“En el Norte de Chile ya hay coyotes, trata de personas y tráfico ilegal de inmigrantes”, advirtió la socióloga María Emilia Tijoux, durante el lanzamiento del libro “Racismo en Chile. La piel como marca de la inmigración”. El texto reúne las ponencias de un seminario realizado en abril de 2015. Tanto el libro como el encuentro nos alertan sobre algo preocupante: “en Chile somos racistas, incluso sin saberlo”, señala Tijoux.

La socióloga aclara que los orígenes del racismo se vinculan a la esclavitud. “No es que el racismo surja, sino que hay una historia de esclavitud, en la cual nadie hablaba de racismo, porque a los esclavos no se les consideraba personas, sino objetos que eran parte del intercambio económico”. Sin embargo, estuvieron mucho más presentes de lo que se reconoce.

-En el libro se cuenta que la población negra en Santiago, a mediados del siglo XVII, alcanzaba el 20 – 25% del total de habitantes. ¿Por qué se desconoce esta presencia?
La historiografía no ha dado cuenta de su existencia y las ciencias sociales se han ocupado de una manera marginal. Hay una ausencia de la figura del esclavo en la historia y el imaginario chileno, pero hay datos que demuestran que hubo una presencia negra en Chile y que además esa sangre corre por nuestras venas. El 2,7% del ADN chileno promedio es rastreable a África, según estudios genéticos de la Universidad de Chile.

-¿Cómo se desarrolló la campaña de blanqueamiento racial en Chile?
Durante el siglo XIX, cuando el estado nación chileno se constituyó hacia un desarrollo -desarrollismo diría Salazar – se posicionó la supremacía del hombre blanco. Entonces aparecieron los distintos textos de Nicolás Palacio, Pérez Rosales, Bilbao, Vicuña Mackenna, entre otros, que planteaban la necesidad de blanqueamiento. Además, se generó una propaganda que publicitó a Chile como el país que más se parecía a Europa y una suerte de invitación que funcionó. Y se vinieron a Chile inmigrantes austriacos, alemanes y también italianos, españoles y franceses, pero no en las mismas condiciones. Todos vivieron crisis en Europa. La gente llegó sin nada, pero el Estado les proporcionó tierras, dinero y herramientas para cultivar. Querían blanquear la raza. Eran inmigrantes, pero blancos, altos y con la marca de Europa. Entonces, la inmigración nunca se planteó como un problema.

No todos los inmigrantes son inmigrantes

Si bien es un fenómeno social y mundial, presente en todas las épocas, Tijoux señala que en Chile “la inmigración aparece como un problema a partir de los noventa”. Además, “no todos los inmigrantes son inmigrantes. Cuando hablamos de ellos, hablamos de seis países: Perú, Bolivia, Colombia, Ecuador, República Dominicana y Haití. No hablamos de argentinos ni ingleses o japoneses. Las personas de estos seis países son vistas por algunos como elementos peligrosos y resulta que están trabajando para nosotros”.

La académica propone “poner en tensión a un concepto que no sirve porque decir ‘inmigrante’ es decir xenofobia y racismo.” Además, es necesario considerar la otra cara: la emigración. “Los sectores más empobrecidos, abandonados y dejados de lado por sus propios estados son los que emigran”, precisa.

Tijoux apunta que el color de piel se ha constituido como una “marca de inmigración, una marca que marca, negativa o positivamente”. Y es que en Chile “todos, con nuestra sangre indígena y negra, queremos ser blancos. Tenemos que estudiarnos a nosotros también”.

-¿Estudiar cómo lo estamos recibiendo?
No, eso es lo de menos. Hace falta mirarnos al espejo y hacer una retrospectiva de nuestra historia. ¿Quiénes somos? Y ese ejercicio no se ha hecho. El recibirlos es la última parte. Por ejemplo, es necesario analizar lo que les hemos dicho a los niños. Como dice la canción de Rubén Blades: “No juegues con niños de colores extraños”. ¿Cuál es el color extraño? ¿Por qué hay un lápiz color piel? ¿Qué significa que la piel sólo es rosada? Que toda la piel oscura no es humana y es animalizada. Y aparece lo salvaje, erótico, peligroso. También ahí se ha colocado a los pueblos originarios, en los lugares de lo incivilizado.

