Lo único que deseas es salir de ahí, estás atrapado, tu cabeza es un lío. Puedes terminar idiotizado en la plaza como los demás.

Las primeras señales comienzan de pendejo. El Rolo le roba a su padre, que es tira, una bolsa de cocaína, nos muestra el botín. Tenemos catorce años y probamos a ver qué pasa.

Con el tiempo El Rolo comienza a boxear, su espalda se ensancha y sus brazos se hacen fuertes. Sus padres se separan. Su fama de ser un demoledor con los puños se extiende. El Rolo se queda a vivir con su padre (del lado equivocado).

Me invita un día a boxear a su casa, quiere probarme, paso la prueba. El Rolo adquiere estatura, manda y vende en el barrio, yo quedo del lado de los chicos de Instituto Nacional, que tienen fama de buenos hijos y cuidadosos con el lenguaje, pero son competitivos y arrogantes. Coqueteo con el mal. El tema del futuro adolescente se toma la agenda de las familias. Los chicos del Nacional brillan por su buena conducta.

Estalla la noticia de que atrás del barrio hay un violador. Al menos tres chicas han sido victimas. Se encienden las alarmas. Nos organizamos, hacemos rondas por el barrio. Elegimos las más variadas armas, cadenas, fierros, bate de béisbol, manoplas. Yo en ese tiempo me ejercito con el lunchaco. El barrio está despierto de noche, los chicos quieren sangre.

Patrullo con un par de amigos. En una esquina hacemos parar a un flaco. El tipo saca una cadena y la hace zumbar en el aire como si fuera una víbora. Nos intenta volar la cabeza, luego corre. La voz de alarma se extiende. El cerco se estrecha. Lo perseguimos, corre más rápido que nosotros, pero va en la dirección equivocada. Lo interceptamos, un golpe seco y se desploma inconsciente. Todos gritan que el violador ha caído, pero no hay pruebas de que sea el psicópata. El tipo sangra. Lo suben a una camioneta y lo llevan a la posta. Nos olvidamos del asunto. Bebemos hasta la madrugada. Las patrullas se disuelven, todos evitan hablar del tema.

Pasan muchos años, me entero que el Rolo y un par han caído a la cárcel por tráfico. La tragedia cae sobre el barrio, yo ya me he ido a vivir a Ñuñoa, pero aún mantengo un precario contacto.

Uno de mis mejores amigos de infancia, al tratar de evitar un robo, muere por un cobarde fierrazo en la nuca. En el funeral nos volvemos a encontrar todos nuevamente. Es imposible no sentirse culpable. En el  ambiente se mezcla la rabia y la camaradería.

Pasan más años, no puedo olvidar a mi amigo, intento escribirle un poema, pero me sale cualquier cosa. Recuerdo los veranos juntos en San Sebastián, su carisma, su humor irrenunciable. Decido viajar al sur, sé que está en el cementerio de un pueblo cercano a San Fernando. Logro dar con el cementerio tras varias horas, lo busco hasta que encuentro su cripta, le hablo en voz baja, intento reanudar un diálogo que fue interrumpido. El silencio del lugar me parece inquietante. El viento cae por los cerros y despeina los árboles del lugar. Mantengo la vista baja, leo su nombre repetidas veces. Susurro una despedida, le prometo volver.

Camino hacia la salida, pero las puertas están cerradas. Busco alguna alternativa, pero no hay forma, estoy atrapado dentro de un cementerio de un pueblo, donde está la tumba de mi amigo de infancia. Comienza a oscurecer, trepo una muralla, con dificultad, logro salir. El corazón bombea fuerte. De regreso a Santiago pongo el disco de AC/DC que solíamos escuchar juntos. Enciendo un cigarro, bajo la ventanilla. La carretera se ilumina por los focos del auto. Voy a más de 160 kilómetros por hora. Quiero volver a verlo.

 

 

 


Poeta y guionista