En un partido de playoffs entre la Universidad de Concepción contra la Universidad de Chile, en tiempo extra definido por gol de oro, fuera del área por el sector izquierdo, con poco ángulo y de rabona al segundo palo del arco de Johnny Herrera. El gol de Mauricio Cataldo del 15 de junio de 2003 fue considerado por el CDF como el mejor de esa década. Sin embargo, al ahora ex jugador le produce sentimientos encontrados:

“La rabona me trae alegría y pena. Alegría porque es el mejor gol de la década, imposible ver goles tan bonitos, pero pena por el proceso que viví, recordar que podría haber sido tremendo jugador pero lamentablemente dejé todo atrás”.

Cataldo vivió su niñez jugando a pata pelada en las calles de la Villa Las Mercedes de La Florida. Su rol en la pichanga cambiaba según el trámite del partido: si su equipo iba ganando, jugaba al arco para que sus compañeros se mostraran, si iban perdiendo, subía a mostrar todas las jugadas que, como una esponja, había absorbido viendo jugar a sus ídolos. La pisada de Fabián Estay, la rabona de Claudio “Bichi” Borghi. También había desarrollado una particular habilidad para pegarle de “puntete” a la pelota, aunque uno de sus recuerdos más dolorosos –al menos físicamente- es una vez que en lugar de darle con la punta al balón le dio al cemento.

Pero no todo era fútbol. Cuando no jugaba a la pelota, Mauricio recogía fierros, latas y cartones para llevar plata a su casa. “Antes el único que trabajaba era el papá de uno, pero los papás eran casi todos alcohólicos o se tomaban la plata”, recuerda.

Si bien su barrio no era tan peligroso como otros aledaños, sí estaba fuertemente marcado por el alcohol, la droga y la violencia. Esto Mauricio lo vio fielmente reflejado en la historia de un amigo suyo, Jorgito, quien a pesar de su ceguera, solía pasearse en bicicleta por el barrio saludando a sus amigos, a los que reconocía con tan solo sentirles la voz.

Un día, un familiar de Jorgito que era drogadicto llegó hasta la casa donde vivía junto a su abuela. La asesinó a puñaladas tanto a ella como al niño. Tiempo después encontraron ambos cuerpos debajo de la cama. “Fue lo más terrible que viví en esa Villa”, recuerda Mauricio, quien luego hace una reflexión respecto a cómo la infancia es determinante en la vida:

“Cuando uno es niño, ve cosas malas en su casa y va acumulando una rebeldía en su corazón. Cosas que pasan en tu hogar y vas absorbiendo. Como eres niño no puedes actuar, solo vas creciendo con esa soberbia. Pero ya cuando creces: “¡AAARGH!”, dejái la embarrá’”.

Una carrera de excesos

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Con sus actuaciones en torneos de verano, Cataldo no tardó en ser visto por clubes profesionales. Audax Italiano fue el primer equipo en reclutarlo y a los once años ya estaba entrenando a nivel de cadetes. A los doce empezó a consumir alcohol regularmente.

A medida que iba creciendo, su rebeldía empezó a manifestarse y su actitud hizo que chocara con sus compañeros de equipo. En el último entrenamiento que tuvo en su primera temporada en Audax, el entrenador argentino Óscar “Cacho” Malbernat le reprochó el haberle pegado de puntete a la pelota. Cataldo, para demostrar “choreza”, volvió a pegarle de la misma forma. Cuando lo retaron de nuevo, se enfureció, tiró el peto al suelo y se fue. Tras el incidente lo enviaron a préstamo a Osorno.

-¿Cómo fue evolucionando esa rebeldía?
-Yo era problemático. Si era alcohólico desde niño, y después ya andaba curado en todos lados. Al tiempo empecé a consumir cocaína para no curarme. El diablo te va engañando así: primero es fúmate un cigarro, después un pito, copete, cocaína y pasta base. Entonces ahí ya después iba el copete y la cocaína de la mano.

-¿En ese tiempo cómo eran tus días?
-Feos, de puras mujeres, ir a dejar una, volver con otra. Algo terrible. Hay gente que lo encuentra normal, pero ahora que soy un hijo de Dios lo encuentro un exceso de todo.

-¿Y los días de partido?
-Nos concentrábamos, llegaba todo hecho pedazos porque en la semana me tomaba hasta el agua del florero. Llegaba a puro recuperarme, dormir, en el partido hacía un gol o dos y chao. De nuevo a lo mismo. Después del partido a celebrar. Los días lunes inventaba que tenía que ir al juzgado para no ir a entrenar.

Una vez que estuvo de vuelta en Audax, sus actitudes ya chocaban de manera más fuerte con sus compañeros. Entre ellos estaba Salvador Cabañas, crack paraguayo que en 2007 recibió la distinción de “Mejor futbolista de América” del diario El País de Uruguay, pero que en 2010 vio frustrada su carrera luego de recibir un disparo en la cabeza que casi termina con su vida. En ese tiempo Cabañas ya lo advertía en una conferencia: “Cataldo va por mal camino”. Explicó que el plantel quería marginarlo, y que era una decisión muy dura porque él veía en Mauricio un jugador con mucho talento: “En Chile no he visto un jugador así”.

Después llegó su ídolo Claudio Borghi a dirigir al club, con quien practicó una y otra vez la rabona. Ahí ya destacaba como parte del grupo de los “enanitos verdes”, como se denominaba a los jóvenes formados en Audax como Alejandro “el Bocha” Carrasco, Felipe “Pipo” González, Rafael Olarra y él.

