Muchas novelas, aunque tengan personajes inventados, requieren de una buena dosis de investigación. Y en Patria o muerte, Alberto Barrera Tyszka averiguó que la primera vez que Hugo Chávez habló en público fue a la edad de 12 años. La anécdota se remonta al humilde poblado donde nació, hasta el que llegó de visita un día el Obispo.  Todo el pueblo salió a recibirlo, entre ellos, el pequeño Hugo. El niño ya mostraba sus dotes histriónicas y oratorias de las que hizo gala con micrófono en mano cuando dijo su primer discurso en el homenaje a la autoridad eclesiástica. Con este pequeño trozo de historia que retrata a quien llegó al poder en Venezuela en 1999, junto a otros hechos y anécdotas más mediáticas y globalizadas, el autor fue trenzando una novela cuya escritura le obligó documentarse en profundidad mucho pero, sobre todo, empaparse en la historia reciente de su país para arribar a esa voz narrativa que le permite relatar una ficción de unos pocos personajes y que representa la realidad de millones.

En Patria o Muerte están la madre atemorizada y su hija, el periodista, su mujer y su hijo, junto al que ya se ha retirado de la vida laboral y preside la junta de vecinos del edificio cuyo sobrino activo colaborador del gobierno le ha dejado un celular con una grabación de Hugo Chávez. Todos ellos van dibujando una sociedad exasperada por la estridencia política, amedrentada por la violencia callejera y sacudida por una revolución que está cambiando el mapa histórico venezolano que tiene como telón de fondo a un cáncer que avanza en el cuerpo de Hugo Chávez. Una enfermedad que va contagiando los órganos internos del líder bolivariano y, a la vez, infestando a los órganos políticos y sociales de una Venezuela que se va consumiendo en una guerra silenciosa.

Cuando el autor dice que la llegada de Chávez al poder y con él la resurrección de antiguos sueños libertarios significó para la sociedad venezolana “una suerte de parque temático de los años sesenta. Por momentos, el país parecía el espacio donde sacar a pasear las nostalgias”. Porque así como emocionó a una audiencia católica a sus doce años, Chávez volvió a hacerlo frente a millones de compatriotas, esta vez evangelizándolos con un nuevo “modo de nombrar” que ya estaba en desuso, que “rescataba a Stalin y a la Unión Soviética, citaba a Mao Zedong, hablaba de Gramsci y a los intelectuales orgánicos”. La palabra empapada en esos discursos sesenteros volvieron a la vida y, de la misma manera cómo los estupefacientes adormecieron a los jóvenes hippies, la revolución chavista se convirtió para la sociedad venezolana en “una droga dura, una suerte de estimulante ideológico, una manera de regresar a la juventud”.

A través de historias mínimas de personajes de ficción junto a la épica de un líder controvertido, este autor muestra una atmósfera, un estado de ánimo, una fotografía de una sociedad que tuvo un mandatario que fue capaz de pararse frente al mundo y, en particular, frente a Estados Unidos, y enfrentársele como pocas veces se ha visto en la historia contemporánea, para espetarle su manipulación con la política y los destinos de los países del Tercer Mundo.

“El líder carismático debe buscar espectadores en su afán de combatir su vacío interior, debe inflamarlos con su fervor, y arrastrarlos a su mundo imaginario de poder absoluto”, dice citando a Charles Lindhom, cuyas palabras nos remiten hoy a un Donald Trump, que tiene a ciertos estadounidenses fascinados con un discurso tan vacío de ideas como lleno de insultos, xenofobia y rabia.

¡Qué bien le haría a los estadounidenses leer a Barrera Tyszka! Pero es un libro que jamás leerán, porque “leer es buscar. Leer es buscarse. Siempre”, como señala el autor, y lo evidente, es que los del Norte no quieren estar con ellos mismos, sino que con otro que les venga a llenar su vacío, aunque sea con la porquería demagógica y populista de un soberbio millonario.

Bien nos haría también a todos los latinoamericanos buscarnos, para encontrarnos en las páginas de esta novela que retrata a una sociedad en particular, pero que finalmente, lo hace con la nuestra, con la de todos.


Periodista y conductora radial, directora del programa "Vuelan las Plumas".