No hay muerto malo, se dice en Chile. Pero a los asesinados por la dictadura se les trató de otra manera: porque eran buenos, consecuentes, los mataron y luego se les trató como “ratas”, “humanoides”, “terroristas”.

Jose Carrasco fue uno de los mejores dirigentes que tuvo el MIR, porque poseía un sentido común en política que es clave para el desarrollo de un proyecto realista y exitoso. El que fuera apegado a la realidad no lo hizo menos “utópico”, ni arrojado, ni dejó de luchar por una sociedad socialista.

Pepone organizó junto a otros detenidos en Puchuncaví en 1975 la primera huelga de hambre bajo la dictadura, la que exigía la verdad en el caso de los 119 detenidos desaparecidos que eran informados como muertos en una vendetta al interior del MIR. Hacer una huelga en esas condiciones era con evidente riesgo de la vida.

Su propio regreso legal a Chile en 1984, para contribuir a gestar una alternativa política a la dictadura, es una muestra de ese arrojo y ese realismo: en Chile se estaba abriendo la posibilidad de crear una alternativa a la dictadura en conjunto a otras fuerzas democráticas, más allá de la izquierda. Es por eso también que José Carrasco trabajó por levantar un referente amplio como fue la “Intransigencia Democrática”, que le permitiera al Movimiento Democrático y Popular (MDP) abrirse en alianza con el progresismo DC y Radicales y la Asamblea de la Civilidad, para trabajar por una salida de “ruptura democrática” a la dictadura, alejándose de la estrategia de derrocamiento de la dictadura por la vía de la “estrategia de guerra popular”; la que era para él inviable, por la debilidad del proyecto del MIR.

En esas discusiones en el seno del MIR, José Carrasco ocupó un lugar importante con su realismo combatiente, pues se trataba de articular, sumar y movilizar desde distintos sectores sociales la energía antidictatorial, hacia el término de la dictadura incorporando dos temas clave en esa época: Asamblea Constituyente y gobierno democrático provisional que convocara a elecciones libres.

Pepone conoció de cerca la muerte varias veces y quizás por eso no la vio venir ese 8 de septiembre. Esa noche de venganza dictatorial, lo sorprendió junto a Silvia Vera, su amada desde que la conoció en el campo de presos políticos de Melinka en 1975, cuando con su hijo Alfredo García de meses de edad, buscaba a su esposo desaparecido y con quien habíamos convivido en Villa Grimaldi en Febrero de ese año. Alfredo García Vega había aparecido en la lista de los 119.

Después de esa Huelga vino el amor de Pepone hacia Silvia, con la que construyó una familia entre sus dos hijos Luciano e Iván y Alfredo. Con ellos vivieron el exilio, el retorno y la crianza preocupada y cotidiana del bienestar y educación de los tres hijos.

José Carrasco Tapia es por su trayectoria periodística, por su compromiso militante y por su humanidad generosa, parte de la herencia que la izquierda debe recuperar para un proyecto político que culmine las deudas de libertades y justicia que el país reclama.


Académico Universidad Central