El viaje era la manera de estar en otra parte o en ninguna. Hoy es, por el contrario, la única forma de sentir que estamos en algún lugar, porque en nuestras casas, rodeados de información en las pantallas, ya no sucede, nos encontramos en todos lados a la vez, en el medio de una banalidad que es la misma en cualquier país. Llegar a una ciudad nueva o a un idioma nuevo nos encuentra de repente con nosotros mismos en ese lugar y en ningún otro. El cuerpo redescubre cómo mirar. Desprendido de sus imágenes, redescubre su imaginación. Si yo fuera Enrique Vila-Matas seguiría traduciendo, torciendo y narrando esta idea como si fuera mía o inventaría a alguien que la hubiera escrito, a alguien distinto de su autor, Jean Baudrillard en La transparencia del mal, pero no podría desligarme de su influjo, de que una novela, una crónica, un ensayo o lo que sea Perder teorías surge porque su protagonista ha emprendido un viaje y en ese viaje se encuentra inevitablemente consigo mismo, con alguien que no está disponible a diario allí donde habita.

Perder teorías funde dos relatos que pueden cortarse por la mitad como una palta. El primero trata sobre un escritor que viaja a Lyon a dar una conferencia, discute con el taxista que lo lleva del aeropuerto al hotel y allí espera a que alguien de la organización lo contacte. La segunda mitad de la palta, la que se quedó con el cuesco y por eso podemos guardarla más tiempo en la memoria sin que se estropee, son las reflexiones del escritor, desprendido por sorpresa de los compromisos del encuentro literario y también de los de su hogar, para elaborar los cinco rasgos esenciales que debería tener su futura novela o, por qué no, la novela del futuro. Como saben quienes viven en el país en el que se le echa palta a todo, luego de separar sus mitades con el cuchillo, se la desprende de la piel con una cuchara y se la muele con un tenedor. Esto hace el protagonista de Vila-Matas, tan parecido a él, en lo sucesivo con su teoría, untándola en el pan de la novela El mar de las Sirtes de Julien Gracq, que cumple con cada uno de los siguientes rasgos («irreductibles» como Oliverio Girondo en su rechazo a las mujeres que no sepan volar):

1) La «intertextualidad» (escrita así, entrecomillada).

2) Las conexiones con la alta poesía.

3) La escritura vista como un reloj que avanza.

4) La victoria del estilo sobre la trama.

5) La conciencia de un paisaje moral ruinoso.

Liz Themerson no existe, pero esto no fue un impedimento para que escribiera el prólogo de Perder teorías, le asignara a Alfred Jim Bayer una máxima de Groucho Marx y agregara un último rasgo a la novela del futuro, sin desarrollarlo:

6) La impresión de que todo sucede enteramente en un presente que está hecho de una larga espera.

(Luego de tipear el párrafo anterior, se cayó la conexión a internet cancelando mis posibilidades de hacer más trampa en el buscador de Google denunciando si tal o cual autor era un invento de Vila-Matas.)

Italo Calvino, por su parte, dedicó por entero sus últimos días a la escritura de Seis propuestas para el próximo milenio, una serie de conferencias que no alcanzó a dictar, sobre los atributos que, a su juicio, debía tener la literatura del futuro. Escribió cinco, como Vila-Matas, y Esther Calvino en el prólogo nombra una sexta sin desarrollarla, como Themerson. Baste con este derrame de «intertextualidad», el de la palta cuando se aprieta con ambas manos el sándwich, para dar por cumplido, de entrada, el primer memo que Vila-Matas pide, y digo «memo», porque las conferencias de Calvino se iban a dictar en inglés y el autor italiano era demasiado modesto para hablar de propuestas, escribió «memos», como los papelitos que apunta el protagonista de Vila-Matas en un hotel de Lyon, como los que habrían copiado y refraseado Sterne y Roussel, de acuerdo al catalán.

