Ahí van los viejos arrastrando las bolsas, el calvario y los suplicios. Revelando en cada paso defectuoso las interrogantes de su vejez expoliada: ¿volver a la miseria o inmolarnos con este cuerpo consumido ante la pálida inminente y silenciosa?

Allí van de donde vienen. Saqueados y moribundos hasta expirar. Allí van quejándose de la nefasta circulación que les mantiene atascados en esta pobreza miserable que ha vuelto o ¿quién sabe? jamás se había ido…  Ahí van intentando reestablecer la vejez que les fue robada, negociada, quebrantada,  transgredida, desmantelada y comprimida. Ahí van quedándose con el vuelto de la pensión grotesca e incompleta, porque la paga entera nunca se acercó por estos terrenos borrascosos y frágiles que habitan los ancianos; jamás se insolentó a darse una vuelta por la oscuridad enclenque y verdadera de la longevidad chilena.

Ahí van los viejos con sus reumas, con su diabetes, con ese colesterol mudable y amenazante; ahí van con las transaminasas altas, el hígado en desventaja y la incontinencia llorosa de sus caderas fracturadas. Allí  se encuentran todos  con la memoria resquebrajada, la prostatitis o la ceguera gradual que les priva, exultante,  de la perspectiva y los paisajes. Ahí van con la circulación de un tráfico obstruido por el acaudalado fachendoso de comarcas y jornaleros. Sí, ahí van los viejos mirando, desde esta vereda, la riqueza extrema del otro lado, del otro país después de todo; la comodidad y calidad de sus sillones, el fulgor cuico de chimeneas y radiadores señorones.  Por esa otra vereda, caminan también  los otros viejos, esos de botox y cirugía, creyéndose el cuento de la eternidad, aunque, inevitablemente, y del mismo modo, verán  su existencia pulverizarse en el sarcófago descompuesto de su rapacidad  tiránica.

Por este lado están los nuestros, los de los descuentos, préstamos e intereses, los del negociado infame cuyos beneficios van derechito hasta ese ser rastrero y nostálgico de la dictadura,  al pelota que se subió contento a la caravana mortal permitiendo tal negociado  y cuyas consecuencias se implantan hoy  en los huesos desvencijados de la pobla ochentona de este Chile cuentista e infractor.

Ahí van mis abuelos, los tuyos, los de todos. En esa bolsa de plástico decadente llevan consigo las sobras, lo que alcanza, lo que pudo llegar porque el resto permanece atascado en la abadía pituca y urbanizada de las casitas enclavadas en la cordillera fría de la indolencia. Aquello que contiene la bolsa, seguirá perteneciendo al más listo, al asesino que continúa matando de otro modo, al que anda suelto con su risa inaguantable de encías y blancura dental.

Ahí van, apenas,  los viejos; cojeando, suspirando y mendigando el oxígeno para pasar la tarde; allí se van quedando mientras los poderosos y aquellos que se creen poderosos porque la ley a su antojo se los permite, permutan sus ideas con un café delicioso, galletas inglesas, tortitas castizas y flatulencias de aroma francés o neoyorkino.  Sí, así, en un juego repugnante de intereses, fondos ventajosos, positivo y provechoso para todos quienes negociaron y se vendieron devotos al poder cuando llegó una nueva dictadura, renovada y disfrazada de democracia. Sí, para todos ellos quienes –traidores- celebran hoy el esplendor económico en sus mansiones de hormigón armado, impidiendo que  el nonagenario rotoso y hambriento entre  pordioseando un par de chauchas más para acercarse, como perro hambriento tal vez, a lo que algunos pensaron era la dignidad prometida por los gobiernos que sucedieron al dictador.

Ahí van los viejos con el bastón amigo que les impide caer de hocico en el fango de esta desgracia apoyada por  gobiernos silenciosos,  cómplices y suscritos a tal parricidio. Ahí va mi madre anciana, sostenida por mis chauchas solidarias porque las suyas, las que debían acompañarla hasta la muerte, se echaron el pollo en esta ruta sólo ventajosa para quien organiza y determina en el poder administrativo.  Aquí la tengo a mi lado, claudicada a la tristeza a pesar de mis cantos y poemas al aire, absorta en la desdicha crónica de un país túrbido, incierto y mosqueado. Esperar la muerte de otro modo pudo ser hermoso, me dice; y se queda  mirando el extenso mar desde su ventana destartalada…

Sí, señores, es extraño vivir con los olvidados cuando los tienes al costado, con los abandonados a la suerte de esta consigna genocida que tortura de otro modo, inyectando a la pobla estas pensiones infames que aniquilan -con astucia comercial-  lo que les  queda de  vida.  Aquí caminan los mayores,  mentidos y estafados, disgregados en la chapuza asquerosa de esta reflexión tan eterna como angustiosa.

