Hoy se celebra un nuevo aniversario del triunfo de la oposición en el plebiscito de 1988 en el contexto de una crisis de representación de interpretaciones variadas, pero de una magnitud por todos reconocida, sin una clara salida para la vieja elite política protagonista de la transición y de oportunidades no evidentes para las nuevas fuerzas emergentes.

El ritual, ya por todos conocido, de autocomplacencia y bravuconería de los próceres del retorno a la democracia estará matizado por la, cada vez más, escasa tolerancia de quienes fueron excluidos en aquella época, de quienes han sido sistemáticamente excluidos desde entonces e inclusive de quienes, sintiéndose parte de un proyecto político con voces democratizadoras fueron dándose cuenta, más tarde que temprano, que las grandes alamedas no serían realmente abiertas o, al menos, no para todos.

El desenvolvimiento de la Concertación luego del triunfo en el plebiscito es mostrativa de lo que sería su relación con el mundo social durante sus gobiernos venideros; pese a la participación masiva, tanto en la campaña previa como ese día al pie de las urnas a lo largo y ancho de todo el territorio nacional, el proceso se condujo de manera estrictamente cupular, aceptándose por parte de las dirigencias políticas las propuestas de reformas constitucionales que eran apenas un barniz superficial sobre una carta magna que configuraba un tipo de democracia absolutamente restrictivo para las mayorías, plenamente funcional a una forma de Estado diseñada específicamente para proteger los intereses de la inversión extranjera y los privilegios de la pujante burguesía nacional engendrada durante la dictadura.

Digo que es mostrativa porque fue en ese escenario institucional en el que el gobierno de Aylwin maniobró los destinos de nuestro país, bajo una tesis de gobernabilidad que en lo discursivo se pretendía a sí misma como el gobierno de todos los chilenos, pero que en los hechos solo administraba y hegemonizaba un modelo fraguado en el autoritarismo. Los pilares de esa gobernabilidad eran la paz social (que imponía una espera indeterminada a las demandas sociales más relevantes, al menos hasta que la democracia se consolidara), el consenso político (que implicaba una negociación permanente entre el duopolio) y el crecimiento económico (reconocimiento del modelo neoliberal en la economía y del empresariado como sujeto más importante en la misma). Con esa hoja de ruta es posible rastrear y entender el despliegue de la Concertación en temáticas claves. La gobernabilidad fue la excusa racional autoimpuesta para desestimar un sinfín de reivindicaciones emanadas desde la sociedad, a saber; la búsqueda de verdad y aplicación de justicia en las violaciones a los derechos humanos, la revisión del desmantelamiento de las empresas del Estado durante la dictadura, la modificación de la Constitución de 1980, políticas de redistribución de la riqueza, las demandas de los trabajadores (que contaban y cuentan incluso con presencia importante de dirigencias concertacionistas).

Aquella camisa de fuerza se transformó en un traje a la medida para una Concertación que buscó con más afán el beneplácito y la confianza empresarial, amparada en una forma de comprender a la economía tributaria del pensamiento neoclásico y puesta en un altar con ocasión de la renovación socialista, que realizar la tarea histórica que se planteó a sí misma en el retorno a la democracia. Este gatopardismo los llevó a inventar la idea de que la Concertación tiene dos almas cuando solo tuvo, y tiene hoy bajo su nuevo formato de Nueva Mayoría, un alma e infinitos disfraces.

Con la facilidad que da la perspectiva del tiempo, podemos ver los efectos que ha tenido sobre nuestro país la permanencia de una institucionalidad excluyente de vastos sectores sociales, la crisis de representación se hace sentir en las encuestas y en las calles, pero este escenario no está libre de dificultades para las fuerzas emergentes. Impone la responsabilidad de tener un proyecto político capaz de forzar el desmantelamiento de la institucionalidad vigente no apostando al puro cambio de nombres en su administración sino de redirigir los intereses a los que sirve, y ser capaces de interpretar el malestar y el desencanto con la clase política, dándole articulación y expresión por fuera del duopolio transicional y por sobre los estrechos marcos en los que su política ha circunscrito el ámbito de lo posible.

El pacto de la transición hará lo que siempre ha intentado hacer con más o menos éxito; erguirse con su disfraz progresista (Guillier) o su disfraz de estadista (Lagos) para administrar el malestar y asegurar la permanencia del modelo que lo produce y que tantos réditos ha dado a la alianza político-empresarial que lo sostiene. Espero, que esta vez, no solo digamos no; tomemos por mano propia la transformación.


Militante del Zonal Sur del Movimiento Autonomista.