Si estuviera viva, Violeta Parra, con 99 años, de seguro que no habría postulado este año 2016 al Premio Nacional de Artes Musicales. Le habría reclamado al Estado su falta de responsabilidad política y su tacañería para con los artistas premiándolos cada cuatro años. No se habría quedado en silencio esperando la dádiva estatal. Habría exigido, no para sí, sino para todos esos artistas que han trabajado por puro amor al arte durante toda una vida, pensiones de gracia que les permitieran terminar sus vidas dignamente. Habría puesto un grito en el alto cielo y les habría dedicado unos cuantos versos muy cáusticos a quienes prefieren mirar para el lado y en posición firme prefieren asegurarles una vejez con salud y dinero a los uniformados y sus familias. Le habría dedicado Violeta Parra una cueca muy colorida a todos los sinvergüenzas que se hicieron de las empresas públicas a precio vil y que hoy ofician de nuevos millonarios con un zapateao que haría levantar polvo con todos los nombres de ese prontuario cívico militar, que pocos se atreven a enunciar en voz alta.

Imposible premiar a una mujer tan díscola en tiempos de componenda nacional.

Tampoco habría obtenido Violeta Parra el Premio Nacional del Literatura, como se lo han negado a Patricio Manns, por considerarla una cantante más que poeta, además de incómoda y hasta insolente… Violeta Parra, esa poeta, música, compositora, escritora, artista visual, investigadora, recopiladora y gestora cultural tampoco habría sido reconocida con otros diversos premios a nivel nacional, por la dificultad que radica clasificar lo inclasificable, en amoldar a quien quiere sumergirse en lo más profundo de la tradición para luego romperla en su recreación. Ya nadie recordaría, como lo señala la académica Paula Miranda que a partir de los década del 50, “ella transformó el sentido de la canción de su época y la destinó a ser escuchada, en un medio, el del espectáculo, en que casi todas las canciones tenían como finalidad única el baile y la entretención” y se habrían olvidado de sus méritos, porque estamos de nuevo casi en el mismo punto, es decir, después que cambió todo para volver casi al mismo lugar.

La poeta chilota Rosabetty Muñoz nos dice: “Heridos como estamos, viviendo en un mundo hecho a la mala, que nos expulsa cada día, añoramos llenar de sentido la poesía para consolar y consolarnos. Tenemos, sí, voces fundacionales entre ellas, esta lúcida Hermana Mayor (Violeta Parra) que advierte: Mujer que tiene sentido/tranquea con pies de plomo…”. Ambas, Paula Miranda y Rosabetty Muñoz son quienes prologan el libro cuyo título es Violeta Parra. Poesías, editado espléndidamente por la editorial de la Universidad de Valparaíso.

Un libro que concentra lo que escribió esta “poeta de la música”, como la llamara Víctor Jara. “Un libro de poemas, no de canciones o letras. Poemas – la mayoría de ellos- que formaron un todo indisoluble con la música con la que fueron cantados, pero que se sostienen como textos de alta calidad literaria, y que se leen como una lee la obra de nuestros grandes poetas”, dicen los editores.

Así, entonces, se entiende mejor al poeta y Premio Nacional de Literatura Raúl Zurita cuando dice: “Como en lo mejor de Neruda, pero solo en lo mejor de él, en Violeta Parra, la más humana de nuestras poetas, hay algo inhumano, es como si su poesía la dictaran otras cosas; la primavera, el invierno, el viento. Si los demás nos llamamos poetas ella sobrepasa esa palabra y había que ponerle otra y si a ella la llamamos poeta, los demás tenemos que cambiarnos de nombre, ella es de otro linaje, de otra estatura”, reza en la cita que abre este libro de delicada fabricación, con el lomo cocido a la vista, como si la propia Violeta hubiera hecho esas puntadas moradas

Es la creación poética de toda la vida de Violeta, que invita a una lectura diferente de esos versos que sabemos de memoria y hemos venido repitiendo durante décadas, pero no siempre con el sentimiento ni la conciencia de lo que dicen. Es la manera de decantar una poesía que “tranquea con pies de plomo”, como que hace dudar al mismo Zurita sobre si llamarse poeta o qué, cuando la Violeta debe ocupar ese lugar único, como el que ocupó Gabriela Mistral, que primero fue universal y luego tuvo el Premio Nacional.

Y nos hace dudar a muchos cuán bien estamos haciendo las cosas, si con el compromiso, la inteligencia y la generosidad necesaria, en tiempos en que las mujeres a pesar de haber ganado hasta la presidencia la de República no merecimos Premios Nacionales este 2016.


Periodista y conductora radial, directora del programa "Vuelan las Plumas".