Hablamos del Mes de la Patria y comenzamos a celebrarla con la cueca y la empanada, y también con el terremoto y el asado. El sello de septiembre es la celebración y esto implica reunirse. Es una fiesta que tiene sentido cuando se comparte con otros, con los amigos y familiares y nuestros compatriotas. Un mes que tiene el sello de la alegría, pero también del dolor. Y deja un sabor raro, que no terminamos de entender… quizás por eso la ingesta alcohólica es superlativa, para evitar conversar o discutir sobre eso que queda al fondo de los vasos, que molesta y que ningún detergente puede diluir. Esa rémora es nuestro pasado que aprendimos de diferentes maneras, de fuentes diversas y hasta contradictorias, y que nos hacen parte de un relato colectivo llamado nuestra historia patria.

Una relación que primero escuchamos de la boca de nuestros padres a través de clases informales de historia en la mesa familiar o frente al televisor con las exclamaciones o silencios, iras y llantos frente a una pantalla que nos impregnó de la versión emotiva de ciertos hechos que se nos fueron impregnando. Algunas de esas palabras se nos quedaron pegadas: golpe o pronunciamiento, mi general o el dictador y fueron las que repetimos a la hora de hacer nuestra propia interpretación histórica. Palabras que luego se fueron armando en frases que empezamos a repetir como si hubiesen sido nuestras siempre y que nos convirtieron en adultos en la medida que las aceptamos y defendimos o las rechazamos y combatimos.

También la historia la aprendimos en nuestra etapa escolar en clases expositivas sobre guerras y batallas… no sin dificultad, debimos aceptar gracias al trabajo de ciertos historiadores que esa versión sanguinaria era solo una parte de ella, la interpretación que fue inmortalizada en los textos escolares, llena de vacíos y omisiones, que ofenden y ofuscan a los silenciados y que en nuestras cabezas colectivas se abren, haciéndose cada vez más extensos con la ignorancia que se pega como enfermedad en la adultez. Algunos entendemos que aunque no hubiésemos estado vivos también la historia es nuestra, porque es la de todos, no solo de los que pueden contarla. También es nuestra porque aunque niños fuimos sujetos históricos y conscientes de una época que respiramos, que observamos sin entender mucho y cuyas imágenes inmovilizadas quedaron en nuestra memoria que hoy completamos con información más dura. Nuestro pasado también pasa por la visión ética que le damos a nuestra propia existencia, ya que de manera paralela va interpretando y reinterpretándola a la luz de nuestros valores.

Septiembre aparece como un volantín que nos invita a volar. A dejarnos llevar por el viento y planear de manera juguetona con otros cometas. Septiembre es la conciencia de que hay un cielo amplio por donde podemos desplazarnos sin restricciones más que la de no invadir el espacio del otro que, a su vez, también debe cuidar de ser respetuoso con nosotros. Pero también septiembre es la dura realidad que nos permite constatar que hay quienes se encumbraron con hilo curado y que no hacen otra cosa que mandar cortados a otros para quedarse con todo el cielo para ellos.

La historia de Chile es como la de los volantines, donde la versión de los encumbrados es la que permanece, en tanto que la de los cortados, apenas se escucha, y donde todas esas fuentes que configuran el imaginario colectivo parecieran desaparecer a la hora de imponerse una verdad oficial.

La historia será nuestra cuando el cielo se cope de volantines de todas las formas y colores, donde todos puedan reclamar su espacio digno para volar como les corresponde acá en la tierra habitar. Entonces, dejaremos de insultarnos para empezar a conversar; dejaremos de recriminarnos para exponer nuestras posiciones y discutirlas… es posible que entonces también haya quienes se arrepientan y pidan perdón. Es el septiembre que estamos esperando…


Periodista y conductora radial, directora del programa "Vuelan las Plumas".