Dice la prensa que la obesidad infantil en Chile ha aumentado de manera vergonzosa y con ella la tasa de morbilidad, es decir, de niños candidatos a adquirir enfermedades derivadas de la gordura. Un dato brutal que corrobora y complementa lo que vemos en la calle todos los días en la población juvenil y adulta. La obesidad es el paisaje de nuestras calles. Obesidad extrema, mórbida, que castiga principalmente a las mujeres y a los sectores  sociales más o menos recientemente “salidos de la pobreza”. La obesidad tiene marcas de clase y de género.

Cuando el capitalismo nacional comenzó a ampliar el porcentaje de integrados al “desarrollo” lo hizo a través del consumo, entre ellos el de alimentos. Unió progreso, desarrollo económico  y consumo. Consumo de signos distintivos y consumo de objetos, entre ellos la comida. La comida se alejó de su valor de uso, la nutrición, es decir, excedió su capacidad alimenticia; se ahuecó, se hizo leve nutricionalmente y pesada organolépticamente. El azúcar en sus variadas expresiones  ocupó un lugar central en la dieta nacional y hegemonizó los sabores posibles. Proliferaron cafeterías,  pastelerías y minimarkets que ofrecen una y mil formas de harinas refinadas y azucaradas y uno y mil “productos de impulso” en todas las variedades de envases contaminantes. El azúcar se ha hecho omnipresente, invasivo, cercando las posibilidades alimenticias de los chilenos y comprometiendo seriamente su salud.

El azúcar refinado aporta calorías, pero calorías que los nutricionistas llaman “vacías”,  o sea, pura energía sin vitaminas ni proteínas. Muchos alimentos son emulsionados, es decir, batidos de agua y aceite recubiertos por colores y sabores artificiales endulzados con azúcar y otros aditivos, sin referentes directos en la naturaleza: simulacro desnudo. Paralelamente, los productos naturales, de huerta, perdieron sabor, aroma y biodiversidad debido a formas de cultivo industrializadas y deslocalizadas, apoyadas por los tratados de libre comercio, a los cuales los gobiernos de la “Transición” han sido y son tan aficionados. La dulzura y la alegría de la fruta fresca es reemplazada por frutas insípidas y tristes.

La obesidad tiene marcas de clase, decimos, pero éstas son cambiantes. Tiempo atrás, la delgadez exterior y  la desnutrición interior eran signo de carencias y, por el contrario, cierta gordura significaba abundancia y salud. Desde hace algunos años la obesidad significa exceso y más que probable enfermedad en el corto, mediano o largo plazo, tensionando la norma estética de la delgadez extrema.

En Chile, la obesidad visible es, principalmente resultado de la movilidad social llamada ascendente: la obesidad de los “emergentes” y de los “emergidos”. De los recién llegados a la mesa del consumo, que, a través de su cuerpo excesivo, siguen mostrando, no obstante, su origen de clase. Para ellos, el acceso a la alimentación se produjo a través de la democratización de la comida basura. Y por tal cosa debe entenderse gran parte de la comida industrializada cuyo punto culminante son los platos preparados, no sólo las hamburguesas y pizzas,

Los pobres y los, momentáneamente, ex-pobres engordan porque comen basura salada y endulzada en exceso, con grasas saturadas en platos que cada vez más no preparan ellos mismos. A la pérdida de soberanía alimentaria de los pueblos y culturas, es decir, la pérdida de la capacidad de tener alimentos nutritivos, accesibles y producidos de forma sostenible y ecológica, controlando las semillas y resguardando las formas de cultivo tradicionales, se agrega la pérdida de la “soberanía culinaria”, es decir, del derecho y la capacidad cocinar los propios alimentos dentro del espacio doméstico, haciendo uso de los ingredientes y de la imaginación propia, actualizando así la herencia gastronómica familiar y local. La producción de los platos preparados se dirige  a borrar los saberes y los sabores culinarios de la población causando creando dependencia un enorme perjuicio a la salud y al bienestar colectivo. La industria del “procesamiento de alimentos” normalmente usa “mucha más azúcar, grasa y sal y utiliza nuevos ingredientes que rara vez se encuentran en nuestra despensa para hacer que los alimentos duren más y se parezcan más frescos de lo que realmente son. Por este motivo, no debe sorprendernos que el declive de la comida casera hay provocado un aumento de la obesidad y una serie de enfermedades crónicas vinculadas a la dieta” (Michael Pollan). La combinación de trayectorias de clase, manipulación publicitaria de impulsos, horarios laborales que bloquean la preparación domestica de alimentos y sedentarismo ha creado una mezcla tóxica de que atenta contra el bienestar del cuerpo y la mente de las mayorías.

