En los últimos años hemos vivido un sostenido crecimiento de asambleas territoriales y organizaciones barriales de base cuyo pilar organizacional es la horizontalidad y la práctica de los acuerdos entre pares como forma de acción. Son organizaciones que no son vistas como plataformas políticas y a veces friccionan con las renovadas viejas formas de ver al movimiento social. Esto último es una apertura a un intenso debate que por lo general termina siendo más una discusión por la forma de organización, que en la construcción de contenidos y un horizonte político a largo plazo.

Apelaremos entonces a lo que creemos falta: menos rencilla y más contenidos a discutir. Esto con la firme convicción de que las demandas sociales, las propuestas y la construcción de alternativas se están dando y no pertenecen a ninguna organización ni colectivo específico. En la lucha no debería haber propiedad intelectual.

En su conjunto, pensamos al movimiento social como un flujo turbulento de acciones y sujetos colectivos e individuales que en distintos espacios y temporalidades confluyen en un movimiento histórico (y no sólo convergen en una coyuntura), del cuál nadie puede apropiarse y ni puede “conducir”. Decimos flujo turbulento no por complicar, sino que para dar cuenta de que este movimiento histórico no es ordenado, está por todas partes, pero que mediante contenidos y objetivos diversos, avanza.

En su extensión, el movimiento social tiende a sectorializarse y a veces, lamentablemente, a gremializarse. En este sentido, las asambleas territoriales surgen generalmente como manifestaciones de una lucha por conflictos rurales, urbanos o ambientales: Freirina-Huasco, Aysén, Magallanes, BioBío, Chiloé, Arica y muchas más. Sin embargo, destacamos la rápida apertura a las distintas problemáticas sociales. De ahí la riqueza de una perspectiva territorial: todo ocurre en un espacio dado. Hasta el designio más abstracto del capitalismo, si no se realiza en un lugar, no existe concretamente.

Así, el territorio y lo local se vuelven fundamentales. La deliberación local y el ejercicio de pensar cómo se usa el territorio se vuelve un pilar para todas las demás cuestiones que atraviesan nuestra vida. Así, la asamblea y la comunidad local, lejos de verse como paso táctico, se volvería cotidiana. Con todas sus complejidades y dificultades, no debería ser una etapa del movimiento, sino el movimiento mismo. Tener espacios permanentes con divergencias no le hace mal al movimiento social, sino que lo fortalece. Tenemos que aprender a esuchar y discutir en nuestras comunidades.

Vemos así un primer aporte al movimiento social desde las asambleas territoriales, que es organización y contenido al mismo tiempo: éstas tienden a la horizontalidad y la contigüidad, a incoporar la diferencia, que en este caso es el vecino y la vecina. También, permite una persepctiva que exceda las coyunturas, porque el territorio sigue ahí transformándose, y desde ahí, construir un espacio de deliberación permanente.

Dicho esto, desde una perspectiva de la lucha por el territorio, algunas propuestas de contenidos y objetivos para que discutamos y debatamos son las siguientes:

Terminar con las concesiones mineras. Mecanismo de privatización del subsuelo del territorio nacional en el que, si bien no entrega la propiedad como tal, la concesiona por un periodo indefinido de tiempo para que empresas transnacionales se instalen. Se consolida así un modelo extractivista que contamina y transforma el entorno. Para colmo, apenas pagan impuestos.

Desprivatizar el código de agua. Chile es de los pocos países que tiene un tratamiento de privatización tan grande en el mundo. Este modelo de “propietarios” privados del agua ha consolidado un mercado de ventas y compras de acciones de agua, dejando en desamparo a pequeños agricultores. Por otro lado, el aprovechamiento de esta política del agua ha permitido el uso indiscriminado de ella, dejando poblaciones y comunidades enteras sin acceso a agua para consumo doméstico.

Eliminar el Decreto de Ley 701. Instaurado en la dictadura y ampliamente apoyado por los gobiernos en democracia que subsidia a las empresas forestales. Este mecanismo de subsidios, que todos pagamos, es el principal factor de que la zona centro sur del país esté ahogada de monocultivos de pinos y eucaliptus.

