No fueron pocos los que pronosticaron que, dados los resultados del 25J y la proximidad de las elecciones regionales en Galicia y Euskadi, no habría manera de formar gobierno en España mientras no se conocieran los resultados de éstas. Comenzaron bien pronto las especulaciones respecto a los compromisos y los pactos qué, siendo imposibles en vísperas de acudir a las urnas, serían –se decía- factibles al conocer cómo habían votado vascos y gallegos.

Los meses han ido pasando y el escenario político hispano ha permanecido entre anquilosado y monótono por una parte, y convulso y confrontado por otra.

Rajoy, fiel a su estilo de hacer trabajar a los demás mientras él se dedicaba a repetir su mantra y a intentar desgastar a los contrarios, esperaba que los resultados de su región natal le permitieran sacar pecho y volver a insistir en que los electores le renovaran su apoyo. Poco le importaba, parecía, lo que ocurriera en Euskadi, dado que allí el PP es irrelevante. Verdad es que no acaba uno de entender porque un buen resultado en Galicia –una tierra en la que el caciquismo propio de los populares aún tiene una buena capacidad de control político- podría resultar benéfico para el presidente en funciones en el global peninsular, pero esa es una teoría que los ideólogos de Moncloa han patentado y difundido con el apoyo mediático de los de siempre y alguno más, como por ejemplo El País, aquél diario que fue emblema del buen hacer periodístico y que ahora vive sus horas más tristes.

Ciudadanos, el partido que dirige Albert Rivera, ha seguido jugando, muy a la catalana, permítasenos, a la puta y la Ramoneta. Pactó el apoyo a Pedro Sánchez tras las elecciones de diciembre de 2015 y lo hizo con Rajoy tras las de junio pasado. Siempre con un afán indisimulado de reforzar el centroderecha hispano, al tiempo que atacan cualquier iniciativa o propuesta política o partidaria que ellos denigran como nacionalista o, peor, como separatista, Rivera y compañía son cada vez más marxianos: no debieran ser miembros de un club que los aceptara como socios y si no gustan sus principios, tienen otros. Han sido semanas en las que Rivera y sus lugartenientes han dicho A y negación de A sin solución de continuidad. Particularmente oscuro, incomprensible, ha sido su discurso sobre Rajoy: ante el alud de causas judiciales por corrupción que implican al PP, y que van a hacerlos comparecer ante los tribunales durante los próximos meses, desde Ciudadanos se ha descalificado radicalmente al Presidente en funciones, como una persona inhabilitada para seguir en La Moncloa, y paralelamente se ha exigido a Pedro Sánchez que apoye –por activa o por pasiva- su investidura. El partido de Rivera se ha convertido en el paradigma de aquello tan viejo de tenemos un problema para cada solución.

El PSOE y Podemos han vivido instalados en la crisis orgánica casi total; sin el casi por lo que hace a los socialistas, y con el casi en el de los podemitas.

A Pedro Sánchez no le hacen falta enemigos externos. La conocida anécdota de sir Winston Churchill respecto a dónde se sentaban en la Cámara los adversarios y dónde los enemigos, queda como un chiste infantil. Los varones y la vieja guardia han atacado a su secretario general como si fuera el peor de sus enemigos. No ha habido misericordia con él: lo han acusado de todo lo imaginable, sin que por ello se haya hecho mención alguna a diferencias políticas de fondo. Excepto, claro está, la manida, sobada, manoseada unidad de España y el veto a los que quieren destruirla. Se esperaba que de los resultados que obtuviera el Partido en Galicia y Euskadi dictara sentencia respecto a la fortaleza del liderazgo de Sánchez. Si proseguía la pérdida de espacio electoral socialista y se veía superado por los de Podemos y las mareas en Galicia y por la candidatura de Elkarrekin Podemos en Euskadi, el futuro político de Sánchez sería negro color teléfono. Visto lo visto, contados los votos, negro-negro se nos antoja. Pero… ¿la responsabilidad es exclusiva de Sánchez?

Pareciera que Podemos todavía no ha digerido el millón de votos que perdió en junio respecto a diciembre del año anterior. Han conseguido igualar al PSOE en que se hable más de sus problemas y enfrentamientos internos que de sus propuestas políticas. Y que conste que ese empate era difícil porque lo de los socialistas es realmente extraordinario en cuanto a su dificultad para hablar de otra cosa que no sea el canibalismo que les aqueja desde hace ni se sabe. Pues bien, Pablo Iglesias e Íñigo Errejón se han enredado en una batalla interna cainita, en la que se juega la hegemonía interna del partido. Las apariciones de Monedero, ese que está sin ser, una especie de bombero pirómano, han multiplicado al costo para el partido de tanta disputa y tanta descalificación interna. Para pasmo e irritación de sus socios y amigos vascos y gallegos, los podemitas han vuelto a igualar a los socialistas: han conseguido transmitir que les importaba una higa si perjudicaban a sus propias candidaturas. Han practicado aquello del chiste: para que vamos a razonar, si lo podemos resolver a hostias. Tanta nueva política, tantos políticos noveles, han cristalizado en más de la política de siempre y en más de lo ya conocido en cuanto al personal.

