Hacia finales de la década de los ochenta, Chile fue convocado a un plebiscito capaz de dirimir la continuidad del dictador Augusto Pinochet o la apertura hacia una transición democrática. Como era natural, la sociedad chilena se dividió verticalmente entre un “Sí” y un “No”; como era previsible, la propaganda dictatorial utilizó la “amenaza comunista” como un argumento de miedo ante el advenimiento de la democracia.

La llamada transición chilena hacia la democracia no ha sido un Edén, tampoco un Infierno. La democracia inauguró para Chile una nueva etapa en que la barbarie ha sido desterrada, ya no más policía secreta, no más torturas, no más desaparecidos. En suma, se instaló en la sociedad chilena una Minima Moralia, más acorde al siglo presente y mucho más próxima al respeto de los Derechos Humanos. Sin embargo, no todo ha sido fácil, hasta el presente existen casos flagrantes de impunidad y todavía se vive bajo una institucionalidad engendrada durante los años grises de la dictadura.

La historia nos enseña que, tras años de terror y violencia, las soluciones plebiscitarias nunca son perfectas. No lo ha sido en Chile, no tendría por qué serlo en la Colombia de hoy. De manera inevitable, habrá casos de impunidad, injusticias y olvidos. Esto, empero, no significa que haber puesto fin a una dictadura militar haya sido un error. Por el contrario, para Chile fue un hecho histórico que cambió el rostro de un país y puso punto final  al terrorismo de estado.

En el caso de Colombia, los Acuerdos de Paz de la Habana inauguran un camino distinto, ni edénico ni infernal, sino más democrático. Desmovilizar a un ejército irregular y encontrar fórmulas para su reinserción en la vida política colombiana no es poco y debe ser valorado. Más allá de la propaganda del miedo que insulta la inteligencia de los votantes, lo cierto es que la Paz en Colombia es un logro de envergadura a escala nacional, regional y mundial.

Un plebiscito es una fórmula democrática mediante la cual un pueblo soberano decide su destino. No se trata de una cuestión contingente e inmediata sino del país en el que se quiere vivir. Más allá de los prejuicios y miedos, más allá del rencor, del odio y del dolor, la pregunta es qué país quiero para mis hijos… Para los chilenos la cuestión fue vivir en dictadura o arriesgarse a una democracia propia. Para los colombianos la pregunta es si acaso quieren seguir viviendo décadas de violencia o prefieren arriesgarse a la Paz. El mundo entero espera una respuesta.

 


Académico