Los orígenes de Milene Molina son difíciles de rastrear, al igual que el de todos los chilenos y chilenas afrodescendientes que habitan la limítrofe ciudad. El Instituto Nacional de Estadísticas los contabilizó en 8.415, es decir un 4,7% del total de la población, pero sin embargo -y al contrario de lo que ocurre en gran parte de los países latinoamericanos- el Estado se niega a reconocer su existencia, sin incluirlos en el Censo 2012 pese a las peticiones de distintas organizaciones, lo que imposibilita la implementación de políticas públicas que se dirijan a ellos.

“Nuestros orígenes se conversan en voz baja, así hemos tratado de reconstruir nuestra historia. Casi todos tenemos apellidos que si se rastrean corresponden a hacendados españoles poderosos en la zona, que son los que compraban esclavos y les ponían su apellido”, cuenta, evocando la memoria de una amiga suya llamada Rosa Guisa, que falleció hace cuatro años y que había visto en la espalda de su abuela las huellas de la Carimba, el fierro caliente con el que marcaban sus cuerpos.

“Los concejales dicen que tienen pocas atribuciones para justificar que no hacen mucho”

El reconocimiento de la comunidad afrodescendiente fue su primera lucha, pero luego comenzó a encontrarse con los temas medioambientales y especialmente con los temas de género, que la han llevado a participar en Luanda, colectivo de mujeres afro, donde tiene compañeras que se consideran afro mapuche, peruanas, colombianas y nacidas acá, y también en la Red Chilena Contra la Violencia Hacia las Mujeres, coordinadora feminista que funciona a nivel nacional.

“Esta candidatura nació en la calle, en marchas y actividades”, cuenta. Para llevarla a cabo, se unió a Alternativa Democrática, que en la zona de Arica grupa al Partido Liberal, Partido Humanista , Movimiento Autonomista y grupos políticos como el Movimiento Afrodescendiente de la zona y la Unión Nacional Estudiantil, entre otros.

¿Qué aportes crees que pueden hacer con un equipo como el de Nueva Democracia, que no se vincula a partidos tradicionales?

-Al menos yo me cansé de creer en esos grupos. Ya no funcionaron y demostraron estar evidentemente viciados en su funcionamiento. Por eso yo decidí apostar por este cargo, tenemos que dejar de tenerle miedo o rechazo a estos espacios más cercanos al poder. A mí antes me daba asco pensar en trabajar desde ahí, pero me di cuenta de que hay que ocupar estos espacios, hay decisiones que ellos no van a tomar, cosas importantes que quizás ni se les van a ocurrir. Y en el caso de concejales y concejalas, hay que hacer una fiscalización fuerte.

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¿Cuáles son los principales problemas que ves en Arica ahora que estás en campaña?

-Son varios. Por ejemplo, hay maltrato y mala gestión desde los sectores públicos frente a los pequeños comerciantes Acá la gente trabaja o en la agricultura o vendiendo distintos productos en las calles o en ferias libres.Viven de eso, especialmente las mujeres. Y se les niegan los permisos, por ejemplo para el 18 me encontré con una señora que vende papas fritas, y me contó que no la autorizaron por el desecho del aceite. En vez de prohibirle eso a un montón de gente, podrían contratar el servicio de una de esas empresas que recogen el aceite y lo reutilizan. No piensan ni un segundo en que de esa forma la persona vive. Es lo mismo que te decía antes, en esos espacios de decisión se ignora la forma en que vive la gente, para eso tenemos que llegar nosotros.

-Tu programa de campaña se ha construido de forma comunitaria ¿Cómo van a aterrizar las demandas de la gente si llegan al municipio?

-Muchos concejales por comodidad dicen que tienen muy pocas atribuciones, para justificar que no hacen mucho. Nosotros discutimos esa idea, creemos que se pueden hacer muchas cosas, pero tienen que ser en conjunto con la gente. Participar con todos como fiscalizadores, que es lo que le corresponde a este cargo. La idea es que esa fiscalización sea con diversidad de miradas e ideas para el municipio. Como mujer feminista y afrodescendiente veo que la gente se enfrenta con miedo y rechazo a lo desconocido. Nos hace falta sentarnos a conversar, dejar de mirarnos con temor.

Tu trabajas en organizaciones feministas locales y nacionales. ¿Cuáles ves que son los principales problemas para las mujeres en tu zona?