Sin embargo, sus problemas de disciplina seguían. El “Bichi” Borghi, que ya le había tomado cariño y sabía de todos sus problemas, lo llamó un día a conversar, con visible tristeza:

-Los muchachos están enojados contigo, te quieren echar… yo les dije que no.
-No se preocupe profe, yo me voy para que no tenga problemas con el equipo. Estoy mal, ya me di cuenta de que soy alcohólico – respondió entre lágrimas Cataldo.

Por su talento, siguió brillando en clubes como la Universidad de Concepción de 2003, equipo recordado por llegar a disputar la Copa Libertadores y tener un plantel que incluía a jugadores como Jorge Valdivia, Luis Pedro Figueroa y Jean Beausejour. En ese equipo hizo el gol de rabona, aquel que hoy recuerda con alegría y pena.

No fue sino hasta años después cuando Cataldo tocó fondo. Un día, por el efecto de la cocaína, llevaba tres días sin dormir. Sin tener dónde ir, encontró una manta y se quedó dormido en la calle. Despertó con una fuerte comezón. Regresó a la casa de su mamá y esa manta dejó a su perrita sin pelo. “Andábamos todos leprosos. Como dice la palabra de Dios, de diez leprosos uno solo volvió. Yo me acuerdo de esas cosas ahora y digo ‘Señor mío, por dónde me tuvo’. Ahí ya toqué fondo, cuando vi que ya nadie me quería, que todos se alejaban, me arrepentí y me entregué a Dios“.

La nueva vida de Mauricio Cataldo

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Fue en la Iglesia Cristiana Metodista Pentecostal de María Elena donde el “Cata” empezó a reforzar su fe, a orar todos los días, a cantar junto a su señora. Hizo sus últimos sacrificios en el fútbol, por ejemplo bajando más de diez kilos para integrarse al plantel de Ñublense, luego de haber sido llamado por Fernando “Nano” Díaz. Dejó el fútbol profesional a los 33 años.

Hoy tiene una escuela de fútbol, en donde les habla a los niños de su propia experiencia y la relaciona al evangelio. “Les digo que uno puede llegar a ser muy agrandado, teniendo poco te creís el mejor. Después vienen las amistades, a mí me iban a buscar a la selección chilena amigos en auto. Uno, para que no le anden diciendo cosas, comete el error de juntarse con gente. La palabra de Dios dice: ‘Maldito el hombre que confía en el hombre'”, cuenta.

Luego agrega: “Cuando los niños ven a sus padres que toman o fuman es normal que hagan lo mismo. Por eso hay que guiar a los padres a que puedan conocer a Dios. Podemos tener autos, casas, pero si no tienes a Dios en tu corazón pasas a ser vacío”.

Además de la escuela de fútbol, Cataldo tiene una desarmaduría en la calle San Isidro, en el barrio de 10 de julio. Hoy, sin embargo, sus esfuerzos están dedicados casi en un 100% en la campaña que está llevando adelante para ser concejal de La Florida, por un cupo de la Unión Patriótica. “Sólo expresar mi gratitud por los floridanos, que siempre me apoyaron en mis triunfos y derrotas; ahora quiero devolver un poco de lo que me dieron ayudando a los niños en el deporte y con la palabra de Dios, que fue la que me levantó”, dice su carta de presentación como candidato. Sobre este punto también conversó con El Desconcierto.

-¿Cómo tomaste la decisión de la candidatura?
-Lo que pasa es que una niña del barrio iba de candidata y le faltaba una persona. Se metió mi cuñado a ayudar, pero tuvo un problema familiar y no pudo. Justo faltaba uno y me preguntaron. Les dije “¡Ya poh!, igual es bueno porque en realidad tengo más amigos que Roberto Carlos” jajaja.

-¿Y por qué por la Unión Patriótica?
-Porque ahí se abrió la puerta no más, yo nunca pensé en meterme en eso. No me gustaba la política por la forma de ser que se andan peleando, que por el tema de los letreros hasta se pegan balazos. Pero es lo que Dios quiso para mí. Estoy haciendo la campaña con poco apoyo del partido eso sí, porque no hay lucas. Solo tengo como 4 mil flyers, cartel ninguno.

-¿Compartes los ideales de izquierda de la Unión Patriótica?
-Yo no soy de partidos, soy hijo de Dios. No tengo colores, tengo que predicarle a todos.

-Pero imagino que hay ciertos temas como la educación gratuita o el acceso universal a la salud que compartes.
-Claro, si hay que dar lo mejor para la juventud. Algunos papás no tienen para pagar, imagínate si te pagan el mínimo, hay que tener conciencia de las cosas que están pasando. Si estái bendecido y no te falta nada, tenís que luchar por el que le falta poh. Amar al prójimo como a ti mismo. Hace falta amor.

-¿Cuáles son tus proyectos?
-Trabajar con los vecinos y ver sus necesidades, apoyarlos, ser transparente. Hay personas que me han pedido ayuda para canchas. Me gustaría tener escuelas gratis, trabajar con los papás, y también me llama el tema de los centros de rehabilitación. Hay que entregar lo mejor, con amor se puede lograr todo.

Cuando Mauricio va por las calles de La Florida, la gente lo reconoce y le tiene cariño. Sin embargo, al poco rato de conversar con él le preguntan:

-Oiga pero, ¿qué me ofrece usted?
-Nada pos, si nada me pertenece, ¿qué le voy a ofrecer? -responde.