El fenómeno de la vida no ocurre de forma aislada, sino en directa relación con el entorno que la acoge. El entorno permite que los distintos compuestos se ensamblen y formen organismos, y también liquida a aquellos que no logren un mínimo de adaptación. Sin embargo, habrá organismos que, para mantener su supervivencia, necesitarán y buscarán modificar su entorno y convertirlo así en un lugar más hospitalario. De esta forma, se asegura un bienestar para los integrantes de la comunidad, y también se genera un hábitat hostil para los que son percibidos como enemigos. Por lo tanto, organismos y ambientes se dejarán huellas mutuamente.

En algunos organismos, como los insectos, su estructura corporal evidencia la necesidad de apropiarse de un espacio y amenazar a quienes puedan interferir en sus planes. En otros organismos más complejos, compuestos por la interacción de múltiples individuos, las formas de disuasión y de reconfiguración del espacio serán a escala colectiva. Un ejemplo de este último caso son las sociedades humanas y cómo refleja la recopilación de diseños de fortalezas renacentistas hecha por Rafael Guendelman, la necesidad de controlar un espacio va de la mano con formas que serán leídas por el forastero como amenazantes. Sin embargo, si consideramos que el diseño de la ciudad amurallada responde más a necesidades prácticas que a libertades creativas, podemos comprender que han sido factores históricos y antes evolutivos los que han posibilitado la emergencia de aspectos formales que, posteriormente, y aislados de su función material, pueden ser leídos como un código estético que será usado por el artista para explorar qué posibilidades tiene en el presente y en nuevos materiales. La simpleza original de las fortalezas renacentistas y su posterior complejización formal, puede leerse entonces como el aumento en las capacidades técnicas de las sociedades que las crearon, que pudieron extender sus construcciones en terrenos cada vez más irregulares, lo que a su vez de cuenta de mayores urgencias a la hora de resguardar el espacio habitable. Como si el temor a la invasión y el saqueo fuese un costo inseparable de los mayores recursos tecnológicos disponibles.

La indagación posterior que realizó Rafael en los diseños de rejas y estructuras disuasivas en Santiago, dan cuenta de una persistencia de este proceso evolutivo y estético de apropiación de un espacio, pero introduce además un importante factor cultural con sus respectivas consecuencias políticas. La proliferación en las últimas décadas de figuras cuya función es la amenaza de expulsión de un espacio, da cuenta de cómo el espacio que vale la pena defender pasó de ser la ciudad completa al propio hogar, como señal de un creciente individualismo promovido y forzado por decisiones políticas específicas, como el diseño de un sistema económico en que no hay sociedad, sino solo individuos y sus familias.

Esta transformación del paisaje urbano está anclada en la memoria de quienes hayan vivido los cambios políticos y económicos del último tramo histórico. Así, la infancia en barrios donde las rejas eran más un estorbo para las permanentes actividades comunitarias en vez de una protección sobre la propiedad, que por entonces podía ser bastante escuálida, dio paso a un presente en donde los televisores nuevos se pagaron no solo con largas cuotas, sino también con separar a la vivienda de su entorno, convirtiéndola en una pequeña fortaleza ahora amenazante para los mismos que antes fueron compañeros en la supervivencia diaria.

El trabajo pictórico y escultórico de Rafael Guendelman ofrece entonces la posibilidad de trazar una genealogía de las formas destinadas a la demarcación del territorio, con la capacidad de aislarlas para que, desprovistas de su uso cotidiano y desde una apreciación estética, nos puedan develar qué camino han seguido hasta llegar a nosotros, y si tenemos alguna opción de prescindir de ellas.