Este miércoles se cumplen 40 años exactos del asesinato de Orlando Letelier, embajador y ministro del gobierno de Salvador Allende, a manos de la DINA y con ayuda de la CIA en Washington. En el atentado, perpetrado el 21 de septiembre de 1976, también murió la activista y asesora, Ronni Moffitt.

A pesar de su asesinato, Letelier dejó huella en Estados Unidos. Al llegar al país del norte, publicó un ensayo el 26 de agosto del mismo año a través del semanario The Nation, hablando sobre las políticas económicas de los Chicago Boys y cómo se implementarían durante la dictadura cívico-militar. Eso, a sólo 25 días de su muerte.

The Nation, hoy en su versión on-line, publicó el mismo ensayo que en 1976 dejara en claro las intenciones de los civiles de la dictadura, como parte de su especial dedicado a Letelier.

Aquí te dejamos algunos párrafos, traducidos por Socialismo Chileno:

“Parecería ser una observación de sentido común decir que las políticas económicas son condicionadas por y al mismo tiempo modifican la situación social y política en la que son puestas en práctica. Las políticas económicas, por lo tanto, se aplican para alterar las estructuras sociales.

En consecuencia si insisto en estas consideraciones, es porque la necesaria conexión entre política económica y su marco sociopolítico parece estar ausente de muchos análisis sobre la actual situación chilena. Para decirlo brevemente la violación de los derechos humanos, el sistema de brutalidad institucionalizada, el control drástico y la supresión de toda forma de disenso significativo se discuten – y a menudo condenan- como un fenómeno sólo indirectamente vinculado, o en verdad completamente desvinculado, de las políticas clásicas de absoluto “libre mercado” que han sido puestas en práctica por la Junta Militar.

Esta desconexión en el análisis ha sido particularmente característica de las instituciones públicas y privadas, que han ensalzado y apoyado públicamente las políticas económicas adoptadas por el gobierno de Pinochet, mientras se lamentan de la “mala imagen internacional” que la Junta se ha ganado a través de su “incomprensible” persistencia en torturar, encarcelar y perseguir a todos sus críticos, una reciente decisión del Banco Mundial entregando un préstamo de 33 millones de dólares a la Junta fue justificado por su Presidente, Robert Mac Namara, como basada en puros criterios “técnicos”, sin establecer ninguna relación con las actuales condiciones políticas y sociales del país. La misma línea de justificación ha sido seguida por los bancos privados norteamericanos que, en las palabras de un vocero de una empresa de consultoría económica, “han ido, uno tras otro, entregando créditos” (Ver Ann Crittenden: “Loaus from Abroad flou to Chile’s rightist Junta”, The New York Times, 20 de Febrero de 1976).

(…)

El programa económico actualmente puesto en práctica en Chile realiza una aspiración histórica de un grupo de economistas chilenos, la mayoría de ellos entrenados en la Universidad de Chicago por Milton Friedman y Arnoldo Harberger. Profundamente involucrados en la preparación del golpe, los “Chicago boys”, nombre con que se les conoce en Chile, convencieron a los generales que ellos estaban en condiciones de complementar la brutalidad, que los militares poseían, con los activos intelectuales de que carecían.

El Comité Especial del Senado Norteamericano sobre Inteligencia ha revelado que los “colaboradores de la CIA” ayudaron a planear las medidas económicas que la Junta chilena puso en ejecución inmediatamente después de usurpar el poder (“A Draconian Cure for Chile’s Economic Ills”, Business Week, 12 de Enero de 1976). Testigos ante el Comité sostienen que algunos de los “Chicago boys” recibieron fondos de la CIA por esfuerzos de investigación tales como un programa económico de 300 páginas que fue entregado a los líderes militares antes del golpe. Es por lo tanto comprensible que después de tomarse el poder ellos estuvieran como lo dijo The Wall Street Journal (2 de Noviembre, 1973), “impacientes por lanzarse” sobre la economía chilena. Su primera aproximación a la situación fue gradual; sólo después de un año de relativa confusión decidieron implementar sin mayor modificación el modelo teórico que habían aprendido en Chicago. La ocasión mereció una visita a Chile de Mr. Friedman mismo, quien, junto a su colega Profesor Harberger, hizo una serie de bien publicitadas apariciones para promover un “tratamiento de shock” para la economía chilena, algo que Friedman enfáticamente describió como “la única medicina. Absolutamente. No hay otra. No hay otra solución de largo plazo” (la cita es de “El Mercurio” de Santiago, 23 de Marzo de 1975).

Estos son los principios básicos del modelo económico ofrecido por Friedman y sus seguidores y adoptado por la Junta chilena: que el único marco posible para el desarrollo económico es uno dentro del cual el sector privado pueda operar libremente; que la empresa privada es la forma más eficiente de organización económica y que, por lo tanto, el sector privado debería ser el factor predominante en la economía. Los precios deberían fluctuar libremente de acuerdo con las leyes de la competencia. La inflación, el peor enemigo del progreso económico, es el resultado directo de la expansión monetaria y puede ser eliminada sólo mediante una drástica reducción del gasto gubernamental.

(…)

Eh tal contexto, la concentración de la riqueza no es una excepción, sino la regla; no es el resultado marginal de una situación difícil -como les gustaría que el mundo creyera- sino la base de un proyecto social; no es un sacrificio económico sino un éxito político temporal. Su real fracaso no es su evidente incapacidad para redistribuir la riqueza o para generar un camino más parejo de desarrollo (no son éstas sus prioridades), sino su incapacidad para convencer a la mayoría de los chilenos que sus políticas son razonables y necesarias.

En resumen, ellos han fracasado en destruir la conciencia del pueblo de Chile. El plan económico ha tenido que ser impuesto, y en el contexto chileno ello podía hacerse sólo mediante el asesinato de miles de personas, el establecimiento de campos de concentración a través de todo el país, el encarcelamiento de más de 100.000 personas en tres años, el cierre de los sindicatos y organizaciones vecinales y la prohibición de todas las actividades políticas y de todas las formas de expresión.

Mientras los “Chicago boys” han proveído una apariencia de respetabilidad técnica a los sueños de “laissez-faire” y a la avidez política de la vieja oligarquía agraria y alta burguesía de monopolistas y especuladores financieros, los militares han aplicado la fuerza bruta requerida para alcanzar esos objetivos. Represión para las mayorías y “libertad económica” para pequeños grupos privilegiados son en Chile dos caras de la misma moneda.