Desde 1990 en adelante las memorias de la salvación, aquellas que consideran al golpe y la dictadura como una gesta heroica que salvó al país del yugo marxista y evitó una inminente guerra civil, paulatina y lentamente han venido abandonando el espacio público para situarse en ceremonias privadas. Aún así, se siguen reproduciendo en la intimidad de relatos que pasan de generación en generación entre los adherentes a la dictadura, donde se siguen repitiendo fantasías de la mitología golpista. Solo basta recordar que en 2014 el presidente de la  juventud de la UDI dijo que su abuelo estaba en la lista del Plan Z, se ve que hasta ahora nadie le informó que se trató de una acción de propaganda.

Digo paulatina y lentamente, porque el descrédito de esas versiones no ha sido abrupto ni definitivo, y tampoco ha sido objeto de una contraofensiva por parte del poder oficial. Hasta la detención de Pinochet en Londres hubo bastante reticencia a combatir activamente la versión salvacionista.

Luego del caso Riggs en 2004 el golpismo -y sobre todo el pinochetismo- fue perdiendo cierta presencia pública, y parecía que pocos estaban dispuestos salir públicamente a defender al dictador, salvo los incondicionales de siempre como Hermógenes Pérez de Arce y Cristián Labbé. Este último no trepidó en patrocinar un homenaje a Miguel Krassnoff el año 2011. Al año siguiente, en un evento público el documental “Pinochet” se estrenó en el Teatro Caupolicán, también con tintes de homenaje. A ambos eventos llegaron cientos de detractores para arrinconar a esas versiones de la historia.

Así ha sido hasta ahora. El poder de ir copando el espacio público ha estado de parte de las memorias trágicas, y cuando digo poder no me refiero que se lo haya otorgado alguna autoridad, es una sociedad civil que ha disputado la construcción del pasado haciendo uso de diversos recursos y estrategias. Esto es algo que por lo general las memorias de la salvación y sus representantes desdeñan, porque desprecian el espacio público, la arena política, la seducción por medios estéticos, etc. Era bastante más fácil gritar a los cuatro vientos su versión de la historia amparados por la violencia y la represión.

Sin embargo, este año algo cambió y los salvacionistas se envalentonaron y decidieron hacer una contraofensiva. Esto es así porque aún estamos librando una batalla de la memoria, quizás cuando se promulgue una ley que prohíba la exaltación del golpismo y de los criminales de lesa humanidad, o que sancione el negacionismo de los crímenes, habremos pasado a otra etapa (no tanto porque no vayan a producirse apologías o negaciones, pero algo habrá cambiado).

Cuando digo contraofensiva me refiero al inserto en el diario La Tercera en homenaje a la “gesta libertadora y sus caídos”; al “Plan septiembre”, “banderazo” incluido, organizado por ex militares; a la solicitud de libertad condicional que el criminal de lesa humanidad Miguel Krassnoff presentó ante la justicia chilena (finalmente negada); y porqué no mencionar también el levantamiento el arraigo nacional a Cheyre para que viaje a Colombia como “observador del proceso de paz”, paradójico cuando se encuentra en medio de un proceso por violaciones a los derechos humanos.

Lo importante de esta ocupación del espacio público que se está produciendo por parte de estas memorias de la salvación es el contexto que lo habilita, porque las memorias responden a un presente, y ese presente no se refiere sólo a lo que ocurre en el país. Pensemos que en Argentina recientemente represores que estaban en la cárcel han recibido el beneficio de reclusión domiciliaria y a tratar sus enfermedades en los hospitales de las Fuerzas Armadas. En el mismo país, Macri promulgó un decreto que revierte el control civil sobre las instituciones armadas, y en Brasil el golpe parlamentario desató loas públicas al Golpe de Estado 1964, y reconocimiento público al torturador de la Presidenta Rousseff.

En nuestro país la llamada crisis institucional reactiva también las memorias de la salvación, porque en su retórica las Fuerzas Armadas siempre se han autopresentado como quienes “resuelven” todo tipo de problemas. Si de algo sirve el “Libro Blanco” es para comprender la imagen que los militares tienen de sí mismos. El argumento del libro, obviando las páginas destinadas a la fantasía del Plan Z, es muy simple: ahí donde había problemas como huelgas, paros, conflictos, y la UP misma vista como un problema, se apersonaban los militares y todo se resolvía.

Pero como el contexto ha cambiado, las memorias de la salvación no contaban con la crítica que desde hace varios años se viene fraguando contra el modelo que la dictadura instauró (y la Concertación perpetuó). Porque ha llegado la hora de que se cumplan las promesas de los sistemas y leyes que son los pilares de ese modelo. Y no sólo no se han cumplido, sino que han constituido un deterioro para la calidad de vida de la mayor parte de la población, que el acceso al consumo vía crédito no podrá solapar.

Es el momento de rearticular las memorias uniendo las violaciones a los derechos humanos con aquellos aspectos que parecían más banales o menos dramáticos del pasado dictatorial. Las condiciones están dadas para que las memorias trágicas se comuniquen con las memorias del daño generalizado causado a la población que no participó en el beneficio privado que la dictadura significó para algunos pocos.

El contraataque de las memorias de la salvación tendrá que buscar formas de lidiar con estas nuevas memorias, si quiere demostrar que tiene algo que ofrecer al entendimiento del presente, más allá de un giro a la nostalgia.


Antropóloga, Programa Psicología Social de la Memoria, Universidad de Chile.