El trascendido acerca de la propuesta curricular del MINEDUC que excluye un manojo de asignaturas del plan común de los terceros y cuartos medios –entre ellas Historia y Filosofía–, provocó un unánime rechazo. Salvo las excepciones de algunos ingenieros despistados y de alguna figura circense del conservadurismo teórico, todos los sectores del ámbito académico así como del periodismo y la opinión pública, consideraron que se trataba de una medida tan arbitraria como insensata. En especial, las críticas provenientes de los mismos cultores de la disciplina fueron las más mordaces en cuestionar el desvarío de una reforma en que el fomento del pensamiento crítico implicaba, curiosamente, la desaparición de una asignatura en que el pensar es precisamente el centro.

No obstante, el recibimiento de tanta simpatía corre el riesgo de levantar polvo sobre algunos puntos que parecen ser fundamentales. No deja de llamar la atención, por ejemplo, la avalancha de paladines engalanados como voceros. Tal como si se tratase de una piñata, voces provenientes de los más sofisticados paisajes académicos –algunos con  un grado de desconocimiento e inexperiencia casi total de la cotidianeidad filosófica escolar– no quisieron perder la oportunidad de aparecer en un debate público donde la filosofía suele carecer de protagonismo y relevancia. Esta tormenta atrajo las luces y había que aprovecharlo.   

En ese sentido –y como profesor de Filosofía en ejercicio en la educación media hace 17 años–, me parece que algunos matices son relevantes. En primer lugar, creo que la defensa de la Filosofía no debe hacerse en nombre de su lugar consagrado en la tradición occidental. Esto es hacerle un flaco favor. Con todo el valor que posee, por ejemplo, la filosofía de la Grecia antigua, la apelación a este linaje elegante corre el riesgo hacer de la Filosofía una cuestión ornamental, o lo que es peor, el simulacro pálido de un pensamiento cultivado. No, la filosofía no puede consistir en que todo alumno deba “al menos” conocer el nombre Platón, así como sería lindo que todos escuchasen alguna vez La Traviata o gozaran con la lectura de Hamlet. Ya Nietzsche advirtió sobre ese hábito de anticuario que finalmente momifica el saber. Tampoco creo oportuno sumarse sin reserva a quienes, desde refugios institucionales sin roce alguno con los estudiantes, apelaron al valor de la filosofía como contribución a las “capacidades cognitivas superiores”, masticando una jerga curiosamente aceptada que, mezclando neuropsicología con cumplimiento de metas de producción, es sospechosa precisamente de dar a la educación una tonalidad empresarial en la que la filosofía no tiene cabida. En fin, si la Filosofía se defiende con esas banderas, será una mera cuestión de tiempo el que la amenaza de su expulsión se recomponga.

Una vez que la tormenta se ha disipado,  creo que es evidente que la cuestión no trata únicamente de la presencia o ausencia de la Filosofía en la educación escolar, sino además de discutir sobre aquello que pretende usurpar su lugar y de quiénes son los involucrados en una discusión sobre las metas que orientan la educación que hoy se implementa. Pocas fueron, por ejemplo, las opiniones de los estudiantes de enseñanza media. Tal vez hubiese sido interesante que los filósofos de profesión hubiesen fomentado ese diálogo, al fin y al cabo, son un segmento protagonista del asunto.

Si bien las cámaras, las columnas y las luces  ya no se dirigen a la filosofía, el litigio está lejos de agotarse. Esta coyuntura debe poner en alerta a los profesores de Filosofía de su lugar como educadores y de su participación en instancias que se definen como educativas. En efecto, creo que es una buena oportunidad para un mea culpa sobre el modo en que la disciplina –sobre todo a nivel académico– se ha vinculado a ese contexto educativo en el que se cobija. La casi inexistencia de proyectos de investigación sobre Filosofía de la Educación bien puede ser un signo de esta indiferencia. Así también la ausencia de una rama de Filosofía de la Educación al interior de las áreas que evalúa el Grupo de Estudio de FONDECYT es un indicador preocupante. En el mismo sentido,  también llama la atención que, dentro del Grupo de Estudio de Educación de FONDECYT, la participación de especialistas en Filosofía sea marginal. En este caso, el menosprecio y exilio de la educación como un problema de “dignidad filosófica” no ha sido por decreto sino más bien un daño autoinflingido. Así las cosas, no debiese sorprendernos que no se considere a los profesores de Filosofía como interlocutores válidos para pensar los fines de la educación y su puesta a punto en una reforma curricular.

Es precisamente este punto el que, creo, debe movilizar nuestras energías ahora que la tormenta ha cesado. Recuperar al profesor de Filosofía como un actor en la reflexión sobre  los propósitos,  inercias y límites de la educación es una tarea urgente.  Se trata de un actor que, dada la singular experticia de su disciplina –o mejor aún, dada su indisciplinada inexperticia–, no puede ser desplazado ni por psicólogos, ni por ingenieros ni por economistas. Se habló mucho de la Filosofía en, pero tras su evocación se esconde un divorcio que ya es hora de traslucir: el de la filosofía y la escuela. Un divorcio que solo será zanjado cuando otras voces tomen parte en la tarea de imaginar la educación.


Profesor de Filosofía en el Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Chile y en Colegio Alonso de Quintero