El uso de los niños en la política, por ejemplo en la imagen del feto, es parte de las imágenes del futuro que las políticas conservadoras utilizan para oponerse a las políticas feministas y homosexuales. Los niños, esas “vidas inocentes”, son utilizados como escudos discursivos para evitar muchas transformaciones políticas.

En este último tiempo, los ciudadanos gays se han sentido atraídos por una política pro-familia. Es el “fascismo con rostro de bebé, que alienta a los padres, ya sean gays o heteros, a unirse en un coro” a favor de una vida hetero, dice el escritor Lee Edelman. La muerte era el estigma asociado históricamente al sujeto homosexual. Pero en la actualidad el homosexual en tiempos liberales significa vida en tanto se rige bajo un marco filiativo de la política y así deja de significar muerte (SIDA, sodomía, enfermedades).

Sin embargo, en el libro publicado en abril de 2016, titulado “#Soyputo” (Editorial Cuarto Propio) se insiste en escribir una sexualidad pagana e ilegal. El ciber prostituto y escritor nacido en Penco, Josecarlo Henríquez, hace un ejercicio de toma de palabra. Es un excluido tomándose la escritura, desbordándola con escenas de un deseo homosexual que la política liberal busca olvidar: “Internet me ha dado toda la comodidad para prostituirme desde que empecé por cámaras web a exhibirme y a recibir depósitos de dinero a distancia” (74), escribe Josecarlo Henríquez exponiendo el mercado del sexo precarizado.

En su primer libro narra escenas de riesgo que la política homosexual oficialista no desea reconocer. Explica la ficción con la que inventa a Camilo, su alter-ego, un niño puto que espera satisfacer a sus clientes, una imagen fetichizada que los hombres burgueses buscan penetrar. Josecarlo instala la profundidad subjetiva de la inocencia infantil en el mercado, contamina la figura inocente del niño y hace evidente una “pedofilia moderada” que se consume en el mercado del sexo. “Hay hombres que pagan porque yo parezco menor o con cierta ropa me veo menor, sí, pero la pedofilia es la pedofilia, lo que hay conmigo es una fantasía. Son cosas distintas”, explica Josecarlo Henríquez en una entrevista en el Suplemento Soy del periódico Página 12.

Los niños son el origen para la política, son la promesa de pureza racial, (piensen que siempre refieren a un feto (niño) y no a una feta). El niño-puto de Josecarlo es atractivo por su inocencia como todo niño, pero es un niño que huele a descomposición: es el niño que traga semen, el que se deja someter, el que desea al padre, el que es deseado por viejos, el que escupe la bandera, el fetiche sexual de los hombres de barrios acomodados. “Tengo que llamarme Ignacio y tener 17 años. Tenía que afeitarme muy bien y estar completamente depilado. Bien peinado y sin pitillo, por favor, me decía por teléfono, porque en este barrio la gente habla mucho” (91). La descomposición social es la pesadilla que se imagina una sociedad autoritaria y conservadora si se permite la legalización del aborto y el matrimonio gay. La decandencia del contrato heterosexual es lo que muchos temen si el trabajo sexual se legaliza.

En el libro Josecarlo hace memoria y da una sexualidad a aquellos que no tienen sexo: los niños. Recuerdo a una académica psicóloga de la Universidad de Chile que me señaló, intentando corregirme desde su cientificismo, que los niños no tienen sexualidad, sino hasta su adolescencia. Pero, aunque los adultos se resistan, los niños tienen sexo, se tropiezan con éste desde la infancia y son los adultos quienes tienen más problemas con aquello. Es el temor heterosexual a que el niño sea sexuado. Este niño-puto tiene un espacio en el mercado económico de la explotación sexual. El niño-puto es el inverso del niño-feto que se instala como futuro de los discursos nacionalistas de la derecha, un niño que es también deseado y un niño que terriblemente desea. ¿qué desean los niños en las casas de los barrios pobres de la capital?

Atentando contra la figura del padre el niño-puto de Josecarlo Henríquez recuerda sus biografías:

“Yo temblaba cuando le pasaba mis manos por sus muslos. Lo que más me gustaba era acariciarle las pantorrillas. Siempre antes de quedarse dormido a mi lado, me agradecía llorando por acompañarlo. Mi mamá no le tenía paciencia de borracho. Entonces, él me decía entre sus agradecimientos llorones que yo era su hijo preferido y me daba besos –“trompadas”, le decía- en la boca. Su sabor a alcohol era insoportable, pero eran los únicos momentos que yo podía besarlo en la boca y probar su saliva” (81).

“#Soyputo” permite hacer pasar por ficción, experiencias que hablan del abuso, la desigualdad social y las contradicciones de los padres de familia que desean ver chicos prostitutos en orgías, la ficción hace posible y vuelve escritura prácticas de un deseo perverso de un parlamentario o un ex futbolista con un niño-puto. La escritura promiscua de Josecarlo se cruza con sus posts de Facebook e Instagram.

Pero, cabe preguntarse, ¿a quién importan las memorias de un puto?, ¿acaso las putas tienen derecho a tener memoria? La transficción es una escritura promiscua, una escritura que confunde los géneros de lo testimonial/documental con lo irreal de la ficción, una escritura corporalizada que entiende los espacios departamentalizados del arte como espacios de confusión. Ficcionar la vida, intervenir la linealidad del relato biográfico con una poética, aparentar ser ficción para no asustar lo real neutralizado del sexo. Pero la transficción posee ese carácter emancipador de hacer actuar la propia vida, performar los deseos, y es en el acto de reescenificar la propia experiencia donde la ficción hace aprender de otro modo. Como señala la bióloga feminista Donna Haraway la ficción puede provocar oposiciones e identificaciones, divergencias y convergencias en el mapa de la conciencia. No existe un solo modo de habitar la prostitución socialmente, por este quiebre apuesta Josecarlo a través de una escritura que confunde vida, escenas, ficción, virtualidad, testimonio, placer y literatura. Escribimos porque si no nadie escribirá de estas heridas que genera un sistema que produce obstáculos y crueldad contra las mariconas nacidas pobres, una sociedad que estigmatiza y deja en el olvido ese margen sexual. La transficción como un ejercicio creativo y escritural contra-hegemónico, donde son activistas quienes se apropian de la escritura y de la palabra para enunciar sus deseos, para ocupar los medios del arte, para proponer desde estéticas subversivas la rabia de cuerpas históricamente reprimidas.


Comunicador e integrante del Colectivo de disidencia sexual (CUDS)