Adolfo Pérez Esquivel es un latinoamericano que nació en Buenos Aires hace 84 años que durante más de medio siglo ha estado vinculado a grupos que promueven la no violencia. Desde hace tres décadas, además, es Premio Nobel de la Paz, una etiqueta que lleva a donde vaya. Tratando de huir de esas mismas etiquetas, él dice “no soy un militante, soy un hombre comprometido con la vida de los pueblos”. Del otro lado del río, Eduardo Galeano lo definía como un hombre “bienhumorado, limpio, sencillo. Limpio digo, de todo veneno. Para que se sepa, si no se sabe, que nosotros no somos unos insoportables, amargados”, mientras le agradecía porque “te dieron el Nobel y no te engrupiste nunca. Nunca te lo creíste”.

Adolfo es un escultor, artista, educador, cristiano, luchador por la paz pero, dice, no por cualquiera (tipo “Paz en la Araucanía”) sino la que viene de la mano con la justicia. Por eso se llama así el espacio que lidera desde comienzos de los ’70, el Servicio de Paz y Justicia (Serpaj), ubicado en una antigua casona de calle Piedras en el porteñísimo barrio de San Telmo. En su oficina del tercer piso, arropado por libros, fotos y distinciones, Adolfo recibe a El Desconcierto. Comenta la difícil situación a la que se enfrentaran los movimientos de Derechos Humanos durante el gobierno de Macri, pero advierte que estos también fueron violados constantemente durante la década kirchnerista. Su visión de los “Derechos Humanos de los pueblos” lo llevó a confrontar directamente con el anterior gobierno, en particular por su defensa a los pueblos afectados por el extractivismo, motor económico que sustentó el modelo político de los gobiernos de Néstor y Cristina (2003-2015).

El periplo argentino y latinoamericano lo llevó a vincularse fuertemente con los pueblos indígenas. De hecho fue el principal promotor de la candidatura al Nobel de la maya Rigoberta Menchú, otorgado en 1992. “Una vez me invitaron a un nguillatun en Concepción”, cuenta Adolfo; “tuvimos que subir una montaña y pasamos todo el día con ellos, con las machis, las rogativas, los juegos y la comida. Y yo ahí pensaba que este pueblo resistió los embates de todas las dominaciones porque tienen memoria, identidad y una pertenencia, que nosotros la perdimos. Y creo que eso es lo que le da consistencia y resistencia en el tiempo”.

Cuenta que su vínculo con los pueblos indígenas le viene desde la infancia, desde que murió su madre. “A mí me crió mi abuela que era una india guaraní, que no hablaba castellano. Yo de chico entendía guaraní, ahora solo me acuerdo de las malas palabras. Pero me acuerdo de ir a la escuela y sentir a los maestros y maestras hablándome mal de los indios. Que eran vagos, que no querían trabajar, que habían hecho los malones, atacaban los pueblos, que se llevaban las cautivas. Y yo discutía con ellos, decía que defendían sus tierras. Entonces me castigaban, me mandaban al rincón”, recuerda Adolfo que también comenta que al crecer le daba vergüenza que sus amigos fueran a su casa y conocieran a su abuela indígena. “Pero después con el tiempo fui creciendo en conciencia y decía ‘esto no puede ser’”.

En las últimas décadas tanto él como Serpaj se han convertido en una de las principales referencias del acompañamiento no solo de indígenas en Argentina, sino en el resto del continente. Esto lo llevó, por ejemplo, a escribirle a una carta a Michelle Bachelet al asumir su segundo mandato para expresarle su “preocupación por la difícil situación que están sufriendo numerosas comunidades mapuches de la zona de la Araucanía chilena. Sus territorios ancestrales están afectados por la multiplicación de proyectos de inversión de carácter industrial, como hidroeléctricas y pisciculturas de la industria salmonera”, señalaba en una carta.

Usted ha recorrido distintas comunidades mapuche en Argentina, ¿cuál cree que son los principales conflictos que existen acá?

Hay muchos conflictos con petroleras. Está, por ejemplo, el caso de Chevron que es patético. Porque esta empresa hizo en la selva amazónica una destrucción tan grande que la Justicia ecuatoriana los condenó a pagar 19 millones de dólares. Pero Chevron se va del Ecuador, se viene a la Argentina y arregla con Cristina para explotar en (el yacimiento hidrocarburífero) Vaca Muerta, en la provincia de Neuquén con el sistema del fracking, que es muy contaminante y caro. Entonces el caso llega a la Corte Suprema y esta le levanta el embargo, porque sino no podían hacer el acuerdo con el gobierno argentino. Ahí firman los acuerdos y comienza la explotación. Pero cuando llegan a Vaca Muerta, ¿qué encuentran? Comunidades mapuches, que las tienen que expulsar de ahí.

¿Y cómo es el conflicto con Benetton?

