La primera vez que escuché hablar de los políticos tiene que haber sido para la elección municipal de 1963; a partir de entonces escuché de ellos en diversas situaciones y lugares cada vez con más frecuencia. Es que el 64 hubo elecciones presidenciales y el año siguiente de parlamentarios. La vibrante Marcha de la Patria Joven y el Tren de la Cultura al Sur de Chile con artistas populares y banderas rojas me resultaban igualmente llamativos, pero a la hora de los resultados descubrí que los nuestros perdían indefectiblemente elección tras elección, eso hasta 1970. Mucha exposición política entre primero y tercero básico vuelve a un niño un ser político aunque no lo sepa. Debo reconocer que precozmente advertí la distancia de todos los candidatos con la gente común y corriente, porque se desplazaban en automóviles, de los que no existía ninguno en mi cuadra, excepto por un vecino que lo utilizaba como “auto de arriendo”, aún sin su uniformado color negro y techo amarillo. En esos años Ñuñoa no terminaba en Rodrigo de Araya con una línea en el mapa de la ciudad y casas a los dos lados de la calzada, como el artificial límite comunal que la separa de Macul hoy día. Por entonces Froilán Roa era un callejón tirado en el suelo que se abría desde la avenida Macul a la derecha como la rama de una higuera y no llevaba a ninguna parte, pero un canal que corría paralelo al monasterio colorado ese que está en la avenida Macul (nunca se llamó José Pedro Alessandri) marcaba el fin del mundo conocido y del deambular infantil.

Por el lado habitado, la (actual avenida) Agrícola era el non plus ultra. Hasta allá llegaba la eterna reelegida regidora comunista María Marchant. Si alguien se enfermaba, necesitaba trabajo o consuelo y ayuda por la muerte de un angelito, recuerdo que se le sugería con vehemencia: “Anda a hablar con la María Marchant”. Si alguien manifestaba cierta duda acerca de a quién brindar su voto, y eso lo escuché en sucesivas elecciones, un unísono de voces proletarias le recomendaba: “Vota por la María Marchant, poh!”. O consultado alguno por su preferencia, su respuesta era un balazo: “María Marchant”. Poblaciones ahora consolidadas conocieron de su presencia cuando eran tomas, aunque los vecinos de tercera generación hagan mutis por el foro, algunos incluso reconvertidos en los “jutres” (así con jota) de que abominaban sus abuelos enfierradores, estucadores, jornaleros.

Andando el tiempo, mi abuela paterna (no me perdonó haberla hecho abuela a los 37) alguna vez me llevó (me hizo acompañarla, en realidad, que no es lo mismo), niño pero ya preteen, a la casa de Marta Ugarte –sería detenida desaparecida, la primera que devolvíó el mar, dando inicio a una de las primeras querellas contra la dictadura–. También vivía en Ñuñoa, pero en una elegante casa, por lo que mi abuela me explicó que comunistas no eran solo los pobres, que habían ricos que también lo eran, personas con una conciencia superior, decía, y eso los enaltesía aún más porque luchaban no por conseguir una mejor vida para ellos, sino por que otros también la tuvieran. A mi edad eso bastaba. La abuela Rina era la persona más lúcida de la familia –y lo sigue siendo allá donde se encuentre en su ateísmo–, a pesar de que el más lucido sea su hijo Floridor, lo que habla bien de mis genes heredados de ambos, pues juego con las tildes como con pelotas y si fueran un poco más grandes podría ganarme la vida con ellas en los semáforos. Mi abuela también hablaba de la María Marchant como de una comadre, una amiga, y por ella supe que era una gran dama, de lo que entendí que no era obrera como las que veía regresar a sus pobres hogares cada tarde con sus delantales celestes o amarillos en el brazo, sino que vivía como la Marta Ugarte y las dos eran comunistas de puro tontas nomás.

