Neruda, la última película de Pablo Larraín, es otra postal temática con nicho cultural de izquierda en la filmografía del autor. Percibido en este Chile indignado como un cineasta que incomoda por su procedencia, muchos han hecho saltar la espoleta del inconformismo de aire militante por las incursiones mostradas en su filmografía, sacando más de una roncha por lo que es considerado como un lavado de activos culturales destinado a los paraísos hollywoodenses. Antes ya lo había hecho con No, la película, Post Mortem y ahora Neruda (El Club no clasifica en esta denominación). Dicen que el cineasta le dio a su equipo técnico antes de comenzar el rodaje la siguiente arenga: ¡Oscar o muerte, esta vez venceremos! Si esto es cierto o no, está más o menos dentro de su limbo operacional donde ha venido arrastrando las cascadas del zurdaje emblemático hacia su molino obsesionado con dejar su granito en el felpudo rojo del norte. Justo y necesario es también reconocer que si no lo hubiese hecho, la historia seguiría invernando en un eterno y ridículo respeto al cánon de la derrota. Sobre esta querella que alude la propiedad simbólica partidista, los cercos ya no están claros y mucho menos el alcance patrimonial de la figura nerudiana.

La verdad es que hoy Neruda no es nadie en este Chile, ni por la difusión de su obra ni por su valoración, salvo para alguna efeméride celebrada en papel cuché en alguna embajada con agregado cultural de la NM. Para graficar, ni siquiera al aeropuerto internacional se le quiere dar su nombre. Esto ha facilitado claramente que se lo pueda exportar y sabotear como un cadáver exquisito, adobado como un jabalí exótico; si bien algo magro pero con perejil en las orejas y pasantías clandestinas llenas de whisky y lecturas de novela negra. Que a muchos no haya convencido la película por las filiaciones parentales de Larraín, cosa que no se dice abiertamente pero que se desprende por lo que susurra alguna crítica, no hace ninguna diferencia con respecto a la película en sí ya que el autor hace patente esta incomodidad, titubeando entre la ficción a medias y una incursión pálida por la Historia.

El resultado es un Neruda más o menos desestructurado en la factoría del marketing cinematográfico. No es un embutido ni de ángel ni de bestia, a pesar de que Guillermo Calderón, conocido dramaturgo y guionista de este filme, en una entrevista al diario La Segunda, habló de mostrar un Neruda sucio. Descubrimos que sucio significaría por lo que vemos un Neruda bueno para el trago y putero, amén de comunista y burgués, cosa que en los años 50 eran en todo caso virtudes más bien públicas, por lo que en este sentido lo que la película estaría desclasificando no pesa más que unas añejas bolitas de dulce. Pero, volviendo a la vacilación narrativa de Larraín, la proscripción y posterior persecución del vate a manos del detective Pelouchonneau (Gael García), es lo menos peligroso que se ha visto en materia de cacería. Incluso el mismo personaje de Neruda manifiesta en la película el deseo de que pase algo más, como si anticipara la posibilidad de que el detective asignado a su persecución no fuese todo lo implacable que su épica demanda y no ese hombre suavecito, más distraído en su dañada subjetividad que en su presa política. Y el personaje lo dice: si va a haber cacería, que ésta sea salvaje, premisa que no se cumple nunca. Neruda en su escape al sur le va dejando a su persecutor novelas negras editadas por El Séptimo Círculo, prestigiosa colección porteña dirigida por Bioy y Borges en aquellos años. Cada novela policial es un McGuffin, es decir, un argumento vacío que no percuta nada. No hay aquí ninguna clave en ellas, ni por el título ni por su argumento, sólo dejan el aroma de los talones de un Neruda que ya no está. Esta interesante posibilidad de ficción queda reducida a las migas que le deja el prófugo a su captor, alimentando de parte de éste un extraño monólogo sobre su fracturado origen mientras transcurre la persecución, pero sin nada que aporte a la tensión que debiera generar esta situación. Así, el thriller queda reducido finalmente a una simple orden de arresto en contra del poeta, adornada con lo antes señalado. La muerte inesperada de Peluchonneau en manos de los campesinos en la cordillera mapuche es, por lo absolutamente gratuita y antojadiza, la última concesión que se le hace a esta desconfianza por no ahondar en la ficción. El thriller aquí es tan o más prófugo que Neruda, porque huye de la película. Herido en la cabeza con un palo en la nuca, Peluchonneau se funde en la nieve como un ícono sin pena ni gloria. Triste e incompetente, su borrosa figura será recordada en una conferencia que Neruda da en una barcaza sobre el Sena.

Ahora, en lo que se refiere a la representación del mito, al personaje en sí, la interpretación de Gnecco tiene algo de volátil. Hay por lo menos una paradoja en relación a su caracterización, no por su peso, sino por la voz de Neruda, para quedarnos con un rasgo que lo define desde el lugar común. Gnecco desecha el escatológico sonsonete del vate en sus líneas de diálogo, pero lo retoma de manera fatal cuando declama el poema 20, cosa que no se entiende. Tal vez se trata de una lucha entre la maqueta del demiurgo y su interpretación, el intento de fundir dos caras que no logran ensamblar, que no arman un Neruda que flote en una línea de verosimilitud pasable y sólo se atina a tomar lo más digerible para no complicar a un espectador desapercibido. Sabido es que a Neruda le cargaba recitar ese poema que lo hizo famoso en su adolescencia, pero acá es perpetrado con una delectación que más bien recuerda a Gnecco probando una cucharada del Griego de Soprole. Con una fotografía que destaca, entre luces y sombras nostálgicas, Pablo Larraín flota en la espuma del mito entre dos olas que mueven a Neruda como un cachalote varado en la arena: su voz aquí se oye desde lejos, pero tal vez corra mejor suerte en Hollywood.

 

 

 


Escritor y guionista