Benetton tiene en la Patagonia más de un millón de hectáreas. Yo hace unos años hice una nota que la publica La Reppublica, el diario de mayor tiraje en Roma y claro, Luciano Benetton se enloqueció por eso. Entonces yo llevé a Italia a un matrimonio mapuche, a Atilio Curiñanco y Rosa Nahuelquir a hablar con Benetton. Los senté en la misma mesa en el palacio de Roma donde está el síndico, el alcalde. Y ahí Benetton dice ‘pero yo compré esas tierras bien, legítimamente’. Y nosotros le aclaramos que esas tierras pertenecen al pueblo Mapuche. Ahora Atilio y Rosa viven ahí y Benetton no los molesta, pero el conflicto de Facundo Jones Huala también es con Benetton.  El problema acá es cómo pueden tener esa cantidad de tierra que no la tienen en Europa, no la tienen en ningún lado. Y así los pueblos indígenas son cada vez mas expulsados de sus tierras, por el petróleo, por las mineras. Por eso acá en el Serpaj nosotros tenemos un equipo que trabaja permanentemente la temática, porque no es solo el problema de tierras, hay un proceso de aculturación, de destrucción de las identidades culturales. Y también está la represión porque el caso de Facundo, querían extraditarlo a Chile donde le podían aplicar la Ley Anterrorista.

Ahí se puede identificar un marco de criminalización y represión a los mapuches en Chile y Argentina, con algunas diferencias pero también con muchas cosas similares

Claro, es que en Chile pasa lo mismo, ¿no? En Chile hay mapuches que están condenados por la ley antiterrorista, lo que es una aberración porque ellos lo que están haciendo es defendiendo su territorio. Y los fueron expulsando, expulsando, expulsando y no respetando su identidad y sus valores. Es decir el gobierno chileno está violando el Convenio 169 de la OIT, está violando la misma Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas; así que quien viola realmente las leyes es el gobierno chileno, no los mapuches. Los mapuches lo que están defendiendo es una causa legítima que es su territorio, los lugares sagrados, sus vidas. Y acá en Argentina también es lo mismo, podríamos recorrer el país con todas las comunidades indígenas y todas tienen estos conflictos.

Foto: Simona Mayo

Foto: Simona Mayo

¿Esta situación se agrava con el gobierno de Mauricio Macri?

Macri lo que está buscando es cooptar una parte del movimiento indígena. Pero él es un representante del neoliberalismo, su visión encuadra dentro de esas pautas, de apoyar a las grandes empresas, fomentar una producción donde se privilegia el capital financiero sobre la vida de los pueblos. Hay dos hechos que son importantes de señalar. La primera medida que toma Macri es levantar las retenciones a las grandes empresas mineras que son todas multinacionales. Y lo segundo que hace es levantar las retenciones a los grandes terratenientes, fundamentalmente los productores de soya. Esto significa que va a los bolsillos de estos empresarios millones de dólares pero no queda nada para los sectores más carenciados. El objetivo de estas políticas tiende a privilegiar la ganancia que da la exclusión de sectores sociales que no son útiles. Y ¿qué política tienen  para enfrentar la pobreza, el hambre, las desigualdades? Es la represión.

¿Considera que el triunfo de Macri ha sido clave en el cambio de rumbo que ha tenido América Latina, al que se suma el golpe a Dilma Rousseff?

En el mes de mayo Macri tuvo que presentar su discurso de apertura de las cámaras del Congreso. Y en ningún momento habló de los acuerdos regionales continentales que costó mucho tiempo construirlos, como el Mercosur, la Unasur, Celac y los acuerdos de integración regional. Para él no existe América Latina. Pero si habló del interés del gobierno argentino de llegar a una asociación del Tratado Transpacífico (TPP) y del Tratado de Libre Comercio entre Mercosur y la Unión Europea. Pero de América Latina ni una palabra. Esto pone en evidencia que lo que busca Macri con esto es la recolonización del país, como hay otras cosas que podríamos indicar que tienden a la recolonización continental. Estados Unidos nunca perdió su idea de que América Latina es su patio trasero, de la época de Truman hasta el presente. Pero estas políticas se fueron desarticulando por los gobiernos progresistas que hubo en la región. Entonces ahí aparecen estos golpes blandos como el de Honduras, en Paraguay al presidente Lugo y ahora Brasil. En Brasil a Dilma Rousseff la condenaron antes de juzgarla. Ya es un hecho esto. Fue una política de apropiación del gobierno con un Golpe de Estado, que no se hace a través de las Fuerzas Armadas como era antes, pero sí utilizando la complicidad de instituciones del Estado, como la Justicia, los legisladores y sectores sociales que trabajaron para derrocar gobiernos constitucionales.

Pensando en este cambio de ciclo, ¿cómo impacta este nuevo gobierno en Argentina considerando que usted fue muy crítico de los gobiernos kirchneristas?

