Abusando de su envidiable capacidad para mentir, famoso por sus incursiones en la televisión en donde era presentado como una personalidad inevitable, y proyectando su aporte al mundo de la política por medio del partido de Marco Enríquez Ominami, el economista Garay se dio el lujo de pasarse por el perineo a varios incautos.

¿Cómo un mitómano, un sinvergüenza, ratero de alto vuelo, un simulador con rating, es capaz de engañar a gente que se supone con luces suficientes como para no caer en cuchufletas y garlitos?

Fácil: tal como lo hacen todos los otros estafadores que componen la fauna delictual de nuestro país, y que también salen en la tele con el tratamiento reservado a las más altas personalidades,  poderosos dueños de casi todo lo que existe, embaucadores de gente crédula, abusadores de sus rangos y grados militares, cuando no de las poltronas que los millonarios tuvieron a bien comprarles en el Congreso.

Todos, o casi todos, tan frescos, mentirosos y ladrones como el economista Garay

Como sabiamente apunta Homero Simpson, para que exista la mentira se necesitan dos: uno que mienta y otro que crea. O, para que uno robe, debe haber otro que se deje robar.

Pues más o menos en esas dos categorías se puede dividir a casi todo el bendito pueblo de esta bendita tierra. Los corruptos que defienden los paradigmas de la libertad económica que no es otra cosa que el libertinaje para robar bajo el amparo de la ley, y el pueblo engrupido de clase media, asfixiado de créditos, unos montaditos sobre otros, endeudados hasta la madre, pero con antenas parabólicas y smart phones.

Curiosa pobreza tecnificada que no parece pobreza

Resulta risible que canales de televisión despachen audaces reporteros hasta la Europa del este a la siga de un ladronzuelo, teniendo en este mismo suelo nuestro un mostrario de sinvergüenzas que abarca todas las definiciones del robo.

¿O no es el CAE, Crédito con Aval del Estado menos robo que lo que ha rapiñado Garay? Claro está, con la diferencia de que este se trata de sumas siderales y que afecta a centenares de miles de familias pobres.

Y los altos intereses con que la gente vive del fiado en bancos y casa comerciales y que constituyen un cogoteo en descampado para los más pobres, ¿es menos grave que el choreo mediático de Garay?

¿Y qué decimos del robo descarado y multimillonario que han hecho por años los oficiales del Ejército chileno que han desplumado los fondos que les llegan de las ventas del cobre, lo que les ha permitido una vida tal la que viven los traficantes, es menos doloso que los lanzazos de Garay?

¿Y esos canales de televisión, a propósito de sinvergüenzas, dirán algo acerca de los escandalosos sueldos de los políticos, holgazanes se han apernado a sus poltronas mediante la mentira y la corrupción, lo que les ha permitido llegar a ser millonarios y vivir una vida de lujos y placeres, todo hecho a la mala?

¿No son también conductas de avezados ladrones, corruptos capaces de vender a sus madres por mantener sus prebendas,  más allá que las leyes, hechas por esos mismos sinvergüenzas, digan que todo es legal?

Veamos no más si las transferencias millonarias entre poderosos multimillonarios, otrora golpistas y sostenedores de la tiranía, y los políticos que se han vendido, no constituyen una estafa a la gente que aún les cree, los que han depositado en esos sujetos gran parte, sino de sus fortunas, de sus esperanzas.

Esas fortunas que les  han servido para financiar campañas de mentiras y manipulaciones, cuando no para sus propios beneficios, ¿no son de la misma laya mentirosa que las usadas por  Garay para estafar a los afectados por el virus de la codicia que les nubla lo que les quede de razón, lo que en un país decente debería ser castigadas con cárcel?

El robo, en sus múltiples e imaginativas modalidades, se ha transformado en parte de esta cultura.

Sobre todo el robo al que menos tiene, al que debe pelar el ajo por una miseria de un sueldo que en breve se le va a evaporar al momento de  pagar sus eternas deudas.

Así, la gente común es asaltada a diario por el Transantiago esa burla diaria que el presidente Lagos desde su megalomanía insiste que fue un acierto. Y es cogoteada por los empresarios de los pollos, del papel higiénico, de las carreteras, de los hospitales, de las multitiendas, de las farmacias, de las clínicas y de los estacionamientos, en el supermercado, en las escuelas y las universidades…

Lo de Garay, su huida mediática y la cobertura idiota de su periplo, más bien parece una operación de marketing.

Es posible que a su vuelta sea investido como uno de los símbolos de la cultura que premia la viveza y quizás, en breve, esté dirigiendo un coaching ontológico, contratado por el Gobierno de Chile para colaborar en el combate contra la pobreza.