Posiblemente ésta será una de las reseñas más confusas y menos claras de cuantas he escrito, pero trataré de ser sencillo para no caer en densidades inoportunas.
Hay que partir señalando que lo ofrecido por la artista afroamericana Esperanza Spalding la noche del pasado viernes 16 en el Teatro Cariola fue una performance y no un concierto, entendido éste como un desfile de canciones o una presentación cancionística de un álbum reciente. Esperanza puso una puesta en escena muy definida sobre la cual ejecutó su actuación. Vamos viendo entonces.

La puesta en escena es simple: un coro de tres cantantes actores -un afroamericano y dos mujeres, una blanca y otra negra-, todos vestidos impecablemente de traje sastre, mocasines y corbata en tono amarillo ocre. Un guitarrista de apoyo y un baterista encerrado en una jaula de acrílico para captar el sonido requerido. Y delante de ellos, Esperanza caracterizada según una narración que incluía prólogo, evolución y -supongo- conclusión, pues me retiré antes del fin del show. Por desgracia, debido a la altura del techo del teatro, el eco que posee esa sala hacía muy difícil seguir las letras en inglés y entender cabalmente qué tema era lo que Spalding estaba relatándonos en el escenario.

Ahora bien, como performista, Esperanza no es de las mejores: su expresión corporal no posee suficiente entrenamiento y está lejos de la estilizada disciplina corporal de una Kate Bush, por ejemplo. Como cantante posee una voz privilegiada, sus agudos alcanzaban de repente unas alturas que llegaban al falsete casi infinitesimal. Pero aquí había otro problema: como los textos de las piezas musicales -no se trataba de canciones en sentido tradicional- eran lo más importante del show, la música de los mismos estaba estructurada como si fuera un relato vocal semi cantado, por lo tanto, en muchos temas casi no había melodía vocal y sí mucho énfasis en algunos parlamentos que era imposible seguir por los problemas señalados de la acústica del teatro. Esto hizo que el entusiasmo del público, que recibió a Esperanza con una verdadera ovación, fuese decayendo con los minutos y la intensidad de los aplausos también.

Su elenco también merece una mención aparte: el que lleva el peso del montaje es el guitarrista, pero como punto de enlace y de desarrollo de las partes de la perfomance. No hay que ser virtuoso del instrumento para esto, pero el músico en cuestión lo hacía impecablemente, marcando las entradas, sin perder nunca la hilación entre pieza y pieza y sonando como el montaje lo requería, casi no hubo solos durante la parte que presencié y la pedalera del guitarrista era simple y reducida, básicamente usaba el flanger para algunos detalles específicos. El batero fue siempre un marcador de ritmos y compases e hizo su labor en discreta corrección, sin apartarse nunca de su rol de apoyo.

Foto: Kena Luppichini para AgendaMusical.cl

Foto: Kena Luppichini para AgendaMusical.cl

El coro operaba con eficacia y disciplina, pero eso no quiere decir que fuesen carismáticos, pues ninguno de los tres coristas actuantes poseía mucho ángel escénico como tampoco particulares dotes vocales o actoriles. Con todo, hacían lo suyo con eficacia y contención.

Al final, quedaba la sensación de que lo ofrecido por Esperanza era una show conceptual con varias ideas en un tipo de “obra abierta”, en el sentido que Umberto Eco le da a este concepto, pero las piezas musicales se hacían planas y cansadoras. Me resultaba difícil imaginar como sería escuchar este show en disco. De todos modos, esto no es nada nuevo en el pop. Incluso una artista rusa post-soviética, Olga Pugachova, intentó algo parecido en su país a comienzos de los años noventa.

A los 45 minutos del espectáculo abandoné y me retiré de la sala, pues ya estaba algo fatigado. Esperanza Spalding tocó su hermoso bajo tipo Warwick, pero al parecer hecho a pedido, sin lucir lo suficiente sus dotes como instrumentista. Ella figura en el clip que cierra la reciente película que el actor Don Cheedle hizo sobre Miles Davis, que de paso es un filme bastante malo (el viejo Miles se merecía algo mejor) y toca al lado de otros monstruos como el mismísimo Wayne Shorter. Tal vez eso fue lo que esperaba presenciar esa noche en el Cariola: una jazzista o multi-instrumentista en concierto, pero el problema no fue Esperanza ni su elenco, ellos se entregan por completo y tratan de hacer lo mejor que pueden. El problema soy yo: estoy demasiado viejo para trotes como éste.

No obstante, hay que señalar un asunto fundamental: la performance de Esperanza Spalding se aparta radicalmente de todo lo exhibido por espectáculos internacionales en Santiago. Eso marca una diferencia y una alternativa frente a un público romo e inculto musicalmente como sigue siendo el capitalino. Actuaciones como ésta cultivan y señalan un camino que es valioso en sí mismo por la diversidad a la que apela. Y en este sentido el esfuerzo y la profesionalidad de la Productora Transistor merece todo el reconocimiento y apoyo.

Que yo ya esté algo off side de esta música ultracontemporánea es problema mío y no de los artistas. But don’t think twice, it’s alright.