Hay dos cosas que aclarar. Durante el gobierno de Cristina Kirchner, como de Néstor, ellos utilizaron, especularon, con los Derechos Humanos y para eso cooptaron algunas organizaciones y excluyeron otras. El gobierno utilizó a las madres, abuelas, familiares, hijos, que sí encontraron en ese gobierno cierto acompañamiento y comprensión, además de recursos económicos. Pero a mí nunca me recibieron en 12 años de gobierno. Y no es casual esto, tiene una lectura muy clara: el gobierno centró su política de DDHH en la época de la dictadura, del ´76 al ´83, ahí la cerró. Pero de la política de Derechos Humanos, como la comprendemos nosotros en su integridad, nada. Por eso nosotros no hablamos de Derechos Humanos individuales o sociales, sino del Derecho de los Pueblos. Por ejemplo la megaminería ha contaminado muchísimo el agua, hay ya lugares como en Andalgalá, en la cordillera catamarqueña, que la gente no puede tomar agua porque está toda contaminada. Los pequeños productores rurales no pueden vender sus productos porque están todos contaminados. Y sobre eso ni una palabra, al contrario, siguieron promoviendo ese tipo de explotación.

El oro de la memoria

A diez cuadras del Serpaj, Adolfo estuvo detenido en un centro de torturas en 1977. De ahí fue sacado, llevado a un aeródromo y encadenado en el asiento trasero de una avioneta. Era un vuelo de la muerte, una de las formas más dramáticas de desaparición que aplicaron los servicios de seguridad del Cono Sur. Adolfo cuenta que desde la ventana del avión podía ver el río de La Plata “una masa de agua oscura con reflejos plateados por la luna”, y creyó ver a un oficial preparándole una inyección. Por su labor de denuncia internacional de las violaciones a los Derechos Humanos, había podido ver microfilms con cadáveres arrastrados hasta la costa uruguaya. Dice que en el momento en que ya estaba comenzando a dialogar con la muerte, el avión pega la vuelta y descienden sobre otra base aérea, donde queda detenido.

“Yo no sé si el Nobel era una garantía para mi vida, al contrario. El día 13 de octubre (de 1980) me anuncian y el día 15 cerca del mediodía intentan asesinarme. Iba mi hijo manejando y pasaron dos personas así, con las armas para masacrarnos. Y le digo a mi hijo, ‘acelera que nos matan’. Y avanza con el coche y atrás se metió un taxi. Entonces no pudieron dispararnos pero nos querían matar. Zafé, zafé gracias al taxista, ni sé quién era, pero me salvó”.

Foto: Guillermo Loiacono / Archivo Nacional de la Memoria

Foto: Guillermo Loiacono / Archivo Nacional de la Memoria

Cuando se entrega el Premio Nobel de la Paz, generalmente el Comité Noruego es bastante simbólico. ¿Qué mensaje cree que querían dar cuando lo eligen a usted?

Es recuperar la libertad. El derecho de los pueblos a vivir con dignidad. Y fundamentalmente el mensaje es un mensaje de esperanza y unidad. Yo no quise asumir el Premio Nobel a título personal sino en nombre de los pueblos de América Latina. De todos aquellos que venimos trabajando y luchando por una nueva sociedad. En este momento nosotros estamos. Y dentro de eso están los pueblos indígenas que llevan aún más años luchando, porque tienen una memoria y una identidad. Y esto nosotros lo hemos perdido, estamos en lo mediático, en esto (muestra el celular) en una sociedad consumista, hemos perdido la relación del ser humano con la madre tierra, con la naturaleza, los pájaros, los bosques. Vos sabés que en los monocultivos que le ponen glifosato no hay pájaros. No hay sapos, no hay mariposas, no hay nada. Porque rompieron la cadena biológica. No son seres vivos. Han destruido todo eso y lo siguen destruyendo. Y estos monocultivos son peligrosísismos porque empobrecen la tierra, destruyen la cadena biológica. Pero hay un monocultivo que es mucho más peligroso que todos esos. Es el monocultivo de las mentes. El monocultivo de las mentes te somete a una sociedad de consumo, a la perdida de las identidades, de los valores. Entonces tenemos que trabajar para que los jóvenes recuperen su identidad. En esto nos comprometemos.

Usted recibió el Nobel a nombre de los pueblos Latinoamericanos, ¿qué significa eso?

Yo soy un hombre latinoamericano. Me siento bien en Chile, en Paraguay, donde vaya son mis hermanos, mis hermanas. Llevo 50 años trabajando en el continente y hemos compartido muchas cosas: angustias, esperanzas, guerras de todo tipo, las masacres que se hicieron en todo el continente. Pero también compartimos la esperanza de los pueblos. Y siguiendo esta línea de compromiso de pensamiento, el Premio Nobel de la Paz y todas las condecoraciones que me dieron en el mundo, van a ir a una casa nuestra que nosotros damos en comodato a la Universidad de Buenos Aires para constituir ahí la Casa de los Premios Nobel Latinoamericanos, acá en Buenos Aires. Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Rigoberta Menchú, es decir todos los premios, eeeh, Gabo García Márquez.

¿Y Vargas Llosa?

Y Vargas Llosa, sí

¿Lo van a invitar?

Claro, lo tenés que invitar

¿Y querrá?

No sé. Todavía no lo hemos contactado.

Se ríe Adolfo, con su cara de viejo rebelde. De viejo cristiano rebelde. Vuelve a tomar el celular y muestra los distintos premios que van a estar en la Casa del Nobel Latinoamericano. “Nosotros no somos eternos”, dice. “Por eso es tan importante conservar esto, que no es el oro, es nuestra memoria”.