Tras meses de sordos pero cruentos combates en su interior, finalmente, el primer partido de la izquierda hispana, el PSOE, se ha suicidado en un reality show tan lamentable como patético.  Como esas estrellas desaparecidas de las que todavía recibimos su luz, durante un tiempo seguiremos percibiendo señales cada vez más débiles del partido de los socialistas españoles. Pero el que conocimos desde la segunda mitad de los años setenta, ese, ya no existe.

Un obrero tipógrafo, de nombre Pablo Iglesias [ironías de la historia], lo fundó en 1879 como un partido para la clase obrera, inspirado en la doctrina del alemán Karl Marx. Un siglo y un año después, ese partido decidió abandonar la inspiración marxista y se sumó con entusiasmo a la idea de ampliar su base electoral a costa de lo que hiciera falta. Esa mezcla de pragmatismo y desvergüenza política tuvo una buena aceptación entre la ciudadanía, que en 1982 le dio una mayoría apabullante en todos los ámbitos de la política española. Apoyado por la Internacional Socialista y por otros organismos como la Fundación Ebert, y contando con el visto bueno norteamericano, el PSOE dirigido por Felipe González consiguió conjurar la amenaza militar por un lado, y el peligro de una italianización de España por otro, la de tener un Partido Comunista fuerte como primera alternativa de la izquierda.

Cuando se constituyó el primer parlamento de Madrid, surgido tras las elecciones del 15 de junio de 1977, el líder comunista Santiago Carrillo le preguntó a su camarada Simón Sánchez Montero –ambos en el hemiciclo, mirando hacia la bancada socialista- “¿y estos, dónde estaban?”. Había diputados que apenas llevaban un par de meses afiliados. De hecho, se decía que la veintena de diputados comunistas sumaban más años de cárcel que de militancia sus homólogos socialistas.

El partido de los comunistas había sido, realmente, el que había mantenido viva la lucha contra la dictadura de Franco, y desde 1956 el que había levantado la bandera de la Reconciliación nacional. Durante aquellos años de lucha clandestina, el PSOE estuvo –con honrosas excepciones en el País Vasco y poco más- prácticamente desaparecido. La ausencia de la UGT explica, en buena parte, la necesaria creación de las Comisiones Obreras; y no será hasta 1974 cuando aparezcan unos jóvenes andaluces y madrileños que desbancarán a los viejos e inoperantes dirigentes del exilio, y se harán con el control del partido en la localidad francesa de Suresnes.

El triunfo de 1982 fue histórico, un partido derrotado en la Guerra civil volvía al poder por la fuerza de las urnas. Bien se puede decir que la Transición había acabado.

El tándem formado por Felipe González y Alfonso Guerra capitaneó una serie de gobiernos -hasta 1996- que ofrecen un balance más que positivo de modernización y de inserción de España en el mundo. También, claro, existen las sombras, alguna de ellas con largo recorrido: los cafelitos de Juan Guerra –el hermanísimo– en un pequeño e ilegítimo despacho en la sede del gobierno andaluz en Sevilla, fueron la tinta con la que se escribieron los primeros casos de corrupción que afectaron al partido. El sarcasmo popular le dio la vuelta a uno de los más potentes eslóganes del mismo: donde se decía Partido Socialista, cien años de honradez, alguien añadió… cien años, pero ni un minuto más. La idea hizo fortuna.

Pese a todo, como ha escrito estos días Pablo Iglesias [esa ironía de la historia, el de Podemos], “la hegemonía del PSOE era tal que se le perdonó todo durante años, desde las consecuencias de su aceptación de la división del trabajo en Europa –que nos convirtió en una periferia especializada en el turismo–, pasando por la corrupción hasta el terrorismo de Estado”. Con todo y con eso, González y compañía se mantuvieron catorce años en el poder, hasta que fueron substituidos por el Partido Popular en 1996, abriendo así dos legislaturas con gobiernos cada vez más reaccionarios en lo ético y lo cultural y más neoliberales en lo económico y lo social. Además, el PP de Aznar se empleó a fondo en una misión de la que los costos son todavía hoy crecientes e, incluso, imprevisibles: trabajaron con ahínco por la recentralización de España, así como por una renacionalización españolista en su formato más castellanista.

Los dos gobiernos de Rodríguez Zapatero acabaron como el rosario de la aurora. La crisis económica que los socialistas se obstinaron en negar, el inicio de los ajustes duros y el enfrentamiento interno provocado por la pérdida de presencia institucional –local, regional y estatal- llevó al PSOE a perder más de cuatro millones de votos en 2011. A ellos cabe sumar la pérdida de otros dos millones y medio en 2015, una caída que no se detuvo en 2016 y que se ha confirmado con los últimos resultados en Galicia y el País Vasco, catastróficos para el partido del puño y la rosa.

Hace casi diez años que el tribalismo político se ha impuesto en el partido. Llevan años generando noticias que mayoritariamente tienen que ver con sus problemas, discusiones, trifulcas y enfrentamientos internos. El partido ha perdido el contacto con las clases medias urbanas, los sectores profesionales y la juventud. Además, resiste en buena medida apoyándose en la España del sur: Castilla, Extremadura y Andalucía, lo que no puede ocultar su desplome en Galicia, País Vasco, País Valenciano, Baleares y, singularmente, muy singularmente, Cataluña. La política renacionalizadora y castellanista de Aznar fue asumida por buena parte de un PSOE miope y jacobino, que –con un nacionalismo españolista trasnochado- ha sido incapaz de comprender las nuevas demandas que han aparecido en el encaje de las distintas nacionalidades en el escenario perfilado en 1978, que se plasmó en la Constitución.

