1.- A esta altura, Siria es el lugar de un banquete. Todas las fuerzas distribuidas en el conflicto, intentan obtener una tajada del botín. Como si asistiéramos a una de las escenas de piratería más grandes del siglo XXI que reconfigura catastróficamente el lugar de los Estados árabes y de la escena mundial.

En este banquete, el objetivo de EEUU y la OTAN no pasa simplemente por un nivel regional de adecuar a los países árabes en favor de sus intereses geoeconómicos, sino también, por sustraer a China y Rusia del circuito del capital: los últimos 25 años, el objetivo norteamericano no ha hecho más que impedir que Rusia y China accedan a las fuentes de petróleo: “(…) quienquiera que controle Oriente Próximo controlará el grifo global del petróleo y con él, la economía global, al menos, en el futuro próximo”- escribe David Harvey. En efecto, lo que está en juego en la apropiación del “grifo global del petróleo” no es el simple abastecimiento de crudo a las economías de las grandes potencias, sino el control general de la economía global. El problema no se reduce al saqueo de las materias primas sino al control del recurso para incidir decisivamente en la economía global. No es la economía, sino la política lo que aquí está radicalmente en juego.

Habitualmente los análisis en torno a Próximo Oriente redundan en dos perspectivas antagónicas: el culturalismo que enfatiza los aspectos culturales y/o religiosos como factor decisivo del análisis de las sociedades árabes, o el economicismo que enfatiza los aspectos puramente económicos como el motor de dichas sociedades. Harvey va más allá de esta dicotomía: no se trata ni de un culturalismo abstracto ni de un economicismo igualmente abstracto, ambos desprovistos de la historicidad que les astilla. Más allá de dicho dualismo (que responde a la otrora episteme: cultura-naturaleza) la tesis de Harvey sitúa en primera escena la dimensión política que se tramita en la economía o, tal como concibió Marx (no necesariamente cierta tradición marxista), la lucha de clases es concebida como una lucha política, la economía está politizada ya o, lo que es igual, la economía capitalista es el modo contemporáneo de ejercicio político. Harvey parece romper el dualismo culturalismo v/s economicismo abriendo la posibilidad para pensar al “nuevo imperialismo” como la nueva escena de la piratería en la que tiene lugar la lucha por la apropiación de los grandes espacios económicos a nivel global. Una lucha cuyo objetivo redunda en la “hegemonía financiera” cuya intensidad y desolación se condensa en el conflicto que alcanza a las fronteras sirias. Será en estas zonas –dado el petróleo existente- donde tal lucha se exprese entre el intento del BRICS por abrir nuevos flujos del capital y el del eje EEUU-UE por perpetuar y establecer nuevos dominios del mismo.

 

2.- Durante los últimos días, la correlación de fuerzas parece ser la siguiente: EEUU tiene como único objetivo la neutralización de la influencia global ruso-china que pasa por Medio Oriente en función de privarles del acceso al petróleo y las vías de flujo del capital favoreciendo así su posición en el “control de la economía global”. Israel que había estado en silencio contemplando como sus “socios” hacían el trabajo sucio (ISIS, Turquía, EEUU, Francia) ha ingresado a la escena bombardeando las alturas del Golán (zona en disputa desde la guerra de 1967) aprovechando la debilidad Siria, uno de sus enemigos históricos, asestándole un nuevo foco de preocupación en función del sueño de expansión sionista del Eretz Yisrael (El Gran Israel) y mantener su posición de ser el guardián del imperialismo en la región. Turquía, que aún mantiene sus tropas en Iraq y partes de Siria, se dispone a la posibilidad de acabar de una vez por todas con la pretensión nacional kurda situándose como el puntal de la OTAN en la región. Arabia Saudita, dañada por el acuerdo “nuclear” propiciado por Washington y Teherán (desbloqueo económico iraní a cambio de estricto control nuclear por parte de la “comunidad internacional” y, sobre todo, el control político-administrativo de Iraq), no intenta más que contrarrestar a Irán en dos frentes precisos: fomentando el debilitamiento sirio vía ISIS, e interviniendo directamente sobre Yemen para conservar al gobierno sunní pro saudita impugnado por la mayoría shií que habita en el país desde las revueltas árabes del año 2011. Rusia intenta recuperar su lugar histórico en la política internacional después de su deabcle durante los años 90 y, en particular, conservar su espacio regional árabe articulado en su alianza histórica (proveniente desde la “guerra fría”) con Siria e Iran. En particular, su alianza con Siria tiene un triple motivo: contrarrestar la influencia norteamericana cerca de sus fronteras, mantener la salida militar al mediterráneo vía el puerto sirio de Tartús, impedir que los islamistas sunníes (aliados saudíes) tomen el poder sirio (cuestión que podría provocar un efecto domiinó en Chechenia) y perpetuar el intercambio comercial de alrededor 20 millones de dólares anuales con Damasco. Después de años de aislamiento internacional (con bloqueo mediante), Irán intenta incorporarse a la economía y a la política mundial gracias al acuerdo “nuclear” alcanzado con EEUU (desbloqueo a cambio de inspección internacional de su industria nuclear y de la supervisión y administración del devastado Iraq), cuestión que desafía, por tanto, a Arabia Saudita tanto a nivel económico como político: económicamente por la competencia que pueda significar en los miles de barriles de petróleo y políticamente por la “guerra fría” que los dos países mantienen desde 1979 por los grados de influencia.

