“Este domingo, como cada 18 de septiembre, la Presidenta de la República se cruzará la banda tricolor, colgará en ella la Piocha de O’Higgins, y, así investida con el símbolo del poder presidencial, subirá al Ford Galaxie 500 XL descapotable regalado por la reina Isabel II al presidente Frei Montalva. En él llegará a la Catedral Metropolitana, para el acto más relevante de celebración del nacimiento de nuestra República laica: una ceremonia religiosa liderada por el arzobispo de Santiago”.

Así comienza el periodista Daniel Matamala su dura crítica a la ceremonia del Te Deum, publicada como columna en Ciper Chile.

Para Matamala, el Te Deum hacía perfecto sentido en 1811, no en 2016. De ahí pasa a desmenuzar cada uno de los argumentos a favor de esta ceremonia, como “hay que mantener las tradiciones” o “la mayoría de los chilenos son católicos”.

Sobre el argumento de que “el arzobispo tiene un liderazgo moral”, Matamala asegura que eso “es más discutible que nunca tras los últimos casos de abusos sexuales, encubrimiento e inacción contra la pedofilia en la jerarquía católica”.

“No corresponde es que sus ideas particulares sobre temas políticos como el aborto, el matrimonio igualitario, el salario mínimo o la corrupción reciban el subsidio de ser presentadas, sin contraste ni debate, en la principal ceremonia de la República”, agregó.

Matamala continúa diciendo que a la República no le hace bien la “peregrinación anual a la Catedral”, para que las autoridades democráticamente electas sean “aleccionadas desde un púlpito, sobre temas de la contingencia política,  por el cuestionado representante de una institución con serios problemas de credibilidad, cuya línea ni siquiera es compartido por la mayoría de los fieles de esa religión”.

Llegó la hora de que el Estado se emancipe del último vestigio de su sujeción a la Iglesia Católica, y que deje de subcontratar en ella esta ceremonia. La República debe organizar su propio festejo del 18 de septiembre. Uno que incluya a todos los chilenos y que sea una ocasión para reconocer nuestra identidad del siglo 21, como un país diverso: lo mejor de lo nuestro”, afirma en la columna.

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