Tendría unos 11 o 12 años (1969 o 1970) siempre pasaba por una vieja librería ubicada en Calle San Pablo muy cerca de la norte sur, allí me extasiaba recorriendo con mi miraba juvenil, los anaqueles pegados a la pared que llegaban hasta el cielo, los cientos de libros allí acumulados, ordenados, por tema o autor y, sobre todo, revisando las ofertas dispuestas en unos mesones centrales, allí el desorden era total. Al fondo, la figura de una bella y joven mujer, siempre leyendo, y de negro. Era un local relativamente oscuro, con olor a libro viejo, me fascinaba. Entraba poca gente. Muchas veces solo revisaba/hojeaba todos aquellos libros que despertaban mi curiosidad. Difícilmente podía comprarlos carecía de “monedas” para ello. Pero, cuando mi tía Adriana, a quien visitaba y vivía muy cerca de la librería, me regalaba algunos escudos o pesos, podía comprar algún libro de aquellos que me interesaban y que su precio fuera posible de pagar con los pesos recibidos. Recuerdo, una oportunidad haber comprado una revista de poesía ORFEO, pues allí venía, en español, un poema temprano de John Lennon, un verdadero tesoro, que aun guardo en mi poblada biblioteca actual. En otra ocasión, estando en la enseñanza media, compre un libro de historia de la pintura europea, en francés, cuya particularidad o curiosidad estaba en que la mayoría de las láminas de pinturas estaban en blanco y negro, una locura y una verdadera contradicción; pues, los textos decían relación a los colores, a los trazos, a la técnica de los pintores, sin embargo, y a pesar de ello, para mí fue otro tesoro, ya que me dedique a traducir el libro, con la ayuda de un pequeño diccionario francés-español y las clases de francés del Liceo, me pase todo un año traduciendo el libro, aprendiendo de pintura y francés, desde esa época hasta hoy puedo leer cualquier texto en francés con mucha facilidad y, sobre todo, rapidez.

Como mis visitas a la librería se volvieron habituales con el tiempo me hice conocido Ana María, como se llamaba, la mujer que siempre leía y vestía de negro, era fascinante, ella y, por cierto, la librería. Ella me contó que había otra librería de libros usados en Calle San Diego, y que era atendida por su padre: Luis Rivano.

Una tarde de algún día del año 1973, entre los meses de marzo y septiembre, en esos días de combates callejeros por la ENU (Escuela Nacional Unificada), en vez de ir a la rutinaria marcha, tome otra decisión ir a visitar las librerías de libros usados de Calle San Diego, el paraíso de los amantes de los libros. Al llegar no encontré una librería, sino decenas de ellas, todas “repletas” de libros y revistas.

Allí conocí a Luis Rivano, dueño de varias librerías de libros usados, o sea, hace 43 años. Durante 43 años nunca he dejado de ir comprar o a vender o intercambiar algún libro donde “Rivano”. Mi formación académica y profesional como política e ideológica, no se pueden desligar de mis visitas permanentes a las librerías de San Diego y en especial a las de Rivano.

Durante entre los años 1975 y 1976, nos hicimos conocidos con Luis Rivano. Puesto que el vendía: literatura marxista. En sus librerías adquirí en diversas “ofertas” de libros subversivos que ofrecía el “Paco Rivano”, ofrecía y recelosos clientes compraban: las obras completas de Marx, los diversos libros de la colección Quimantu, allí compré Los Conceptos Elementales del Materialismo Histórico, de Marta Harnecker (años más tarde, ella pondría su firma en ese ejemplar) entre otros tantos. Mientras los “milicos” quemaban libros, destruían o confiscaban esos libros por peligroso, Rivano, los vendía. Y, muchos como yo, los comprábamos, era una forma de preservar los que otros destruían. Siempre pensé que, si hubieran allanado los milicos la casa mis padres en la población Joao Goulart, en la vieja Comuna de San Miguel, otra historia estaríamos contando. Ello no ocurrió y los libros se salvaron.

Ellos fueron piezas centrales de mi primera biblioteca que tuve y forme, entre los años 1973-1986, en donde la literatura marxista, socialista, y, especialmente, los libros Quimantú, tenían un lugar especial, los compre en la librería de Luis Rivano. Esa biblioteca tenía más 2.500 libros, estaba toda la literatura de historia de Chile y América Latina, que tuve que leer cuando estudiaba historia en la PUCV, y Sociología en la FLACSO y en la PUC, respectivamente. Esos libros en un 70% de esos libros fueron comprados a Luis Rivano. Esa librería la tuve que vender en 1986 luego del septiembre de ese año. Por razones de seguridad, mover 2.500 libros, en cajas, era una empresa compleja, para los tiempos que corrían. Curiosamente ninguno de esos libros fue vendido a Rivano. Un extraño pudor.

Con el tiempo, Luis Rivano y su familia, su hija Ana María, se transformaron, yo diría, en amigos. Luego de 1986 hasta ayer, Luis Rivano era y será un viejo y querido amigo. A quien ya no solo visitaba por interés de algún libro viejo, sino solo para conversar y discutir de política y, sobre todo, la vida. Su estilo directo, duro, muy transparente al decir lo que pensaba, la pasión con que defendía sus puntos de vistas, profundamente equivocados, pero que daban cuenta también de un hombre culto, con un saber no académico, sino más bien popular, un pensar híbrido. Un escritor de lo recóndito, de lo marginal, era un profundo observador de lo cotidiano. Él veía cosas que muchos refinados cientistas sociales no ven, pues tienen tapados sus ojos, por complejas teorías. Su escritura y su habla era de un hombre de la praxis cotidiana, algo que no puedo descifrar en este momento de emoción. Su pensamiento político era, también, de un hibridismo barroco, una mezcla rara. Me entretenía mucho con sus planteos. A pesar, que pensábamos radicalmente distinto. Sus argumentos nunca me provocaron molestia. Se los discutía. Tampoco buscaba convencerlos de lo contrario. En fin, admiraba su pasión por los libros.

En efecto, mi admiración, estaba, tal vez, en el hecho que compartíamos la misma pasión: los libros y sus hablas. Lo admiraba, pues con él se podía hablar de los libros y de sus autores. Conocía y sabía. No como hoy cuando no se puede hablar con los “libreros”, pues todo lo resuelven consultando el ordenador y si allí el libro o autor por quien se consulta no está consignado no existe. No tienen, idea. Son ignorantes supinos. Luis Rivano, conocía, yo diría, todo lo que existía en sus librerías y bodegas. Pero sabía la historia de los libros. Poseía una memoria prodigiosa en ese aspecto. Lo admiraba, porque si bien, los libros usados para tenían un “valor de cambio”, también, reconocía el “valor de uso” que ellos encerraban. Valoraba a los autores y su trabajo. Reconocía lo bueno y lo malo. Era una guía. En fin, era un librero sabio.

Desde hoy San Diego y sus librerías ya no serán lo mismo: extrañaremos su presencia, no escucharemos el eco de su voz recorriendo las hojas de los libros que atesoraba, ya no veremos más su figura al momento de entrar a la Feria del Libro Usado. Sin embargo, estoy completamente seguro que el “Paco” Rivano, andará revisando libros de viejos. Buen viaje querido amigo. Para el viaje te recomiendo:  Los libros arden mal, de Manuel Rivas.


Postdoctorado en Estudios Latinoamericanos,UNAM Ph.D. en Ciencia Política FLACSO-México. Investigador asociado FLACSO