El capitalismo es una máquina de ganancias para sus dueños que funciona tanto por exclusión como por inclusión. La mayor parte del tiempo ha funcionado segregando y expulsando del consumo a partes importantes de las poblaciones mundiales. Pero un buen día descubrió que se podía ganar dinero con los pobres a través de la inclusión. Se crearon los “mercados de pobres” mediante el endeudamiento masivo. El negocio del retail se convirtió en la fachada de un negocio bancario obscenamente millonario, valga la redundancia. Se transformó, con el apoyo inestimable de políticas públicas “focalizadas”, la miseria en pobreza endeudada y precarizada. Estar incluido significa ahora tener tarjeta de crédito, es decir, deberle algo a alguien.  Importantes segmentos de la población pasan de la carencia a la abundancia por deuda.

La deuda permite un sobreconsumo en relación a los ingresos reales. En Chile las deudas son también de alimentos. En la misma tarjeta de supermercado se incluye el pago a plazos de ropa, gadgets, electrodomésticos etc. y… comida. Microcréditos de consumo, es decir micro-servidumbres que in-visibilizan el gasto y atan a los individuos a obligaciones de devolución de por vida. La comida entra en el circuito de la deuda, se financiariza.

Un modelo social basado en la deuda crea dos posiciones y dos sujetos asimétricos: el deudor y el acreedor. Uno sin poder  y  el otro con poder; uno organizado y el otro desorganizado; uno ganador y el otro perdedor. La pérdida de soberanía alimentaria y culinaria es parte de un mismo proceso de pérdida de soberanía sobre el propio cuerpo y, a su vez es parte de una pérdida de soberanía política y de desposesión generalizada. La deuda no niega pero obstruye la posibilidad de desarrollo de subjetividades emancipatorias: debilita a los sujetos, les hace perder autonomía y capacidad de  imaginar y participar en la construcción de otros futuros posibles. Desestabiliza y relativiza sus posiciones de clase.

En la Roma antigua las guerras imperiales movilizaban a campesinos que cuando regresaban a sus hogares  se encontraban con sus cosechas perdidas por falta de cuidado.  Entonces “no tenían más remedio que pedir préstamos para sobrevivir y volver a sembrar, normalmente a aquellos de sus vecinos más ricos ofreciendo como garantía su casa y su tierra”. Es decir, se endeudaban, quedando así “anexados”. Este tipo de contrato se llamaba nexum. Como sucede hoy, muchos no podían cumplir los plazos para devolver el capital y perdían su tierra. Se veían obligados a hacer prestaciones en trabajo a su acreedor. Nace la esclavitud por deudas, hasta hoy.

La deuda es pérdida de libertad. Por este motivo, la recuperación de todas las soberanías perdidas requiere, entre otras cosas, cortar con los nexums, es decir, con los contratos de endeudamiento salvajes que des-posesionan, enajenan y favorecen todo tipo de servidumbres. Éxodo, ruptura, desvinculación, migración desde los territorios de la deuda y sus constricciones para explorar nuevos territorios políticos y alimentarios. Recuperar el control sobre el cuerpo y sobre lo que comemos. Explorar nuevas radicalidades: la radicalidad de los mercados de cercanía, de los de trueque, de los  huertos familiares, comunitarios y escolares. Recobrar el control sobre las semillas. Recobrar los sabores contenidos en los propios alimentos, experimentar y recuperar la capacidad antropológica de prepararlos. Aprender e intercambiar conocimientos culinarios entre iguales, dar la espalda a los acreedores: esa es la radicalidad, aquí y ahora, que la época y sus urgencias necesitan.