Regular estrictamente la industria inmobiliaria. Las inmobiliarias hoy en día se han consolidado como un fuerte promotor de los cambios de uso de suelo, la especulación de los precios de la tierra y de las viviendas. También son parte de la transformación de las formas y estilos de vida, potenciado una forma de vida individualista y mercantil. Las inmobiliarias son un tremendo negocio que en otros países ha llevado a grandes crisis como en España y en Estados Unidos, donde finalmente los mismos habitantes tuvieron que subsidiar su crisis.

Rechazar cualquier intento de desplazamiento forzado de pobladores tradicionales para “renovar y revalorizar” el barrio (Gentrificación). El capitalismo ha sabido adaptarse a nuevas formas de acumulación de capital. Una de ellas es la desvalorización de ciertos sectores históricos, los cuales lentamente son apropiados a “precio huevo” por empresas que comienzan a invertir en él a fin de revalorizarlo. Esto implica el aumento de los precios de arriendo y la presión de los dueños antiguos a irse del lugar por no corresponder al “nuevo plan de revalorización”.

Terminar con las EGIS. Las Entidades de Gestión Inmobiliaria Social son una forma burocrática y privatizada de gestionar la construcción de viviendas sociales. Estas se apropian doblemente de dineros estatales que van en beneficio de los comités de vivienda. Por un lado, como entidad burocrática, se establecen como un eslabón más en el mecanismo de obtención de subsidios y construcción de viviendas, gastando dinero en una empresa que supuestamente haría más rápido “los trámites” (la lógica de lo privado como eficiente). Por otro lado, somos nuevamente los habitantes del país quienes entregamos dinero indirectamente a empresas privadas que cumplen un rol que perfectamente podría realizarse directamente entre los comités de vivienda y el Estado.

Fortalecer nuevas formas de construcción de viviendas y barrios. Al mismo tiempo, proponer la viabilidad de que las nuevas viviendas que se construyan para los sectores populares puedan ser múltiples y diversas tanto en su tipo como en su forma de construir. Ante la homogeneidad a nivel nacional del tipo de “vivienda social”, es sabido que con el mismo dinero se podrían (auto) construir viviendas dignas, de buena material, de mejor diseño arquitectónico y en conjunto con los pobladores/as diseñar los barrios que salgan del esquema típico capitalista.

Que los excedentes de las regiones se queden en ellas. Regiones abandonadas a la producción de commodities deben soportar que los impuestos de estas grandes empresas sean capitalizados en la Región Metropolitana. Esta es una doble exclusión y segregación para las regiones que terminan siendo un mero escenario extractivista. Las transnacionales terminan por tributar en Santiago o simple y llanamente en el extranjero.

Que las comunidades locales sean las que permanentemente planifiquen la ciudad, donde sean consultados los distintos actores económicos y políticos. Es decir, invertir el papel actual en donde las comunidades locales son un solo capítulo de “la política urbana”. Al mismo tiempo, que dejen de ser empresas privadas quienes tengan la conducción de un ejercicio tan importante como el pensar la ciudad. Algo que deliberadamente ha sido privatizado y burocratizado por el Estado y los municipios.

Crear progresivamente autonomías locales. Al contrario de impulsos estatistas centralizadores, se debiese radicalizar la confianza en las comunidades locales para que sean ellas quienes tomen decisiones sobre su territorio. Esto implica transformar profundamente el funcionamiento de las municipalidades y la división político administrativa a fin de que cada vez más sean los propios vecinos y vecinas quienes tomen decisiones, puedan revocar autoridades locales o sean realizadores directos de la política.

La radicalidad de las demandas y los contenidos son importantes porque sin perspectiva, no hay horizonte estratégico. Y también los son las comunidades locales: a contracorriente de lo que usualmente se piensa, desde ellas se pueden combatir los designios lejanos del capitalismo.

Para finalizar, invitar al debate de la temporalidad en la construcción de contenidos para la lucha. Los tiempos de lo local son distintos que los tiempos de quienes están inmersos en organizaciones de otros tipos. Este es un aprendizaje que debemos tener en cuenta a la hora de plantear contenidos y la lucha misma. Aprender a conocer al vecino, a la vecina, dejar de pensar que esto es una pérdida de tiempo o que no contribuye al proceso. Finalmente, ellos somos nosotros. Y tal como dijera Vicente Durán (Subverso): “el acelerado, nunca ha prepadado buenas tortas”.

 


Ignacio Celis