Al respecto, es menester detenerse en la diferencia que los separan: Irán asume la forma de una República (fue lo que inauguró la Revolución de 1979) que incorpora división de poderes, pero en la que una casta clerical conservadora toma a su cargo la “razón de Estado”, Arabia Saudita de la Monarquía (intacta desde su reconocimiento como Estado en 1932 gracias al soporte petrolero de ARAMCO) dominada por una verdadera gerontocracia de la familia saúd; Irán hace de una versión conservadora del shiísmo su ideología estatal, Arabia Saudita hace del wahabbismo (ideología conservadora sunní), la suya; ambos son países petroleros, pero de alianzas inversas: Irán está aliado históricamente con los rusos, Arabia Saudita con los EEUU. Su “guerra fría” se funda en dicha histórica rivalidad geopolítica y no en la diferencia “religiosa” como comúnmente plantean algunos analistas: el islam funciona en ambas como “ideología” antes que como “religión”, como un discurso de Estado antes que como un discurso de la comunidad. Parafraseando a Carl Schmitt, diremos que en la política de Oriente Próximo todos los conceptos teológicos funcionan como conceptos eminentemente políticos y no religiosos. Curiosa fórmula, pero no menos cierta, si consideramos la proliferación de las militancias islamistas cuyo modelo se encuentra en las clásicas formas de militancia moderna.

3.- Por su parte, el régimen sirio intenta sobrevivir, siendo víctima, en parte, de la misma guerra que él mismo propició en 2011 una vez que Al Assad militarizó las revueltas democráticas que abogaban por la justicia social y la expansión de los derechos civiles, acusándolas de ser “agentes del imperialismo”. Un régimen que ya había masacrado a gran parte de su población antes que aparecieran los islamistas, en la medida que “solucionó” el tema de las revueltas planteándolas al interior de un escenario bélico: se está con el régimen o con el imperialismo. Táctica que, a mediano plazo, sirvió a sus intereses, pues aplastó a las revueltas, facilitó la llegada de Al Qaeda, ISIS y Al Nusra (como una profecía auto-cumplida) y granjeó el apoyo irrestricto del Kremlin para sostener los embates de los, ahora si “agentes del imperialismo”, dado que este último vio en dicho vacío la posibilidad de que los EEUU ganara posiciones, con el peligro para el régimen de caer y de Rusia de perder su influencia en la región[1].

Cuando hace dos semanas se concertó el acuerdo norteamericano-ruso de suspender las hostilidades en la zona, el riesgo para los EEUU e Israel era que el régimen sirio apareciera como triunfante después de cinco años de conflicto (desde el punto de vista de una cierta izquierda árabe, un cese de hostilidades podría ser leído como el triunfo de Al Assad, cuya resistencia habría obligado a las potencias a negociar). Frente a eso, se rompió el acuerdo, los rusos acusaron a los norteamericanos de fomentar al terrorismo y los norteamericanos de haber cometido un “error” en elección de sus blancos, una vez lanzado sus misiles en la zona de Deir Ezzor.

En este contexto, los grupos islamistas (que no poseen ni aviación ni fuerzas navales) no dejaron de proliferar: Fath Al Shams (que sustituye al Frente Al Nusra) se introduce en la lucha por el control de zonas entre Iraq y Siria, junto a Al Qaeda e ISIS (Daesh) que parecen estar en retirada y los pequeños petrodólares (producto de la conquista de pozos petroleros y de bancos iraquíes abandonados, así como de un prolífico comercio de antigüedades y esclavas sexuales) que circulan por la región no dejan de crecer, haciendo de estos islamistas nuevos y eficaces peones en la lucha por la apropiación del capital.