El nivel de educación de las mujeres es muy bajo. Con el colectivo Luanda nos pusimos como primera meta educarnos. Pero es complicado, a mí me cargan estos cursitos de liderazgo o de formación en cualquier cosa que duran un día o cinco horas, que no sirven de mucho y más encima no facilitan condiciones. Son horas de charla que no tienen nada que ver con su realidad, las mujeres tienen que gastar locomoción y ver con quién dejan a sus hijos o pedir permiso en el trabajo. Si hasta la Ana Tijoux dijo el otro día que estaba cansada que le preguntaran con quién deja a sus hijos, porque así de natural es asumir que las mujeres somos las que tenemos que cuidar a los niños. Por eso es importante que los organismos públicos se encarguen de fomentar las condiciones para que las mujeres se eduquen, se organicen o aprendan oficios Porque estamos hablando de mujeres pobres, que siempre van a tener que darle prioridad a generar lucas, van a estar escuchando una charla y pensando en que podrían estar haciendo sopaipillas para vender. Solo  juntándose y educándose las mujeres pueden entender temas como la violencia, porque sin eso, sin esas redes de apoyo y esas conversaciones, ni siquiera van a poder ver que están siendo maltratadas, lo van a ver como algo normal.

Mujeres, negras y pobres

Cuando habla de la urgencia de crear instancias de conversación donde se derriben prejuicios, recuerda una anécdota que la marcó: en medio de protestas contra la instalación de una minera, una mujer escribió al diario local esgrimiendo que otra de las razones para oponerse a ella era que si la construían, los hombres tendrían que trasladarse a trabajar a la ciudad de Antofagasta, lugar lleno de colombianas que estaban ahí para “quitarles los maridos” . “Aquí hay que lidiar con el racismo, el machismo y el patriotismo, que es muy fuerte en Arica, se exacerba al ser una zona fronteriza“, señala.

Además de la criminalización que se hace desde la prensa, o los prejuicios que cultiva la gente, relata un episodio de discriminación institucional: hace cuatro años, en un encuentro de mujeres afrodescendientes, invitaron a la Seremi de salud a hablarles de VIH y prevención. Ese día, en el volante entregado por la institución, se veía a un grupo de siluetas blancas de fondo y adelante una silueta negra, con formas de mujer y un vistoso afro. “El mensaje era que esa silueta contagiaba la enfermedad”, cuenta Milene, asegurando que presionaron tanto que terminaron por sacarlo de circulación.

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El tema de ser una ciudad fronteriza ¿qué problemas muestra?

-Hay mucha diversidad. Eso tiene muchos aspectos buenos, pero el patriotismo y la xenofobia crecen, especialmente como una reacción contra la inmigración. En un diplomado de Problemáticas Fronterizas y Políticas Sociales que estoy cursando una chica de la PDI que es mi compañera me contaba que a ellos les enseñan que cuando llega una negra o un negro es un invasor o un enemigo que quiere entrar al país. Cuando se abolió la esclavitud, los esclavos quedaron con lo puesto, tuvieron que luchar por conseguir trabajos, algo para comer y un lugar donde dormir. Con esfuerzo muchos de los que vivimos acá nos hemos ido fortaleciendo, pero cada vez que llega un inmigrante, esa historia empieza de nuevo. Y si eres mujer se te vincula con el comercio sexual, se te estigmatiza por ser mujer, afro y pobre.

¿Cómo piensas que se podrían abordar esos temas desde el municipio?

-Algo que puede ser pequeño, pero que me gustaría mucho es que en la misma oficina de la mujer hubiera inclusión multicultural, una profesional indígena, una negra. Siempre que llego pienso en lo que debe sentir una migrante al llegar y ver solo a mujeres blancas y jóvenes. Quizás en un espacio más diverso, podría sentirse más entendida y más cercana

¿Cuáles son tus principales críticas la gestión municipal que se ha hecho allá?

-Que están sentados todos en una oficina. Hay oficina de los jóvenes, de inclusión, de un montón de cosas. Pero no salen nunca a la calle a ver cómo están. Es igual que el país, que se dirige desde oficinas donde no ven nada. En el caso de los concejales la gente va a las oficinas a dejar sus reclamos. La mayoría de las veces ni siquiera los encuentra allá, no están ni en la calle ni en la oficina, entonces se los dejan a las secretarias. Luego ellos van, los presentan en la sesión del concejo municipal y nunca más fiscalizan si se hizo algo al respecto. Es igual que el país, que se dirige entero desde oficinas donde no ven nada, son burbujas.

Para Milene, el plan de integrar el concejo municipal es acercar a esa instancia el trabajo que ha hecho durante años con organizaciones afrodescendientes, de mujeres, ambientalistas, entre otras. Ha recorrido un largo camino trabajando con causas sociales, buscando darle espacios a los grupos invisibilizados para que se respeten sus derechos. Por eso se imagina trabajos que sigan siempre la línea de lo comunitario, como una radio itinerante, que transmita una vez a la semana en distintas poblaciones ariqueñas. En esa instancia, se acercaría a vecinos y vecinas, anotando sus reclamos y recibiendo sus ideas. “Esa es otra idea que me carga, que crean que la gente solo se quiere quejar. Las personas que están dando vueltas todos los días en la ciudad tienen súper buenas ideas porque viven ahí, ven lo que pasa y entienden sus necesidades y las de la gente que convive con ellos.Pero como no son del partido de la gente con poder, o amigos de sus amigos, menosprecian esas ideas. Es de las cosas que más me gustaría cambiar”, remata.