‘Si no les gusta ninguno vote nulo’, dicen los simpáticos presidentes del Senado y de la Cámara. Luego siguen como en los juegos de recreo infantil, ‘el que no vota no tiene derecho a alegar’. Esta alegría imperiosa, exasperada y extorsionadora, anticipa el aire fresco en los pulmones de los frescos. Tendremos nuevos representantes; todos los pecados y las simples faltas de la política habrá sido borrados. Estamos notificados. No tiene la misma fuerza abstenerse que votar nulo.

Tenemos derecho a detenernos un momento y dejar pasar las urgencias ficticias de la elección municipal. No tenemos deuda alguna que les permita levantarnos la voz y chantajearnos. Ya no estamos al alcance de la intimidación elitista. ‘O elijen entre algunos de nosotros o no se quejen’. No le reconozco el derecho a ninguna autoridad para elevarse sobre el podio de la democracia a increpar a la gente. A los titulares de las instituciones del Estado les corresponde ahora callarse y dejar actuar a la gente.

Durante años participé de ese discurso, en principio entusiasta y después resignado, según el cual ‘votar es participar’. Estuvimos 16 años privados del derecho a votar, del derecho a opinar y del derecho a trasnochar. Valoro irrestrictamente el derecho a voto y, como parte de mi derecho a elegir, valoro el derecho a no votar cuando mi voto no hace una diferencia. No quiero menos sino más de voto y, paradójicamente, eso hoy se pide absteniéndose de votar.

Personajes de todos los calibres funcionarios han unido sus voces en falsete declamando un deber de votar que ellos mismos eliminaron de la ley. Hablan de una reducción de la democracia al voto electoral y de la vida política a la regla periódica de esas votaciones. El resto del tiempo la ciudadanía descansa en la justicia de sus representantes.

Me ha colmado la paciencia escuchar a los que dicen que ahora si, en las urnas y no en la calle, podemos actuar como ciudadanos. Como si los movimientos sociales no fueran la esencia de la democracia. Como si la democracia solo fuera el ejercicio de la representación por los representantes. Como si la democracia empezará en el desprendimiento que la gente hace de su soberanía. Como si antes de votar por un representante y después de elegirlo, la gente no tuviera nada más que decir y nada que hacer en política.

En estos días, se han sucedido en la televisión, pequeños dictadores departamentales, expertos de todos los colores monocromáticos exigiendo el voto de la gente. Niñitas plásticas recomendando votar porque el clima va a estar soleado. Eunucos hiperventilados que nos dan lecciones de democracia. Voten y serán salvados. La operación de blanqueo del sistema político ha sido tan desesperada como nauseabunda. No voy a votar por respeto al voto y a la democracia. Necesitamos el derecho a votar y que el voto haga una diferencia en nuestra convivencia y no solo por razones de regla periódica.

Me ha costado tomar la decisión de no votar y más, la decisión de comunicarla. Mi propósito es prevenir el abuso de confianza que se prepara a la vuelta de comerciales.

El lunes todos los arrogantes que se creen dueños de la democracia se proclamarán vencedores. Todos repetirán que este ha sido ‘un triunfo de la democracia’. Mientras tanto, los movimientos sociales de pensionados, mujeres, consumidores, jóvenes y pasajeros del transporte público, pueden seguir esperando. A partir del lunes tendrán que enfrentar a autoridades fortalecidas por el voto de confianza –esperemos que no-  entregado este domingo por la ciudadanía.


Director Fundación Chile Ciudadano