Que llueva en Octubre es una singularidad en tiempos en que se comienzan a asentar mayores singularidades climáticas cada vez. Vivimos tiempos convulsos en un Chile que está en una reafirmación de los despertares sociales más importantes al iniciar el siglo XXI.

Después de un largo letargo transitológico, en que solo se profundizaron los enclaves de un modelo neoliberal, el actor social apareció en escena para quedarse, la trama por “arriba” perdió el cauce y  su libreto, se perdieron las partituras, y los actores de la “sociedad política” entraron en una de sus peores crisis de credibilidad histórica, como un fenómeno también mundial la política diluyo sus relatos de proyectos de sociedad, y la pragmática efectista de la tecnocracia mundial, que en su positivismo dominante logro capturar el relato de lo plausible, así la técnica discursiva de lo positivo siempre pulsiona el mismo sentido de la extensión del lucro a todas las esferas de lo sociedad.

La colonización del mercado sobre el “mundo de la vida” ha determinado con irritable realismo que el área de prestaciones sociales ha sido privatizada, la especulación fetichista se ha impuesto a una lógica de derechos. Todo lo populista de un estado benefactor paso a la rentabilidad monetaria sobre la premisa social, el negocio de la vida extendido hasta la carne del alma nacional.

La clave de Marx, nuevamente nos evidencia que la negación abrirá paso a una respuesta, la exclusión estructural evidenciada de manera infamante en el Sistema de Fondos de Pensiones, termina haciendo que así como los estudiantes los ciudadanos chilenos hayan salido a las calles a ocupar alamedas.

Porque duele el neoliberalismo en el área social, ahí francamente duele, las prestaciones sociales no podrían por un sentido político de la vida social ser materia de especulación, el sentido público de la sociedad es para sus ciudadanos.

Ha vuelto el actor, en un traje movimientista, con la máscara de vendetta, se ha metido esta movida de los de a pie, que han dicho no más AFP. Por fuera de los partidos políticos, la vida social demuestra su absoluta politización, y los partidos políticos muestran una crisis multifacética.

Este movimiento es de una transversalidad que ha desafiado al mal tiempo, y ha impuesto su petición, ha logrado impactar a la opinión pública, sin aún transformar el eje de los acontecimientos, si ha emergido con carácter nacional, y con mucha masividad.

Sobre el derecho a marchar el país tiene una historia, y los actores ya saben ese repertorio de la historia popular, ese sujeto tan adentro del tiempo histórico. Hoy el ciudadano comienza a reclamar su devenir, y esto es una lucha por el reconocimiento, el reconocimiento frente a un “sistema previsional” que es un desprecio moral a la gran mayoría de chilenos que frente a su época requieren descansar dignamente después de una vida de trabajo.

Esta doble coacción sobre el salario de los trabajadores, refleja la extensión y modernización de un capitalismo totalizante en su expresión neoliberal, ya no sólo con el “plusvalor”, sino que ahora modernamente con su ahorro previsional, para especular por parte de los grupos económicos en los mercados bursátiles.

El neoliberalismo desarrolla la acumulación en todos los espacios de la vida social, se trata de crear mercancía, donde antes no había, y esto lo hace a través de un proceso de “destrucción creativa”, destruye las relaciones que habían y las reemplaza por otro marco de relaciones, divisiones del trabajo, áreas de protección social, tecnologías, estilos de vida y formas de pensamiento.

Todo este, no lugar, desarrolla una transformación y una colonización de espacios nuevos, las AFP de esta forma se presenta en su lógica de rentabilidad, ocultando la captura que determina que el salario de los trabajadores permita especular a los grandes grupos económicos.

El profundo sentido de desigualdad deconstruye todo pacto social, todo contrato, que en este caso es más bien la oferta y la demanda. La transformación geopolítica del Estado, y la estructuración de un mercado como eje copernicano de la sociedad son designios de estos tiempos violentos.

Dicha negación término por cansar a los nacionales, de pronto a pesar de la estructura como diría Foucault, emergió ese Ser de Sartre que tiene derecho a su historia, en una clave muy transversal, la ciudadanía ha expresado su “existencialismo” más sentido, el “derecho a educación gratuita y de calidad” y el “derecho a un previsión digna”, el “derecho a derechos”. Y los tiempos hacen girar un péndulo y la necesaria manifestación pone de relieve el conflicto desatado entre un neoliberalismo atrincherado, y una ciudadanía dispuesta a avanzar.

La tecnología consensual ya lleno las almas de olvido, la vida se abrió paso a pesar de la “jaula de hierro”, finalmente el “topo de la historia” vuelve a aparecer, y a recordarnos que en plena sociedad del individuo, se instala un deseo colectivo, una subjetividad de iguales excluidos, un colectivo en el repertorio de la historia toca de nuevo la puerta.


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