Martes 18 de octubre, de 2016, 12 horas. Bandejón central de la Alameda, a la altura de la avenida  Brasil.

Una horda verde ataca a unos pocos estudiantes que intentan rearmarse para seguir protestando. De pronto la tropa les cae con indisimulada brutalidad. Los carros policiales se cuentan por decenas, los efectivos policiales, por centenas.

El odio antipopular se eleva como una bruma verdosa. Se puede apreciar en toda su dimensión el despliegue de la política cultural del régimen en su expresión más elocuente: agua pestilente, gas venenoso, apaleo indiscriminado, detenciones arbitrarias.

Los estudiantes se han transformado en el blanco favorito de los mandos policiales azuzados mediante la carta blanca que le entrega la otrora compañera Bachelet por medio de su Ministro del Interior y, peor aún y con el silencio cómplice de los que hasta no mucho compartían barricadas y peleas, los compañeros del Partido Comunista.

Del resto de políticos de la Nueva Mayoría no se puede esperar nada. ¿Pero del PC?

Me pregunto qué sentirán los otrora aguerridos, perseguidos y heroicos militantes comunistas cuando ven semejantes despropósitos en las calles. Con todo, este gobierno es su gobierno.

¿Será que esos muchachos que salen valientemente a las calles son los ultrones de los que hablan los pulcros militantes de la jota? ¿Son aquellos los apurones que no saben de gradualidad, de avances pequeños pero sostenidos, de mejoras reales atendiendo las condiciones del país?

¿Cómo será estar del lado de los que apalean, gasean golpean a diestra y siniestra y se ensañan con muchachos de catorce años con el expediente de resguardar el orden público?

Como se sabe, las limitaciones para que la gente, con sobrado derecho, se manifieste en las calles libremente se basan en una legislación de facto que está vigente desde los tiempos del tirano. ¿Qué se siente ser parte de esa vergüenza?

Como se ha probado, no es posible estar con un pie en la calle y otro en las almidonadas  oficinas del poder. En ese caso se corre el riesgo de que, al alejarse un pie del otro, se  termine con las piernas abiertas, con el consiguiente riesgo en dicha postura.

Resulta de una bipolaridad angustiante el intentar hacer coincidir los postulados antipopulares y derechamente traidores de la Nueva Mayoría, con los de alguien que se dice de izquierda o revolucionario.

¿A qué sabe un buen sueldo si se es parte de un gobierno que persigue, golpea a mansalva, tortura y amenaza como fórmulas para mantener a raya a los desordenados?

Cuesta entender cómo es posible que una metamorfosis tan potente haga cambiar de parecer a quienes históricamente han sido perseguidos, torturados, encarcelados, puestos al margen de la ley y finalmente asesinados,  hoy estén de parte de los castigadores y no sean capaces de decir esta boca es mía.

No existe explicación plausible en la supuesta gradualidad de los cambios necesarios ni en la esquizofrénica postura de estar con dios y con el diablo.

El Partido Comunista ha hecho gobierno con una coalición que ha perfeccionado el legado inmoral del tirano. Y sus militantes se desgañitan en encontrar razones ahí donde solo puede haber vergüenza.

Ninguna razón justifica ponerse del lado de los que castigan al pueblo con sueldos de miseria, con desprecio, con educación y salud para pobres, con un sistema de pensiones indignas y peor aún, con una represión que no le va en saga a la desplegada por el tirano hace un cuarto de siglo.

El palo es el mismo y es el mismo odio el que lo mueve y lo deja caer.