Para Calvino, la constricción era fundamental para la creación literaria y, si miramos atentamente, la literatura conceptual de los treinta años que han pasado desde su muerte opera bajo decisiones procedimentales previas (de apropiación, borrado, uso de combinatorias o no uso de determinadas letras, por ejemplo) que apremian al texto de la misma manera en que lo hacían el número de sílabas y de versos en un soneto del siglo de oro o en un romance. Es probable que nos pongamos más creativos en el diseño de una casa de la que ya sabemos sus medidas que si tuviéramos que construirla en el medio de la nada. Por eso, y por mucho más, también Calvino nos dejó sus ingredientes: a) levedad, b) rapidez, c) exactitud, d) visibilidad y e) multiplicidad. La sexta habría sido la consistencia. Cada una de estas recomendaciones nos ofrece sus propias paradojas; así, que la gravedad contiene el secreto de la levedad. Es decir: no es obvio aquello que es leve, y muchas veces la frivolidad carga el peso insoportable de la vida cotidiana, en tanto que el pensamiento profundo puede desplazarse como si volara a través de ella. Pero volvamos a Vila-Matas, que construye Perder teorías en base a recortes de sus propias ideas desperdigadas por distintos medios, atendiendo a la multiplicidad de su literatura, y cumpliendo tanto con las ideas de Calvino como con las propias. Pienso en las conexiones con la alta poesía que pide en su segundo rasgo, pero subrayando que se debe evitar como sea el extremo de la prosa poética, cuando los poetas se las dan de novelistas por ahí. Recordé algunas prosas poéticas horrorosas, la mayoría, pero también los fragmentos acaso más notables de James Joyce o Samuel Beckett, amados por Vila-Matas, o, más acá, Clarice Lispector, Mircea Cartarescu o la chilena Lina Meruane, que él destaca en un artículo reciente. Ellos comparten el riesgo de escribir en las esquinas de donde la literatura puede caerse por ridícula, porque el presente, a diferencia de lo que plantea Vila-Matas en voz de Liz Themerson, dista mucho de ser una larga espera. Recuerdo el acto de esperar como algo que nos sucedió en otra época, en el dentista, quizás, porque ahora está todo sucediendo al mismo tiempo y estamos adentro de eso aunque no salgamos de casa. La espera del protagonista sin nombre, no por nada le falta el nombre, de Perder teorías sucede porque viajó y porque aquello que debía suceder, que lo pasaran a buscar, no se llevó a cabo. La espera es el premio que nos otorga la decepción, el tiempo es su propina y nuestro sueldo, cuando las expectativas se convierten en esperanzas remotas.

Este libro es, por último, aunque debí comenzar por ahí, «la parte ensayística que podría haber incluido en Dublinesca», según el autor, o en cualquiera de sus libros, agrego, pues satisfacen los altos estándares de cuidado expuestos y también porque las teorías sobre una novela solo se elaboran después de escribir la novela misma. Algunas de las hipótesis indispensables del libro son aquellas que Vila-Matas no enuncia como tales y están fuera de la lista; por ejemplo, la necesidad de la incertidumbre para escribir. Es la pulsión del autor que no sabe hacia dónde se dirige la que va creando la novela, y su encanto; entonces las teorías que nos obnubilan cuando calzan con la obra de arte, cuando todo en el universo parece calzar como en los viejos sueños racionalistas, se deshacen como la nieve sin viento de Dante citada por Cavalcanti y citada por Calvino. Las teorías previas coartan la incertidumbre vital desde la cual se escribe, y si las teorías son posteriores solo sirven para esa única novela que analizan. Cabría preguntarse para qué hacerlas si no es solo por el placer de jugar y con una amiga imaginaria como Liz Themerson, más encima. Mientras releía Perder teorías, una amiga, real, me enviaba al celular sus avances con un puzle de piezas diminutas que le regalé. Me comentó que mientras lo armaba había pensado que tenía dos, incluso tres, formas de abordarlo: a) por colores, b) por referencia a los detalles, o c) por ensayo y error con la forma de las piezas. «¿Cuál crees que usaba?», me preguntó, «es una forma de pensar, igual». B, le respondí, mientras las teorías se hacían agua –leve, rápida y exacta– hasta la nevazón de la siguiente novela.

 


Escritor