El esposo de María Marchant –lo supe después leyendo– fue José Santos González Vera, Premio Nacional de Literatura 1950, a mi juicio el Juan Rulfo chileno, o sea escribió poco pero bueno. Tuvo más suerte con su marido que la ministra de Justicia nombrada por González Videla en 1952, la abogada Adriana Olguín de Baltra y primera mujer ministra de algo, que cuando regresó a su hogar recién nombrada –su esposo no asistió a la ceremonia– se encontró con su marido muerto de hambre y refunfuñando porque no había quién le preparara la cena (sería por eso que duró unos pocos meses en el cargo nomás). Se trata del senador Alberto Baltra Cortés, pero no el político sino el dueño de casa.

Cuando Gabriel González Videla salió Presidente con el voto comunista, además de unos ministerios poco vistosos designó a alguien de esas filas en la Intendencia de Santiago, nombramiento que recayó en María Marchant, que aunque no duró tanto por eso de la Ley Maldita, fue la primera mujer en ese cargo en nuestro país (después, de regreso a sus clases, se la acusó de hacer escuchar grabaciones con poemas del proscrito poeta Pablo Neruda a sus alumnos, y se le abrió un expediente de remoción). Como estudió en la Universidad de Chile (pedagogía en Inglés), participó de la movida feminista cuando era harto mal visto, especialmente entre las personas de su clase, junto a Elena Caffarena, Olga Poblete y otras con las que fue fundadora del Movimiento pro Emancipación de la Mujer Chilena (MEMCH), jovencita, en 1932. Ya regidora, por su iniciativa la Casa de la Cultura de Ñuñoa –dirigida nada menos que por Ángel Cruchaga Santa María bajo la alcaldía del alcalde de derecha José Manuel Narbona–, se crea el Premio de Literatura Pedro de Oña, dotado con 2 mil escudos. El decreto alcaldicio de 1962 lo firma ella y el alcalde Narbona. Ese premio los militares y los otros que les sucedieron lo mantuvieron 25 años en el limbo (1974-1998) y actualmente está dirigido a novela breve con un único y mezquino premio de un millón de pesos “brutos”; pero no ha perdido prestigio, lo que para un premio literario no es poca cosa. En la última elección municipal a la que se presentó, el año 1971, superó a dos políticos que nos suenan hoy: 3ª.- María Marchant, PC (9.341 votos); 4º.- Sergio Puyol, DC (9.214 votos) y 5º.- el exalcalde Narbona, PN (2.019 votos).

Se casó con González Vera en 1932 (lo que sale en la Red es que fue él quien se casó con ella ese año, pero como son las mismas personas, el dato igual sirve), y como nadie es eterno, lo que no está en internet no existe y será su caso, pues es poco lo que aparece de esta mujer; de hecho, no tiene una entrada propia. Tuvieron dos hijos, una parejita; Álvaro y Laura Elena. Nieta del matrimonio es Carmen Soria, hija de Carmelo Soria, el diplomático chileno-español del CELADE que para salvar gente utilizaba su harto feo Volkwagen TL 1600 blanco (el color no ayuda a los Volkwagen) y pese a la patente diplomática ONU 165, la larga mano del régimen usó su mismo vehículo para simular un accidente que recién en 2015 mandó a la cárcel a los últimos militares culpables con testimonios nuevos y otros desatendidos por la justicia de su tiempo.

Ignoro si los remedios que tomaban los niños enfermos o los cajoncitos mortuorios y el espacio en el Cementerio General cuando aquellos no hacían efecto se los conseguía a sus ateridos padres la mismísima María Marchant, o si el puesto de fabricana de la madre de este o aquel compañero de la escuela de la población era acción suya, pero hasta hoy siento un cariño especial por esa mujer de la que sé tan poco; será esa cercanía con los más pobres de la comuna de entonces, de la (y los) que ya no formo parte. En estas elecciones municipales, no se me ocurre mejor candidato o candidata, que me evoque algo, cualquier cosa (¿en qué comuna se vota por un fantasma?). Acaso lo único razonable sea escribir de puño y letra en el voto: “María Marchant, regidora”.