Disensos feministas de Alejandra Castillo busca suspender un lamento, aquél que hace por lo menos una década empezamos a escuchar en torno a un supuesto agotamiento del feminismo en América Latina, al develar sus implicancias e imbricaciones.

El título, Disensos feministas, no nos lleva a engaños. La materia del libro indaga la articulación entre política, feminismo y democracia, pero más que prescribir cuáles son o serían esas políticas feministas que desmentirían dicha afirmación, empieza por mostrar las triquiñuelas que la sustentan. Estas serían de tres niveles: teórico, práctico y metodológico.

A nivel teórico, lo que se evidencia es un desdoblamiento del feminismo maternal en una ética y una política del cuidado que no hace sino reforzar un lugar y unos atributos otorgados a las mujeres por el orden patriarcal y explotado ahora por el orden político hegemónico y ello además con el aval de cierto feminismo. De aquí surge una ecuación simple entre política y democracia en la que se culpa a la segunda de una suerte de atomización, por saturación, de la primera. Desde este punto de argumentación, la entrada de las mujeres en la política –entre otras voces que se han levantado pidiendo su incorporación–, sería no sólo la verificación de la promesa moderna –incumplida, para algunas y algunos, incompleta para otras y otros–, sino parte del mal que tiene a la política sumida en la apatía y la indiferencia. A mayor democracia menor participación, pareciera rezar la fórmula. Pero lo que ello no deja de explicitar es una disputa por la política que no es otra que una disputa por la democracia. Esta disputa se da en el orden de lo decible y de lo visible, pero también en el de la letra.

Dentro del segundo tendríamos la equiparación que ese mismo orden político hegemónico, sea en su versión elitista (que anuda minorías, corporaciones y expertos) o en su versión corporativista (que anuda mercado, corporaciones y excelencia), ha realizado entre políticas feministas y políticas de género, permitiendo con ello afirmar un supuesto agotamiento del potencial emancipador de las primeras. La pregunta ineludible aquí es ¿qué tipo de feminismo es ese que sustentan las políticas de género? O, dicho de otra manera, ¿responden las políticas de género a un orden feminista? ¿en qué medida las políticas de acción afirmativa, uno de los rostros que han tomado las políticas de género, son tributarias de las representaciones conservadoras sobre las mujeres? ¿qué alternativas pueden surgir de las políticas del cuidado? ¿en qué medida son o no una vía para la emancipación social? Vemos que se hace necesario, a partir de estos cuestionamiento, la insistencia en la distinción entre políticas feministas y políticas de mujeres.

En cuanto al método, éste refiere al orden de la lectura. Aquí habría dos formas de explicitar sus límites. El de una lectura sustentada en la recepción de ciertos postulados feministas en América Latina que oblitera los procesos de traducción. Es decir, aquel vicio de otorgar el carácter de universal a aquello que es resultado de un contexto muy específico (en la crítica que revisa Disensos feministas, se trata del contexto estadounidense que nutre los postulados de Nancy Fraser). Ahora bien, ello no significa prescindir de dichas elaboraciones. La ilusión nos llevaría a perder de vista que, por caso, Castillo misma teje sus criticas con Judith Butler, Joan W. Scott, Jacques Rancière y Geneviève Fraisse, pero también y en no menor medida con Julieta Kirkwood. De lo que se trata es de advertir las modulaciones, las configuraciones y las temporalidades que están en juego. El otro límite está dado por lecturas parciales, selectivas. Aquí la autora se refiere a la lectura que Verónica Schild hace de Fortunas del Feminismo, de Nancy Fraser, para señalar que, aunque Schild acierta en su crítica a la feminista estadounidense, deja impolutas, o mejor, asume las mismas tesis de Luc Boltanski y Ève Chiapello en las que se basa Fraser. Es como si una lectura que se dice descolonizadora invitara a “superar” los postulados de Michel Foucault, mediante la retórica de Pierre Bourdieu. Visto así el problema se reduciría, en el mejor de los casos, a exhibir las preferencias de lectura o, en el peor, a convertir los postulados de una perspectiva teórica en una moda académica que exige poner en cintura un juego retórico que vale sólo para algunas autoras o algunos autores.

El método de la autora apuesta, en cambio, por una lectura disidente que no es otra que una lectura atenta y a contrapelo, sin garantías. No es una invitación a abandonar la lectura de aquel cuerpo teórico que alimentó la modernidad, sino a la explicitación de las artimañas que se cifran en los atributos neutro, abstracto y masculino, pero también en la explicitación de la dimensión colonial que los acompaña. Caso contario, no estaríamos acaso alimentando la idea de un nuevo comienzo, reinscribiendo así una economía metafísica. Se trata más bien de una lectura feminista que abra esas zonas para inventar otros nombres, otros cuerpos y otras genealogías. En palabras de la autora, de lo que se trata, y en ello retoma a Kirkwood, es de un “feminismo del retraso de la letra. Un feminismo afirmado en el gesto moroso de leer y sobre-escribir la historia, la política y la teoría desde esquinas inesperadas” (13).

En suma, Disensos feministas es una escritura concisa, sin digresiones y sin atajos que incluso deja un gusto a poco. Sin embargo, quienes hemos seguido atentas y atentos sus últimas publicaciones vemos una suerte de encadenamiento entre ellas. Es decir, Disensos feministas, El desorden de la democracia, Imagen, cuerpo y Ars disyecta arman un solo texto (un programa) en el que se abren dos líneas: una indica los términos en que se ha pretendido equiparar mujeres y política a feminismo y política. La primera habla el lenguaje de los procedimientos, las cifras, las estadísticas y la excelencia; la otra, el lenguaje de la democracia, una democracia que sabe de disensos, de excesos y de igualdad. La otra es la línea que se abre hacia esas dimensiones olvidadas por las versiones clásicas, para el caso, la materialidad de los cuerpos, que la autora denomina corpo-política. Con cada publicación de Alejandra Castillo asistimos a un fragmento encadenado de escritura que inscribe un proyecto intelectual que interrumpe la comodidad de las posturas bienpensantes y lo políticamente correcto.


Doctora en Estudios Latinoamericanos, Universidad de Chile, Colectivo Communes