Habitar la ignorancia o la estupidez es una opción, para la mayoría. Asimismo, dejar que el pensamiento se apodere de las cosas, de la vida, de lo real y lo imaginario, que una vez hecho lo convierta en objeto de reflexión y que articule en torno a ese ejercicio ideas, propuestas, miradas, diálogos, controversias, una crítica sobre la experiencia misma de la vida y lo que se vive en distintos niveles, es también una opción, la elección de la inteligencia, la del individuo versus el rebaño.

A veces esa opción –sino muchas veces- consiste en el simple acto de leer, encontrarse con un texto y dejar que las palabras, el lenguaje que lo habita, nos muestre esa manera de ser de las cosas que se manifiesta verbalmente, entregándonos la posibilidad de visualizar viendo lo que el lenguaje descubre ocultando y oculta descubriendo, como enseñanza de los pliegues adicionales de lo que se manifiesta ante nosotros o pasa desapercibido y ha sido expresado por quien escribió el libro. Leer, en este sentido, como experiencia intelectual de descubrimiento, es siempre una opción de la inteligencia que decide entender, conocer, rechazando la ignorancia que convierte a todo ser pensante en una creatura débil y manipulable.

Ayer cayó en mis manos un brevísimo texto de Wittgenstein, uno que había leído como universitario y que ha sido reeditado en Chile por Ediciones Tácitas, en una versión bilingüe en inglés y español, con prólogo de Carla Cordúa y traducción de Ana María Vicuña. Esta mínima conferencia de Wittgenstein, digo mínima sólo en extensión, es el mejor ejemplo de lo que he dicho antes. En la síntesis de un texto que no supera las 25 páginas, un texto coloquial dictado ante los auditores de una conferencia, asistentes que esperaban quizás una ilustrada y extensa presentación lógica del autor del Tractatus Logicus – Philosophicus, se encuentra una reflexión sobre la ética, sobre la disciplina que puede entenderse como “la indagación general de lo que es bueno” (Moore) pero, también, o quizás mejor, como el intento humano por encontrar un sentido, un valor a los hechos –en sentido trivial o absoluto- y que no es sino un inútil pero respetable, además de necesario, intento por hacer de la vida algo más vivible.

Frente a las posibilidades de este ejercicio, tanto desde el punto de vista del lenguaje, como de la lógica, Wittgenstein hace un saludo emocionado y desencantado que destaca la articulación de una ética como algo necesario, en tanto que columna vertebral del posicionamiento de la existencia en el discurso de la vida. Y, en este sentido, el filósofo, el conferenciante, lo expresa de un modo rotundo: “Toda mi tendencia, y creo que la tendencia de todos los hombres que alguna vez trataron alguna vez de escribir o hablar de Ética o Religión, fue chocar contra los límites del lenguaje. Este chochar contra los muros de nuestra jaula no tiene absolutamente ninguna esperanza. La Ética, en tanto surge del deseo de decir algo acerca del significado último de la vida, del bien absoluto, de lo absolutamente valioso, no puede ser una ciencia. Lo que dice no le agrega nada a nuestro conocimiento en ningún sentido. Pero es un testimonio de una tendencia de la mente humana que yo. Personalmente, no puedo sino respetar profundamente y que no ridiculizaría jamás, aunque mi vida dependiera de ello”.

Y aunque no es conocimiento científico, la ética es una necesidad vital; no siendo ciencia, es una práctica inevitable, entonces resulta evidente que como tal debe desarrollarse a partir del acuerdo, del diálogo, de la revisión crítica que debemos hacer –de modo constante y necesario- sobre nuestras posiciones y aspiraciones éticas.

Decía al inicio de esta nota que pensar o no es, al final de cuentas, una opción, y que un libro es una buena invitación a pensar y a enriquecer el pensamiento. En este sentido, la relectura de este breve texto de Wittgenstein me lleva a revisar el estado de cosas en nuestro país, a ver de qué manera hoy, quizás más que nunca (incluido los tiempos de cruda dictadura), se vuelve necesario que el país en su conjunto revisen los estándares éticos con los que se pretender continuar la construcción de nuestro modelo de país y cultura, el cómo queremos definir la identidad existencial de esta colectividad que somos juntos en la lucha contra las rejas de una jaula infranqueable en la que tenemos la obligación de cohabitar. Hoy se vuelve imperioso redefinir el compromiso con el respeto recíproco, la valoración de la vida, de la diversidad, de las formas en que entendemos nuestras maneras de instalarnos en la existencia frente a nosotros mismos y los otros. Una sociedad basada en el egoísmo o el resentimiento no es sostenible, ni sustentable, es sólo la materia prima para la manipulación por parte de intereses que no tienen relación alguna con el bien común o valor de tipo alguno.

Abandonar el maniqueísmo absurdo de posiciones políticas que pretenden tener la única visión válida de lo que debe hacerse, la descalificación retórica, la agresividad verbal y de hechos sin propuesta, la oposición sin tregua y el oficialismo dogmático, la defensa de los modelos sin una revisión crítica de los resultados, el discurso de políticos que creen que no tienen obligación de explicar sus actos frente a los ciudadanos, el validar la violencia como método político, la simulación de causas con fines espurios, el envilecimiento de la política por el dinero y de la empresa por el afán político son sólo algunos ejemplos de situaciones que afectan a nuestro país hoy y frente a las cuales es fundamental poner en marcha un gran movimiento de revisión ética en pos de una búsqueda de acuerdos que nos lleven a criterios y prácticas que nos permitan conversar y acordar lo que creemos bueno para el país (como mayoría y minorías), lo que es valioso, lo que es realmente importante, lo que hace sentido en la vida que queremos, lo que entendemos es una manera correcta de vivir que no resulte de la monopolización de la mirada de unos sobre los otros.

Y sí, en la lectura de un libro, por breve que sea, existe el germen que permite un cambio un cambio de mentalidad que puede llevarnos a convivir con las ideas propias y las del otro, a ejercer niveles de reflexión que sirvan de hilo de Ariadna para conducirnos a resolver las debilidades de nuestra sociedad adolescente.

“Conferencia sobre ética”, Ludwig Wittgenstein, Ediciones Tácitas, Santiago, 2015, 50 págs.


Abogado y crítico literario, Director de Ojo Literario Ediciones.