Por ahí transitan los abuelos, decayendo en este precipicio de lucro y transacciones el cual, finalmente, se los embuchará continuando con su labor terrorífica de no proveer de dignidad sus últimos años de vida. Por las calles de este país camina Alicia Morales,   profesora que durante 35 años dedicó su vida enseñándonos a  tocar el cielo, enseñándonos a respetar y admirar al prójimo y que hoy limosnea en Copiapó,  tal vez a aquellos mismos  monstruos cuya ecuación actual la exilia de una vejez honrada y decorosa.  Ahí va Juan, el pescador nortino de mares privatizados que, además de vivir con el mínimo de una pensión ínfima, tendrá que aceptar que le sobra vida cuando se le acabe la mensualidad taimada que determinaron los dueños de su bolsillo. Ahí van esos viejos, pensando y repensando que el suicido tiene más sentido que esta muerte asistida de legislaciones mitómanas y espontáneas. Ahí van todos, a otro país, a un nuevo terreno al que debemos acostumbrarnos porque los señores hablan bonito, porque los presidentes y presidenciables hablan bonito y porque los diputados y senadores adornan su homilía televisada  endomingando más y más la palabra para hacerse los desentendidos con esta desgracia de la que son doblemente responsables. Y porque los imbéciles que ovacionan son miles y miles…

Pero también  andan los mafiosos y culpables por ahí,  con fuerzas reconstruidas, en complicidad con la justicia enviciada, recolectando, peso a peso,  la desvergüenza de su hazaña legal, convenciendo al tonto que aplaude esa legalidad pactada; legalidad, no olvidemos, gestada  en el desecho ideológico de un sistema genocida y sectario. Aquí los tenemos, a diario en la televisión, el en periódico, en la radio, en la risa y en la farándula infinita de la frivolidad televisiva. Sí, ahí, sentados con el voto ignorante de quien no quiso ni aprendió a leer, de ninguna manera aprendió a leer. Ahí sonríen a destajo, en el marketing de audiencias que aplaude su ficción y olvida su patraña bajo el alógeno que oculta sus nexos con los poderosos de un país en tránsito hacia el asco diario y absoluto.

Allí está el delincuente luciendo su corbata tornasol, expulsando sus premisas ladronas, sus predicados adversos que, a diario y a cada segundo, contamina más el pecho obstruido de nuestros viejos desahuciados. Ahí permanecen, sentados en su cetro de belleza económica, en su cojín obeso de ganancias. Cojines cuyo relleno no es otra cosa que paros cardiacos, hambruna, deficiencias renales, osteoporosis, soledad, rabia, desconsuelo, artritis y otros amigos del empresariado, convenientes y  necesarios para obtener su macro fiesta desacreditada de impudencia, billones y despilfarro. Ahí van los mentirosos, los que defienden el modelo, los que convencen al público televisivo (baboso de tetas, concubinas, erecciones y otros contenidos) que matar a quien sobra es lo normal en un sistema repulsivo que prioriza la competencia por sobre el respeto. Ahí están buscando apoyo con palabras nuevas en  regiones ingenuas, desesperados  ante el inminente ajusticiamiento de un pueblo cansado, flagelado y falsificado. Ahí los vemos ir y venir del extranjero con modernos discursos, con intentos fallidos al pregonar, en su elocuencia fascista,  que la necesidad de un viejo hambriento es inviable en su apreciada hoja de ruta económica. Ruta con un sello oficial de crímenes, persecuciones, desaparecidos, exilio, ejecuciones y otras gestiones administrativas de años atrás…

Sí. Ahí van nuestros viejos con toda nuestra conmoción en aquellas bolsas desfallecidas. Lo que les queda de memoria a estos viejos, impulsará el último balance inmunológico para recibir  la muerte como dios quiera y no como mandan ellos. Rodeando  cualquier mesa se sientan a recoger los residuos de un sistema tan infame como maldito, tan obsceno como inaguantable, tan vulgar como mugriento, tan verdugo como criminal…. Sí, ahí se juntan los viejos a parlotear y a insistir en soñar -a pesar de que no les quedan años-  con otro Chile posible.  Nada más hay que deshacerse de los reptiles que engullen movimientos y generaciones nuevas, hay que limpiar las esquinas y desinfectar las administraciones, hay que suministrar antibióticos para desatascar las arterias de esta tierra trepidante; hay que sacrificar, asfixiar, envenenar y linchar aquella idea neoliberal de que algunos seres humanos sobran…

Los viejos se van a la cama sin saber si el invierno les jugará una mala pasada, dispuestos a iniciar el viaje de retorno a la ausencia o al punto que su fe establece para el descanso. Morir será, probablemente, la mejor de sus preferencias. En la muerte ni sorpresas ni miserias ni tristezas ni promesas, porque en esta vida chilena, ser viejo significa la ruptura con  la dignidad, el respeto, la belleza y la historia…

Los ancianos duermen con la esperanza de deambular en un sueño benévolo,  mejor que esta pesadilla chilena de  nunca saber si será la amargura, el  hambre o la mentira lo que  acabará, después de todo,  con el latido de sus corazones.

 


Actor, director y dramaturgo teatral.