Celebradas unas elecciones que auguraban la renovación de la mayoría absoluta del PP en tierras gallegas y una victoria clara pero insuficiente para un gobierno monocolor del PNV en Euskadi, los resultados han sido los previstos. Incluso la participación electoral ha sido baja: en torno al 64 por ciento en Galicia y el 62 por ciento en el País Vasco, lo que ha desmentido al lehendakari Urkullu, que pedía a sus conciudadanos que Euskadi continuara siendo singular. Pues no, en cuanto a la participación electoral, no. Un dato que habría que valorar más de lo que se hace, ya que indica un estado de desafección democrática en una parte significativa del electorado de ambas comunidades.

Ha ganado de forma incontestable, apabullante el PP en Galicia y ha ganado mejor de lo que estaba previsto el PNV en Euskadi; los primeros gobernarán en solitario, y los segundos necesitarán apoyos, cosa que es tradicional entre los vascos y que –desde siempre- los nacionalistas de Urkullu controlan perfectamente. El costalazo socialista es considerable en las dos regiones: en ambas han sido superados por En Marea y por Elkarrekin Podemos. Quizá es más dura la situación en la vasca que en la gallega, porque en aquella han sido históricamente un partido central y hoy se ven relegados a la cuarta posición, tras Elkarrekin Podemos y prácticamente igualados con el PP. En cualquier caso, tanto barón y baronesa como hay en el PSOE debieran pararse a pensar el por qué en ambas regiones su partido ha sido superado por la denostada tribu de los podemitas.

Visto lo visto, se puede decir qué, por lo que respecta al País Vasco, el llamado bloque constitucionalista [PSE-EE y PP] es prácticamente testimonial, y ha vuelto a ser clarísimamente superado por el grupo de los partidarios del derecho a decidir [PNV, Bildu y Elkarrekin Podemos]. Algo debiera de significar este hecho para los que fundamentan su posición en un discurso monocorde en torno al binomio Constitución/Unidad de España. Particularmente sangrante debiera ser la reflexión para Ciudadanos, que se ha quedado sin representación, con apenas un dos por ciento de los votos. Lo mismo les ha ocurrido en Galicia, donde también se quedan fuera del parlamento. ¿Qué dirá ahora Albert Rivera?

En Galicia Núñez Feijoo ha ampliado la mayoría que ya tenía, es decir que el PP ha sido el gran triunfador. Muy bien, ¿y qué? ¿Qué significado tiene esa victoria para la situación del atasco en el conjunto de España? Que el PP ha vuelto a ganar en una región que es la única que será gobernada por un partido con mayoría absoluta, ¿y qué? ¿En qué beneficia eso a Rajoy y al PP estatal? Pues se empeñen en lo que se empeñen los opinadores y publicistas afines al Partido Popular, significa poco o nada. Podrán mofarse de los socialistas gallegos, pero debieran hacerlo con la moderación a la que debiera obligarlos su condición casi residual en Euskadi, donde resisten sin desaparecer gracias a la circunscripción de Áraba, que está sobre representada en el parlamento regional.

¿Servirá lo expresado ahora por los ciudadanos para aquello que se decía hace unos meses de que el atasco político español se resolvería tras las elecciones del 25 de septiembre? Mucho tememos que no. Parece que las terceras elecciones están cantadas, y que tras ellas, a tenor de las encuestas y -también- de lo visto en estos comicios, habrán de venir unas cuartas y, quizá, unas quintas. La incapacidad para el entendimiento, la ausencia de una cultura política democrática digna de tal nombre entre los líderes actuales y sus partidos, la falta de compromiso con la mayoría de los ciudadanos, la obsesión por los intereses propios amenazados por los de los otros y, además y sobre todo, la falta de un mínimo respeto por los electores, hacen difícil augurar una resolución al atasco político que vivimos. Por lo menos hacen difícil tener esperanza en que esa congestión se resuelva en beneficio de los intereses de aquella mayoría.

En cualquier caso, ahora ya han pasado las elecciones vascas y gallegas. Ahora, ¿qué van a hacer los partidos mayoritarios, que le van a proponer a los ciudadanos que esperen tras ellas?


Académico del Departament d'Història Contemporània, Universitat de València