estaba preparada”. Sin juicios, sin criminalización, me entregaron un papel que decía que podía realizarme una ecografía de chequeo dentro de una semana más. Todo este servicio es proporcionado por el Estado y absolutamente gratis.

La realidad de Chile es distinta: acá somos criminales aunque nuestra vida esté en peligro por ese embarazo. Somos uno de los seis países que lo prohíbe en todas sus formas. Estamos acorralados en la censura de los derechos reproductivos junto a El Salvador, Haití, Honduras, Nicaragua y Surinam. Si bien no tenemos cifras exactas de la cantidad de abortos que en el país se realizan, sí se puede afirmar, según datos del Ministerio de Salud, que son más de 33.000 al año (otras estimaciones dicen que pueden ser más de 160.000). Por otra parte, en el 2014 existieron 174 investigaciones por aborto, de las cuales 113 correspondían a casos de mujeres. Nos enfrentamos a la criminalización de lo que debiese ser para nosotras un derecho y además, a una figura penal que nos discrimina directamente por nuestra condición de mujeres.

Escribo esto desde el dolor porque yo tuve la oportunidad, pero muchas otras compañeras no. La realidad de Chile es que las privilegiadas leemos desde nuestros celulares que “detuvieron a Juanita por llegar con hemorragia a la posta con restos de Misotrol”, mientras nosotras pudimos pagar un viaje o un médico caro que hizo el trabajo. No diré que el aborto no fue algo doloroso para mí, porque sí lo fue; pero lo interesante es que el daño no me lo hizo mi decisión, sino el juicio y discriminación que sufrí de parte de mi entorno. Es duro confesarlo, pero con toda la valentía comenté a mi familia y algunos amigos/as que estaba embarazada y me realizaría un aborto. Me trataron de asesina, de no tener moral, de ser irresponsable, cobarde y mala persona ¿Cómo culparlos si durante toda una década Fundación Chile Unido nos enseñó que yo debía sacrificar una vida completa por transformarme en madre aunque no lo deseara?

Al menos mi historia hace que quiera rectificar una afirmación, ya que lo traumante no es precisamente “el aborto”, sino que abortar en una sociedad machista que te hace criminal por tu libertad de decidir o te enjuicia por no querer ser madre. Al final, las/os que somos pro-aborto no obligamos a abortar a nadie, esa no es nuestra bandera de lucha, sino que peleamos para tener la opción y oportunidad con el resguardo sanitario y de derechos que merecemos. No queremos volver a leer que una niña de 16 usó Misotrol teniendo 5 meses de embarazo y casi se muere de una hemorragia. Si en Chile esas cosas pasan, es por desinformación y porque estamos llenos de mitos sobre el aborto. Mi mamá llorando me suplicaba que no me hiciera un aborto porque no quería que le devolvieran a su hija en un cajón. Sí, esa realidad hemos construido, una repleta de mentiras y censura. Ojalá podamos decir abiertamente que el Misotrol no te mata y que su uso está restringido a un cierto número de semanas de embarazo, ya que luego de eso es muy riesgoso.

Sé que recién Chile habla de las 3 causales, pero es hora de hacernos cargo de la realidad y de comprender que los motivos son miles. Ojalá aprendiéramos de Uruguay, así que cito una cuña que salió en el diario El País el 6 de marzo de este año: “Entendemos que los embarazos que se interrumpen son de mujeres que lo tienen decidido y que si no estuviera la ley se interrumpirían igual”. No somos 33 mil asesinas al año, somos 33 mil mujeres que dejan claro que en Chile debemos hacer patente un derecho reproductivo. Yo aborté y jamás discriminaré a quien decida o no hacerlo. Parafraseo y corrijo a Fundación Chile Unido: “un embarazo no deseado no tiene por qué cambiar tu vida, tú puedes decidir y puede ser mejor”.