Año tras año, la izquierda publica artículos tratando de darse, a sí misma, una definición de sí misma.

A la vez, se renuevan las generaciones que creen haberlo conseguido; pero invariablemente, la hoz vuelve a desdibujarse en un signo de pregunta.

También, muchas veces, intentó una definición estableciendo qué no es.

Surgió un inconveniente: para decir qué se es diciendo qué no se es, hay que conocer primeramente aquello que se dice no ser.

Así, confundiendo al conservadurismo con el liberalismo, aparecieron dificultades; ese tipo de dificultades que pasan desapercibidas hasta la hora del resultado.

Comencemos preguntándonos cuál es la distinción del capitalismo.

La primera distinción del capitalismo es el don y maldición del Rey Midas, cosifica todo lo que toca; y lo cosifica, obviamente, al convertirlo en mercancía.

El conservadurismo es, precisamente, aquello que se niega a convertirse en mercancía.

A eso refiere el término “conservador”, aunque habitualmente se lo confunda con una actitud reaccionaria que pretende mantener cierto sistema financiero opresivo tras la fachada de valores morales obsoletos.

Una vez que identificamos al conservadurismo como aquello que se resiste a convertirse en mercancía, podremos decir de nosotros mismos si lo somos o no.

La fuerza de trabajador se transforma en mercancía, por lo tanto los trabajadores no pertenecen al conservadurismo.

Por un lado los trabajadores -siempre listos a vender su fuerza, su habilidad y su potencia al que mejor pague- y  por el otro, el caminante sobre un mar de nubes de Caspar Friedrich.

La izquierda ve al proletario que tiene delante de sus ojos, borrosamente, como un pequeño burgués; y al lumpen lo adorna con todas las virtudes del conservadurismo que le atribuye a su proletario imaginario*.

En Argentina, pasa lo mismo pero con una diferencia: la disputa de los sindicatos con el peronismo.

Anteriormente al peronismo ya había un conflicto sindical definido prácticamente en los mismos términos: anarquistas y marxistas por un lado contra el laborismo de Cipriano Reyes, que era inmensamente mayoritario.

Cuando se le suman los sindicatos a Perón –siendo ministro de trabajo- también se suma este conflicto y de ser un conflicto sindical pasa a ser un conflicto político en todos los frentes, porque el propio peronismo excede a los sindicatos: una batalla cultural en el más completo sentido.

La izquierda argentina se moldeó a sí misma disputándole el poder sindical a los peronistas, que ciertamente pertenecen a un gigantesco y auténtico movimiento de masas. Esto la salvaguardó del nirvana teórico.

Confrontando con la poderosa burocracia sindical argentina -incluso asesinándose dirigentes mutuamente- la izquierda de los barrios elegantes tuvo una práctica social que la forjó en la dureza de la realidad concreta.

Esta lucha los aproximó de otro modo a los conceptos básicos de Marx; pero tampoco logra identificar al sujeto histórico y lo llama “clasemediero” que viene a ser lo mismo que decirle “arribista” o “facho pobre”.

Le hablan al proletario como a un lumpen, por la sencilla razón de que confunden al lumpen con el proletario y al proletario con el lumpen; se evidencia cuando al proletario le dicen “desclasado” -el único desclasado es el lumpen- y de aquí deriva toda la frustración.

Ese mundo idílico, de ensueños, de solidaridad, es una buena propuesta para el lumpen, no para el proletario que todas las mañanas arranca el auto en el garaje.

Al proletario no hay que ofrecerle un cielo con ángeles revolucionarios y heroínas frígidas, en donde San Ernesto toca una guajira con el arpa; al materialista por derecho propio, hay que ofrecerle unas breves pero intensas vacaciones en Miami.

El materialista neto observa su entorno con la misma suspicacia y perspicacia con que observaba Marx a los burgueses: desconfía de las hermosas intenciones y de la sonrisa cálida, de la palmada en el hombro y del gesto delante de todos; y adhiere, con astucia, a valores de tipo religioso solamente por el control social que implican y solamente porque este control, a su vez, le permite lo que él mismo llama: progresar en la vida.

La catedral del proletario es el Easy

La palabra “progreso” –de donde viene progresista- refiere más a créditos de consumo que a raros peinados nuevos.

Si el materialismo histórico tiene algo de científico, en cada taco de las horas pico se presenta la postal más diáfana de la dictadura del proletariado.

