La editorial Catálogo, de Viña del Mar, ha publicado recientemente el libro Sublevarse, una entrevista inédita a Michel Foucault realizada en Irán en agosto de 1979. Soledad Nivoli, traductora de la entrevista, entrega en el prefacio algunas directrices sobre la relación de admiración que Foucault mantuvo con el proceso de resistencia y sublevación que se vivía en Irán desde 1978, y a propósito del cual Foucault advertiría a sus pares y a la opinión pública de ese entonces que no significa “abandonar la posición de intelectual específico el hecho de decir: yo, como gobernado, estimo que hay ciertas cosas que un gobierno no debe hacer jamás”.

 Según Nívoli, “Las voces iraníes lo impresionaron y entusiasmaron –lo llenaron de admiración–, le recordaron lo que Occidente había olvidado y le ofrecieron algunas directrices con las cuales trazar líneas posibles de análisis que lo posicionaran “a la altura” –ni muy por encima ni muy por debajo– de los acontecimientos. Una de esas directrices fue la del desborde que la noción de «sublevación» produjo sobre la «revolución», categoría politológica de la modernidad que al arrastrar una serie de nociones (partidos, organizaciones, liderazgo, representación, etc.) intenta domesticar, antes que interpretar, lo que una experiencia tiene de irreductible, llegando hasta el punto de prescribir el orden y el sentido de su manifestación y su despliegue. Esto aparece, por ejemplo, cuando Foucault sostiene que el concepto de revolución («la era de la Revolución») vendría a reducir aquel irreductible que el concepto de sublevación pone en evidencia. En este sentido, no sólo los conceptos se ven sobrepasados, sino también las tradiciones teórico-políticas occidentales que los sostienen.

La segunda directriz se relaciona con la situación paradojal que instaura la sublevación con respecto a la historia. Para Foucault, las sublevaciones pertenecen a la historia, pero como aquello que se le escapa y que la sobrepasa. ¿Qué significa escapar a la historia perteneciendo a la historia? Escapar a la historia es, por un lado, poder sustraerse al concepto de progreso; por el otro, resistir a una opresión o, como dirá Foucault oportunamente, la voluntad decisoria de no ser gobernados de un modo determinado. Pertenecer a la historia implica a la sublevación como hecho, el hecho –dice Foucault– mediante el cual «la subjetividad […] se introduce en la historia y le da su aliento». Al respecto, Foucault moviliza la noción de momento, que desborda a la historia, pero que a su vez introduce en ella otra temporalidad. Por otra parte, ese momento que viven los iraníes cuando resisten al poder, invertiría el sentido de una cierta paideia histórica: en lugar de ser Occidente el que propone el modelo procedimental y explicativo de las etapas de la revolución, es el movimiento iraní el que enseña a Occidente lo que éste habría olvidado: el desborde de la espiritualidad por sobre la política. Por eso, para Foucault, este momento vuelve a articular dimensiones que el pensamiento occidental había separado: la religión, la política y la historia.

La tercera directriz surge de la anterior. Si lo que sucede en Irán no es la revolución en el sentido occidental, sino un movimiento singular que desborda los conceptos de revolución y de historia, esto repercute en el trabajo concreto del intelectual, constriñéndolo a prescindir de su aparato teórico preconcebido. Para esclarecer esto, Foucault subraya la oposición entre «intelectual estratégico» e «intelectual anti-estratégico». Estratega sería aquel que actúa en nombre del bien común desestimando singularidades o el que habla de una situación particular desestimando principios generales. La tarea del intelectual debería oponerse a lo anterior y ser por ello anti-estratégica, es decir, resistir la tendencia a la desestimación en favor de una atención que Foucault caracteriza como «acechar por debajo de la historia» y «velar detrás de la política». «Acechar debajo de la historia» se traduce aquí como respeto por la singularidad, lo que a su vez significa escuchar las voces de la sublevación que rompen y agitan la historia, mientras que «velar detrás de la política» significa prestar atención a lo que puede contrarrestar los excesos del poder.”