“Yo nací en Huara, en la salitrera Ramírez. Tras el cierre de ésta llegué hasta sexto básico. Para seguir estudiando debía ir a Iquique y no pude. Mis hermanos pudieron porque se fueron a Copiapó, La Serena y Santiago”, cuenta la señora Marujita, mientras suena una cumbia chicha de fondo, en un almacén antiguo de techo alto y plano, como en todas las casas del norte.

Estudiar en los pueblos rurales del norte de Chile, que se encuentran a más de 70 kilómetros de las capitales provinciales, históricamente ha sido difícil. Las enormes distancias entre una localidad y otra, la mala conectividad de los caminos, la pobreza tras la crisis salitrera, la falta de recursos, el escaso capital cultural que llega a las ciudades y la poca especialización en diversos ámbitos -que no sean la minería-, han hecho que los jóvenes deban salir de sus lugares de origen en busca de otra forma de vida.

A casi 80 kilómetros al norte de Iquique se encuentra Huara. Un pueblo que posee unos 1.130 habitantes, y en el que se levanta un liceo al que asisten 320 niños de distintas localidades. Ellos y ellas deben enfrentar la separación de sus familias desde los 12 años para comenzar a estudiar, ya que no todos los colegios de los pueblos tienen enseñanza básica completa. Rosa Venegas es una mujer que ha vivido en carne propia la injusticia del centralismo. “Todo cambió. Cuando yo llegué acá había harta gente, hartos niños, todo. Ahora no hay nada”, cuenta aludiendo a la migración de la gente debido a la escasez de oportunidades.

En las tardes pampinas, en las que el sol provoca que se partan los labios y las manos, a la hora en la que ya no recuerda lo ingrata que es la vida, Rosita, como es conocida en el pueblo, sale a recorrer las cercanías de Huara, donde por décadas la arena fue el cimiento de la oficina salitrera Santa Rosa.

Ella vivió en este campamento minero hasta que se cerró. Hoy se dedica a buscar distintas cosas que quedaron olvidadas en las salitreras, para sentirse más cerca de lo que añora del lugar al que perteneció, según comenta, y del cual la modernidad se la arrebató.

dscn9824

El pueblo aymara y la educación

El sistema educacional actual se caracteriza por renegar de las tradiciones de los pueblos originarios, al tratarlos con poca profundidad dentro de las clases de historia y olvidando sus aportes a la literatura del país.

Esta situación proviene desde el proceso de chilenización del pueblo aymara, que se concretó durante gran parte del siglo XX, cuando se obligó a las comunidades a disolverse, lo que generó una pérdida de sus raíces.

Este proceso nunca buscó una real integración de las personas con sus costumbres, sino que sólo tuvo como objetivo sacar un provecho material de las riquezas de la zona, perpetuando así la hegemonía nacionalista.

El proceso de chilenización obligó a los jóvenes de la comunidad aymara a realizar el servicio militar, y se les insertó a golpes las ideologías patrióticas e individualistas, con lo que se los desligó de su contacto con la tierra y la cosmovisión que profesaban.

En la actualidad, a pesar de que en las aulas hay estudiantes de origen aymara, la lengua no se enseña. El panorama cultural de las comunidades es incierto, ya que los jóvenes al emigrar a las ciudades dejan de relacionarse directamente con sus tradiciones.

dscn9822

Círculo del subdesarrollo

La migración de los y las jóvenes, junto a la poca diversidad de carreras universitarias del área de la salud que presenta la zona y los escasos recursos destinados a estas, acentúan la situación del país frente a la falta de especialistas. Sumado a esto, se perdió el sentido humanista ya que a los jóvenes se ven obligados a ingresar a carreras relacionadas con la minería.

El panorama en el norte chileno ha sido el mismo por décadas. Se han expropiado los recursos que podrían aportar al desarrollo de la zona y además se ha construido una sociedad que ya no pretende integrar a los pueblos originarios y que está obligada a sumarse a los falsos ideales patrióticos de una nación que históricamente nunca se ha interesado por preservar lo rico de la diversidad cultural.

La centralización está arrasando con todo; con la cultura, su gente, la vida y los sueños, sueños delimitados por el lugar donde naciste. Una cruda realidad que se refleja en los desérticos y calurosos sueños de la juventud chilena nortina.

*Publicado originalmente en Revista Bello Público #78