El suicidio en Chile es un factor en aumento progresivo, posible evidencia de un cierto síntoma nacional. Quién sabe si el arrojo corporal de un chileno a las líneas del metro no da cuenta de un grito desde el fondo de una oscuridad de los patios ulteriores de una democracia desregulada y desigual, cuyo rango transversal es la vulnerabilidad, y la monetarización microfísica de nuestras conciencias.

Los chilenos tienen accesibilidad a bienes y servicios, hay crédito como mecanismo de filiación al sistema de ciudadanos deudores. Pero si alguien se enferma grave en la familia puede ser que te vayas a vivir a la pobreza, si llegas a viejo la pensión que recibirás se manifiesta “como el pago de Chile”, pasaras también a enrolar las filas de la pobreza. El sistema de protección social en Chile es de país pobre, mientras estamos rankeando siempre últimos en la OCDE, vivimos un delirio por esa hermenéutica de la macroeconomía que nos dice que somos fenómeno histórico que funde liberalización a ultranza y autoritarismo terrorista en su alma.

Nadie puede entender una esquizofrenia tan extendida en la sociedad chilena, es una red de significados muy semiótico que articula un sentido fragmentado, que es una historia de imágenes “deseantes”, unas máquinas deseantes acopladas a una biología social del consumo, una biopolítica del marketing que sostiene la creación de una pulsión muy fuerte en la cultura, un malestar, un terrible malestar el que a veces se disocia en obesidad o cáncer, u otros, pero es un anverso del mismo traje de la salud mental de nuestro país. La contextualización psicológica de las enfermedades en la textura de la cultura.

El consumo es una fuerza mental cultural, la desestructuración de los grandes relatos y la dimensión de una crisis de las representaciones del Estado nación. Una supremacía del capital por sobre la estabilidad ecosistémica del planeta, una cuántica cultural que al final domina, agobia, una monetarización como filosofía de la cultura.

Absolutamente nada logra escapar de la “pulsión del intercambio benéfico”, todo es destrucción creativa y acumulación, un relato con menos pobreza pero con mucha desigualdad, lo cual para cualquier imaginario de lo público es una jibarización como dispositivo. Por tanto, una cultura de la exclusión y la integración por la vía del consumo, “siempre podemos sentir de verdad los sabores de la nueva generación”, la vida son los consumidores, ahí se juega la vida de esta administración de los ciclos de vida de los ciudadanos e ilustres consumidores.

En Chile las tasas de suicidios han aumentado de manera vertiginosa, tanto que uno pudiera pensar sin ser alarmista que es un tema de salud pública, se plantea un crecimiento de un 90% entre los años 1990 y 2011 (OCDE, 2014). Es plena época de la instalación de la “alegría” y la consolidación corregida de un neoliberalismo salvajemente ortodoxo.

En el seno de la esperanza simbólica se desregularon aspectos esenciales de la vida social, no llegó la seguridad para el ciudadano común, sino la inseguridad y su profundización como mecanismo regulatorio de la convivencia.

La inseguridad y la desconfianza como artífices de una transitología mentirosa, que abandono un programa histórico, y fetichizó toda su imagineología sembrando una resemántica de la neoliberalización autoritaria, aceitando la dominación de una “revolución bulliciosa y triunfadora” a esas alturas.

Todo cambió para que nada cambiara y se desconstruyó la esperanza por una frustración endémica que en ciertas generaciones anidó una suerte de desesperanza aprendida que se iconiza en la “no participación”, en la apatía que se reproduce en las nuevas generaciones en una deslegitimidad de la “sociedad política”, y de su política.

Nunca se visualiza posible una alternativa, la individuación como eliminación de la otredad es un laberinto solipsista de profunda extensión societal, es un laberinto que conduce a la soledad espiritual en la multitud de la muchedumbre.

Es un dolor cultural que se traduce en que a nivel nacional mueren por suicidio entre 5 a 6 personas al día (Minsal, 2011). El habitus de la muerte es parte del engranaje, la maquina funciona con una anomía que se transforma en agonía y que estalla en el llanto de la sangre. Y esa humanidad qué nos dice, qué nos cuestiona.

Cuando la higienizamos con un dejo masoca que ignora el grito, y sigue caminando, somos meticulosos en la ignorancia del dolor ajeno, porque la otredad se difuminó como fenómeno de una comunidad social más integrada.

Es una desafección que en el fondo anida una ausencia de reconocimiento, hay poco reconocimiento en nuestra sociedad porque hay una desigualdad estructural que es síntoma endémico del dolor, aprender a vivir con dolor es nuestro síntoma antroposofico, aprender a vivir con la muerte es nuestra preservación insistente.

En nuestra sociedad algo duele, y duele adentro. Obedece a una sintomatología extendida en la intersubjetividad nacional, la soledad en el consumo de masas se envuelve en una monetarización que erosiona los valores y el sentido de comunidad en las responsabilidades públicas.

El sujeto queda solo, suspendido, y sus derechos son mínimos y sus horas de trabajo son hartas, la flexibilización diluye toda relación social, y el amor se clausura como compromiso, y nadie se hace responsable por el otro, la vida se debilita porque esta sitiada en la conciencia nacional.


Sociólogo