Ante la propuesta de Camila Vallejo, diputada del PC, para eliminar las menciones a Dios al inicio de las sesiones en el Congreso, varios personajes políticos se mostraron reticentes.

Sin embargo, también reunió apoyos. Una de las voces que respaldó su mirada fue la del columnista de El Mercurio y rector de la Universidad Diego Portales, Carlos Peña.

Parlamentarios de izquierda (Osvaldo Andrade), de derecha (Ward, Edwards) y ni de izquierda ni de derecha (Goic, Zaldívar) pusieron el grito en el cielo: la propuesta no tiene sentido, es inconducente, absurda -dijeron a coro. Y algunos comentaristas agregaron: ¡Es banal! ¿Acaso no hay cosas más urgentes de las que preocuparse? ¿Por qué negar a Dios o rechazar las creencias que la mayor parte de la gente posee? Todos ellos se equivocan”, escribió categórico.

Lo que ha planteado la diputada Camila Vallejo no es acerca de la verdad de la existencia de Dios, ni acerca de lo acertado o erróneo de la fe, ni tampoco acerca del lugar que las creencias religiosas deben poseer en la vida humana, ni menos acerca de la apertura que cada uno puede tener ante el misterio. Nada de eso”, dijo en el diario de Agustín Edwards. 

Lo que la diputada ha planteado es algo más simple: cuál ha de ser el lugar que Dios -exista o no exista- ha de poseer en la esfera pública. Si acaso ha de presidirla o si ha de ser puesto al margen de ella”.

En ese sentido, para Peña, la presencia de Dios debe estar reglada por “ritos” que le hagan sentido a todos y descartó que el argumento de que la mayoría de los chilenos afirme ser cristiano, sea un asunto de interés para la discusión.

“La pregunta entonces que cabe hacer es si acaso en un mundo como ese la invocación a Dios resulta adecuada, si es capaz de orientar significativamente la conducta de todos los partícipes. La respuesta -obvia- es que no“, dijo.

Es verdad que en Chile la mayor parte de las personas son creyentes sinceros y que la creencia en Dios, especialmente católica, está tan extendida que incluso hay quienes no tienen problema alguno en leer a Marx y oír la misa al mismo tiempo; empuñar la mano izquierda en alto y participar de una procesión; murmurar La Marsellesa y cantar al mismo tiempo Perdón Oh Dios Mío/ Perdón e indulgencia. Pero como la conducta de la mayoría no es una razón para imponer una creencia, esta circunstancia resulta del todo irrelevante”, escribió.

Además, planteó que más allá de que exista una práctica histórica en cuanto a la importancia de Dios en lo público, hoy no hace sentido imponerla simplemente por “tradición”.

“No cabe duda que es propio de la condición humana preocuparse por el misterio, asomarse a lo numinoso (la expresión es de Rudolf Otto) e inclinarse ante las nubes de la existencia; pero nada de esto quedará impedido por suprimir la invocación a Dios de las sesiones legislativas“.

Porque lo que la diputada Vallejo sugiere discutir (que parece banal, pero no lo es) es solo qué reglas habrán de presidir la vida compartida, qué valores son comunes, y si tiene sentido seguir invocando a Dios en medio de una sociedad tan plural que ha convertido las iglesias en tumbas y monumentos fúnebres de Dios. Al extremo que hoy día Él parece sobrevivir solo en el Congreso Nacional”, concluyó.