Lleva varios días en Valdivia junto a su equipo, preparando todo para el estreno de “Mala Junta”, su primer largometraje. La cinta cuenta la historia de Tano, un niño de 16 años que, tras cometer un delito, es enviado a vivir al sur junto a su padre. Ahí conoce a Cheo, un joven mapuche. A través de ambos se muestra una historia atravesada por los prejuicios que aparecen ante todo, y que ambos se ven desafiados a enfrentar.

La película es parte de la competencia nacional del festival y se estrena mundialmente en esta ciudad. Cercana a Lawan, la comunidad a la que pertenece Claudia, durante estos días ha aprovechado de ver el trabajo de sus colegas, destacando la valentía con que los filmes que participan en la misma competencia que ella, y que no temen tratar temas políticos, nombrando a “Pastora”, también de temática indígena, “El diablo es magnifico”, que ha sido definida como su director como un relato trans marica y torta, y también “7 semanas”, que desde la perspectiva de la mujer, trata el tema del aborto en Chile.

Encarnar las contradicciones de Chile

Claudia Huaiquimilla ha crecido entre Santiago y Lawan, comunidad ubicada en la región de Los Ríos a la que ella y su padre pertenecen. Se reconoce como mapuche y cuenta que toda su vida ha tenido presente los choques de serlo en un país que trata de blanquear sus orígenes. “Siempre lo tuve presente, pero me empecé a dar cuenta al ver que la historia que me enseñaban en el colegio no tenía nada que ver con la que me enseñaban en la casa”, explica. Educada en un colegio para señoritas, como ella lo llama, dice que siempre se sintió un contrapunto, partiendo por vivir el contraste con la crianza chilena, que percibe como exitista y acelerada, muy lejana a la del mapuche, que tiene que ver vincularse con el entorno, contemplar, y apreciar otro tipo de ganancias.

Cuando entró a estudiar a la Universidad Católica aún no sabía si quería hacer cine o periodismo, pues el plan común de comunicaciones permitía que la decisión no fuera urgente. Eligió el cine porque le resultaba familiar, mucho más parecido a los relatos que compartía su papá mapuche con ella que al frenesí del periodismo, respondiendo siempre a lo inmediato.

“En la Católica hay mucha discriminación. Por ser mujer, por ser mapuche, pero especialmente por un tema de clase social”, cuenta Claudia. Por eso, para ella poder dirigir fue una oportunidad, cuando un profesor apostó por ella, que ni siquiera sabía que realmente le gustaba la dirección. Escribir guiones y dirigir esa historias le dieron un rumbo claro a su pasión, pavimentando el camino que la hizo llegar a “Mala junta”, su ópera prima, galardonada en el Festival de Guadalajara con premios traducidos a recursos de posproducción, que permitieron que hoy, con la película recién terminada, se estrene en Valdivia.

-¿Cómo surgió “Mala Junta”?
Me he hecho esa pregunta ahora, que ya la terminé. Creo que fue primero una incomodidad frente a la realidad y también la búsqueda de los personajes. El primero es un chico del Sename y el otro es mapuche. Veía las noticias, por ejemplo de niños muertos dentro del Sename o la “justicia ciudadana”, cuando entre hartos golpeaban a un niño en medio de una plaza y mucha gente estaba de acuerdo. También cada vez que muere un niño pobre y dicen “bueno, un delincuente menos”. Todo esa deshumanización, sentir que no se piensa mucho en que ellos sufren las consecuencias de un sistema, de decisiones que nunca tomaron. Para mí tiene que ver con contar una historia acerca de estos niños que para muchos tienen un futuro sentenciado, lleno de aseveraciones súper tajantes, que a mí me parece muy fuertes. No tienen voz, están invisibilizados porque son un poco el lado feo de una historia. Yo quiero darles una voz, poner al espectador en los pies de estos niños. Tratar de ver qué sueñan y también cómo se sienten ante el juicio de los demás.

-¿Cómo te inspiraste para crear los personajes?
Creo que los realizadores siempre ponemos algo nuestro en las películas, sin que sea una autobiografía. Yo también viví mucho una frustración ante la vida, que la transmito acá. Por otro lado hay mucha investigación sobre la situación de los niños del Sename, o estudios de la Unicef sobre cómo viven los niños mapuche, si han sufrido discriminación. Esa misma discriminación que yo sufrí siendo una niña y una adolescente mapuche y que ahora me ha tocado vivir al pedir trabajo o buscar financiamiento para mis proyectos teniendo apellido Huaiquimilla. La historia se repite en todo Chile.

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Una cabra de mierda que busca la voz de los niños

La cercanía que tiene con el tema que está tratando le resulta fundamental. “Estos procesos son tan largos que si no tienes una conexión fuerte lo abandonarías rápidamente”, cuenta. Por eso canalizó la incomodidad que le provocaban las contradicciones de Chile en cine, explicando “mi mejor forma de expresarme no es la palabra ni la fotografía, sino que una mezcla de hartas cosas, armo un viaje emocional con el espectador para que vea lo que estos niños pasan a diario”, explica.

La frustración de saber que no calzaba, que daba lo mismo que se sacara buenas notas le dio una certeza: siempre iba a ser considerada un contrapunto, una niña con un ritmo distinto. Hija de madre chilena y padre mapuche, para ella los silencios eran tan importantes como lo que se verbalizaba en una historia. Todo eso la hizo desarrollar una porfía que perdura hasta el día de hoy. “Para mucha gente yo era una cabra de mierda, que no tenía futuro y no iba a llegar a ningún lado. Ese rechazo lo sentí mucho”, explica. La rabia de ser niña y que nadie te pregunte nada, que escriban tu futuro sin consultarte, o crecer en un contexto violento la ha hecho buscar las voces de los niños y niñas.

-¿Qué temas te gustaría seguir tratando como realizadora?
Mi nuevo proyecto está basado en el Sename también. Está basado en un caso real que ocurrió cuando un grupo de niños organizó un motín, y varios murieron. Más allá de todo lo que está pasando en el Sename, me interesa porque quiero pasar un poco de la deshumanización que los rodea, la gente se olvida altiro que son niños. Por el momento los niños me siguen interesando mucho. 

Claudia vive con especial impotencia ver cómo se criminaliza al pueblo mapuche. La militarización y el trato de los medios de comunicación no dejan ver un tema que para ella tiene miles de aristas. Para ella, un ejemplo de eso se puede ver en “Mala junta”, que se realizó en su comunidad. Quienes viven ahí se enfrentan a diario con las empresas forestales, porque quieren recuperar el árbol nativo que ellas están arrasando. “Ellos están matando nuestro territorio. Mucha gente juzga la violencia con la que responde el mapuche, pero sin reconocer jamás los años de dolor y de despojo que les han causado”, sentencia.