En este conflicto parece no haber alternativa. No hay un “afuera” que pudiera contemplar de manera ascéptica los hechos. Todos están de alguna u otra forma involucrados. En el “nuevo imperialismo” en el que predominan la geoeconomía desplegada en la forma desterritorializante de la guerra civil global las categorías de “interior” y “exterior” que aún definían al nómos estatal-nacional han implosionado. Con ello, se producen una miríada de conflictos étnico-religiosos expandidos en diversas zonas de Próximo Oriente así como también, alrededor del globo. No habrá ya “historia” sino su “fin”, no habrá proyecto nacional-popular (que en el mundo árabe moderno articuló el partido baaz), sino consumación exclusiva de la anarquía del capital: más allá de si son protestantes, católicos-ortodoxos, judíos o musulmanes, todos parecen ser devotos de un mismo Dios: el dinero. Es lo que une secretamente a ISIS con los especuladores de Wall Street, lo que une a la monarquía saudí con la élite norteamericana, lo que vincula a los supuestos demócratas con los supuestos terroristas, lo que une al AIPAC (lobby sionista de los EEUU) con la élite política norteamericana.

En este extraño escenario, Siria se ha convertido en el banquete de las potencias mundiales (EEUU-OTAN e Rusia-China), regionales (Irán-Arabia Saudita-Israel-Turquía) y locales (ISIS, Fath Al Shams, Al Qaeda). Siria es víctima de la piratería del capitalismo global y no del “islam” o de la “cultura árabe” en particular. Pero cuando decimos “Siria” no decimos necesariamente su régimen, sino su pueblo. Un pueblo que ha estallado en mil pedazos, primero bajo las garras del régimen, luego bajo las metrallas de los islamistas y los bombardeos de la OTAN y, finalmente, puesto a merced de las organizaciones humanitarias. Fracturado, llevado al vértigo de su propia destrucción, parte de él ha apoyado al régimen, otra parte no, algunos se unieron a milicias islamistas, otros a grupos armados de liberación, otros al ejército sirio y muchos, quizá demasiados, huyeron despavoridos por la crudeza del conflicto. Mas de cuatro millones de refugiados: algunos habitando en Egipto, otros en Turquía, otros extendidos entre diferentes checkpoints de los países europeos, y una incontable cantidad muertos por bombardeos –u otras causas- que jamás revelará su procedencia.

La implosión de la pólis Siria se debió, en parte, a la obstinación inicial del régimen por instalar una lógica bélica frente a las revueltas, cuestión que fue capitalizada por parte de las potencias regionales y mundiales en su afán por derrocar al régimen sirio, debilitar a la posición rusa y fomentar la hegemonía saudita, turca e israelí en la región.

Siria se ha convertido en un banquete de la piratería global, en la que cada actor intenta tomar de un zarpazo su tajada. Hace pocos días Kerry y Lavrov reiniciaron las conversaciones que habían sido rotas por el “error” de los EEUU. Veremos qué resultados trae. Por ahora, sabemos que los bellos discursos enarbolados recientemente en la Asamblea General de las NNUU están completamente alejados de la realidad política: si bien Obama afirmó allí que la ocupación israelí no podía durar  para siempre, al tiempo, acordó un paquete financiero de 3,8 billones de dólares a Israel por concepto de “defensa” durante 10 años y mientras el Senado norteamericano cerraba un acuerdo con Arabia Saudita por 1.500 millones de dólares por venta de armas. Más sionismo y más wahabbismo, más colonización israelí y más hegemonía saudita:   mientras las potencias occidentales perpetúen la política por el control del “grifo del petróleo” y mantengan intacta su política de armar a sus aliados hasta los dientes, ningún cambio será posible. La piratería seguirá igual o peor. Podrán cambiar las zonas, los países, el “tirano” que será necesario derrocar. Quizás, una revuelta nos vuelva a sorprender (es lo que se alcanzó a ver en Iraq hace unos meses), mientras tanto, todo parece conducir a una profundización de las desigualdades sociales, de los conflictos étnico-religiosos, de la continuidad sin cuartel de la guerra civil global en que vivimos.

Los palestinos ven cómo todos los días la colonización israelí profundiza su mortífero elixir, los sirios contemplan un conflicto que no les pertenece, los kurdos son asolados por diferentes fuerzas, los iraquíes han despertado del sueño “democrático” y han visto que la invasión del 2003 por parte de Bush y Blair fue una verdadera traición a su pueblo que les hizo peor que la era de Hussein, los egipcios soportan el régimen de Sisi bajo el terror cotidiano de encarcelamiento de estudiantes y tantos otros activistas, justificado por el retorno del fantasma islamista.

Los piratas se confunden. No hay ya “fuera” de ellos.  Ni el régimen sirio, ni los rusos, ni los saudíes, ni los israelíes, menos los EEUU, han dejado de actuar como piratas. Hoy, todos los signos apuntan hacia Damasco, porque hoy, es Damasco donde han desembarcado los piratas.

[1] François Burgat Conferencia en la Universidad de Chile,  Abril 2016 .


Académico, Universidad de Chile