-¿Cómo se debe abordar esta problemática?
Necesariamente tiene que examinarse de manera interdisciplinaria. Por ejemplo, la geografía: ¿En qué barrios viven? ¿No serán ya barrios de inmigrantes? Antes fueron barrios pobres donde vivían los inmigrantes internos, que venían del campo a la ciudad. Entonces se cruza la cuestión de la “raza” –entre comillas porque la raza no existe, así lo declaró la Unesco en 1951– con clase social, nación, etnia y género. Por ejemplo, la mayoría de las mujeres negras lo pasan muy mal en Chile, sobre todo si llegan solas. Y se le cierran todas las puertas de nichos laborales que ya son precarios. Hay un mercado de cuerpos para explotar, maltratar, aniquilar, insultar, humillar. Eso se llama racismo, con varias acepciones.

Educación contra el racismo

“Hemos descubierto miles de cosas y cada día descubrimos más de lo que somos capaces de hacer”, señala Tijoux para referirse a las formas que adquiere el racismo. “Racismo directo, biológico, sobre el color, que es el más extremo e implica humillaciones, gritos, violencia física; hasta el más suave, que es el que se supone que menos se nota: la mirada de desprecio, el no atenderlos en las instituciones, el hacerlos esperar, el pasarse por delante de la fila, el mirarlos de reojo, el apuntarlos con el dedo”, detalla.

Para enfrentar esto, junto a un equipo multidisciplinario, la académica ha trabajado en la iniciativa “Contra el Racismo nos educamos”, la cual busca erradicar, entre los estudiantes chilenos, los discursos y prácticas racistas.

-¿Cómo ve el panorama actual?
Creo que el problema de los desplazamientos y los desplazados pobres del mundo es cada vez mayor. Después podríamos ser nosotros. No sabemos lo que va a pasar con las crisis. Y en crisis hay países como Chile que no les ha ido tan mal, por lo tanto, se necesitan más trabajadores y personas que hablen distintos idiomas, que también puedan ser profesores. Hay una cantidad importante de educadoras de párvulo que vienen de estos seis países que están trabajando y son muy buenas. No es que las chilenas no lo sean, sino que ellas traen consigo otras cosas que nosotros no tenemos, riquezas históricas y culturales.

-¿Cuál es la relación de los niños con esto?
Antes de los cuatro años está comprobado que los niños no hacen diferencia por color. Se les enseña. Pero si vamos a una juguetería, ¿cuántas muñecas negras venden? Hay que ir a determinados barrios o al norte y se encuentran algunas. Es bueno darle un giro a esta mirada, porque el otro no es otro sin mí. Alguien le dijo que era otro. ¿Quién se lo dijo? Viajamos a otro país y está lleno de otros. Entonces no puede ser, parece que la otra soy yo.

-¿Cuáles son las tareas más urgentes?
Varias cosas. Si bien no resuelve todo, es urgente una ley por lo menos para disminuir los abusos y organizar mejor las cosas. La ley está durmiendo. Lo que existe es un decreto ley del ’75 bajo Pinochet. Pero la ley no resuelve el racismo. Lo segundo es educación, pero no en términos generales, sino una educación contra el racismo y desde el preescolar. También es necesario informar y capacitar a los funcionarios de las instituciones, cursos obligatorios en las universidades, a los trabajadores sociales, psicólogos, educadores, profesores. Hay racismo porque hay fronteras y porque la gente va a seguir llegando. Además, se necesita mucha investigación y centros de acogida laicos. Y se puede hacer mucho más.

*Publicado originalmente en Revista Multiverso.