La CEOcracia es su organización inexorable.

Tal como en una postal bíblica, aparecen ante nosotros los medios de producción cotizando en la bolsa, muchedumbres de accionistas y fondos de riesgo poseen esas acciones, y sobre todos ellos se encarama y se yergue el CEO.

Propio de los burgueses es reprocharle al CEO sus altos ingresos.  Propio de un proletario, replicar que el dinero que cobra es escaso en comparación al monto que genera con su trabajo.

Ese monto que genera el CEO y que excede su salario es la plus valía que queda en manos de infinidad de minúsculos accionistas que son los reales dueños de los medios de producción.

El proletario se ha encumbrado sobre los propietarios, la pirámide se ha derrumbado sobre sí misma y ahora infinidad de burgueses se retuercen en la base del montículo clamando por una mejor cotización de sus acciones; sobre todos ellos como un héroe victorioso, el CEO proletario, levanta un puñado de billetes.

El asunto de las AFP en Chile, por ejemplo, es genuinamente proletario. Su protagonista no es el joven soñador vestido con retazos de colores y remiendos; en esta ocasión los protagonistas son aquellos que desaparecen en el Metro a las seis de la mañana y reaparecen ya de noche, extenuados pero decididos a ganar ciento cincuenta lucas más (doscientos dólares).

Por esto también es que ha causado una preocupación más grave que los body pinted del estudiantado y ha motivado –directa o indirectamente- declaraciones del jefe de carabineros y del jefe del ejército, el mentor del sistema ha regresado al país para enfrentar las cámaras de TV, la misma presidente públicamente ha puesto el tema en la agenda, evidentemente el epicentro de este sismo es más profundo que aquel que provocaron las demandas por educación gratuita y de calidad.

Contemplemos, por un momento, la mera posibilidad de que efectivamente estemos viviendo en la dictadura del proletariado.

Esa distopía futurista –propia de la Ciencia Ficción- estaría calculada para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, un globo financiero alimentaría la voracidad de créditos de consumo, las películas tratarían de hombres comunes en situaciones atemporales o/e insólitas y la  sección de Play Boy más exitosa correspondería a las fotos de la vecina de al lado, sociólogos y economistas hablarían de los “gustos del consumidor”, sinfín de encuestas tratarían de averiguar qué cavilan los seres anónimos y los resultados mayormente revelarían que les preocupa cómo comprar un nuevo auto, ampliar su casa, enviar a sus hijos a buenos colegios, disponer de comida en abundancia, ropa, tecnología, viajes, mascotas, vacaciones, una dacha…

El “fordismo” no solamente refiere a la fabricación en cadena, sino a una ingeniería comercial que permite a cada empleado comprar -con su propio sueldo- un auto que él mismo ha fabricado.

El proletario compra el auto y compra muchas cosas más, desde pequeñas a grandes, comunes o raras, escasas o abundantes, baratas y caras y así construye un mundo como con ladrillos Lego, impone sus preferencias en todos los ámbitos y es el centro de atención de todo el andamiaje productivo y financiero.

Evidentemente, la dictadura del proletariado ya llegó.

En Argentina se caricaturiza al gobierno de Mauricio Macri como una CEOcracia, pero la subtitulan: “el gobierno de los ricos”.

La CEOcracia no es el gobierno de los ricos si se usa “rico” como sinónimo de “burgués” y se interpreta a burgués como dueño de los medios de producción, aunque eventualmente los CEOS posean acciones.

¿Qué puede ofrecer la izquierda al inmenso proletariado que excreta, noche y día, eso que se llama cultura de masas?

Lo mismo que le ofrecen los CEOS: administrar el fin de la historia -el perpetuo presente de quienes no quieren descuentos previsionales- incrementando la producción, acelerando el tiempo de obsolescencia y practicando  el reciclaje; en una suerte simbólica de coprofagia masiva.

El fin de la historia -que implicaría, sí o sí, la dictadura del proletariado- puede graficarse con el logo del reciclaje: producción, obsolescencia, reciclado.

Produce, desecha, recicla, produce, desecha, recicla, con una aceleración proporcional al incremento exponencial del volumen.

Proletario termita o lumpen cigarra.

¿CEOcracia del proletariado o revolución en retazos?


Guitarrista de punk rock