Esos cambios no los entiende el PP, que contra toda evidencia sigue pensando que España es Castilla y poco más; una España en la que cabe el sano regionalismo del que ya hablaran hace un siglo Miguel Primo de Rivera y otros. El político y periodista catalán Manuel Millán Mestre –quien fue fundador del Partido Popular- siempre dice que le sorprende que los dirigentes del PP de Cataluña no expliquen en Madrid, a Rajoy y su equipo, cómo están las cosas, qué está pasando realmente en Cataluña; y eso con la intención de sacarlos de su obcecación, de que abandonen su ceguera, de hacerlos que actúen políticamente. Quizá les pasa como a Miquel Iceta, el primer secretario del partido de los socialistas catalanes, quien comprende ciertos recelos de parte del PSOE en colaborar con los partidos independentistas. Iceta, no obstante, insiste: “”Yo intento convencerlos muchas veces de que es totalmente al revés: si no queremos que España se rompa hemos de hablar con los independentistas para evitarlo. No sé ve ninguna solución que no pase por hablar con ellos, puedo entender el escepticismo, incluso el temor, pero creo que no hay otra alternativa”.

En cualquier caso, lo que ahora se ha estado dirimiendo, en ese escenario podrido por la inacción del PP en cuanto a la situación en Cataluña, es quién asume en el PSOE el costo político de hacer presidente a Mariano Rajoy, algo que está en las antípodas de lo que desean las bases socialistas y la mayoría de sus votantes. Ignacio Escolar ha explicado muy bien la situación: “Es indefendible apostar por la abstención y no decirlo: querer solucionar este debate con un golpe interno y una gestora para evitar así las críticas de la militancia y de los votantes, para que no te culpen de haber tomado tú la decisión”. Se suponía que ese sapo había de comérselo Pedro Sánchez, carbonizándose políticamente y allanando con ello el camino a la lideresa andaluza. Al negarse éste, un hombre que llegó a la secretaría general con el apoyo de Susana Díaz para cerrar el paso a Eduardo Madina y que pronto se rebeló contra su patrocinadora, el sector más establecido y sistémico del Partido entró en pánico. Temen que unas terceras elecciones agraven el hundimiento del PSOE, pero también les horroriza imaginar una mayoría alternativa al PP [con Podemos, los vascos del PNV y el visto bueno de los soberanistas catalanes], y quieren estar en sintonía  con los poderes fácticos de los que muchos de ellos ya forman parte [véase el tándem de intereses presuntamente delictivos que forman, por ejemplo, Felipe González y Juan Luis Cebrián, así como el papel que está jugando el Grupo PRISA y, en especial, el diario El País].

Por ello quieren, necesitan, abstenerse en una próxima votación de investidura de Rajoy, pero nadie quiere pagar esa factura. Como Sánchez se negó, han tenido que relevarlo y crear una gestora que haga el trabajo sucio y le abra el camino a Susana Díaz para que cruce Despeñaperros y se instale en Ferraz, el sillón con el que sueña desde hace años. Y para conseguir ese objetivo organizaron la dimisión de parte de la Ejecutiva y demás. A propósito de esta maniobra, Josep Borrell ha declarado: “Dicen que hay un golpe de estado, pero si lo fuera, estaría organizado por un sargento chusquero”. Tanta torpeza, tan poca finura ha llevado a Ignacio Escolar a formular unas preguntas clave: “¿De verdad la única manera que encontraron de cambiar al capitán era hundir el barco? ¿Y todo esto simplemente por la fecha del congreso? ¿De verdad?”.

No estamos, pues, ante una pugna entre dos facciones partidarias que representen fundamentos ideológicos o proyectos políticos antagónicos. No es un combate entre buenos y malos, es una lucha por el poder en el partido; una pelea en la que desde ambas partes se ha hecho gala de una torpeza infinita y, además, no se ha vacilado en tensar hasta el límite de la fractura total al propio partido socialista. Claro que una de las facciones, la de los llamados críticos, ha violentado la legalidad partidaria de una forma ilegítima, pero no sólo ahora: desde que Sánchez no se comportó como el interino que Susana Díaz había dictaminado [ya dijo en el cónclave en el que se decidió su nombre, en junio de 2014, “Este chico no vale, pero nos vale“], ella y sus barones afines se dedicaron a hacerle la guerra desde dentro, a desautorizarlo, a maniatarlo, a humillarlo. Tanto como blasonan de su españolidad, de que lo primero para ellos es España, y han antepuesto sus intereses más pedestres a su obligación de conformar una alternativa política a Mariano Rajoy y su partido, responsables ambos del austericidio de los últimos años y de ser una organización criminal enfangada en la corrupción total.

El resultado de todo este dramático folletín ha sido la muerte política de Pedro Sánchez, mientras el PP se frota las manos, incrédulo por su buena estrella. No es que España va a tener un nuevo gobierno encabezado por Mariano Rajoy, es que la izquierda política española va olvidarse de formar gobierno, como mínimo, durante los próximos quince o veinte años. Mientras tanto, para desgracia de la mayoría de los ciudadanos, se profundizará en la desigualdad, se diezmará el maltrecho Estado del bienestar y ya veremos qué pasa con la sima que cada vez más separa la España del Norte de la España del Sur. Tal parece que algunos –tanto desde el PP como desde el Partido Susanista Obrero Español, en acertada expresión de Íñigo Sáez de Ugarte– parecen empeñados en que amplios sectores de la izquierda política periférica se adscriban cada día con más entusiasmo al independentismo para huir de esa España irrespirable.


Académico del Departament d'Història Contemporània, Universitat de València