Concluidas las elecciones municipales, cesará por un rato la prisa electoral. Las fuerzas emergentes que han iniciado el camino hacia la construcción de un Frente Amplio, o como se llame, tienen un momento único para pensar las posibilidades de su proyecto común. Existe la posibilidad de construir un marco conceptual para lo que se viene, y la obligación de derribar el muro paralizante que busca separar la lucha en el ámbito de las organizaciones sociales y el de la política electoral. Tres puntos son importantes de rescatar.

Lo primero es el átomo local de la república. El autoritarismo centralista que ha caracterizado el proyecto nacional chileno por parte de quienes ganaron las disputas de poder de los dos siglos pasados, ha igualado a “la nación” con Santiago. Es por eso que se olvida el carácter local del acto fundacional del mito republicano de este propio proyecto: el cabildo, que no gobernaba el país, sino que era una asamblea de los que ostentaban el carácter de ciudadanos en una determinada ciudad. Paradójicamente, la consolidación de Santiago en la ciudad Capital propia de una élite, proyecto central del centenario, borró la potencia política de las otras comunidades que no eran esa élite. Hasta nuestros días, no hay gobierno metropolitano porque minaría el poder presidencial.

Incluso en el debate constituyente, ese átomo local de la república ha emergido a través de propuestas como aquella que planteaba una asamblea constituyente compuesta de concejales, representantes del poder local. La potencia de la exclusión del binominal, que lamentablemente es mirado no en el sentido “de arriba abajo”, de lo local a lo nacional, sino “de lado a lado”, de izquierda a derecha, ha sepultado propuestas como la de los concejales. Pero, si nuestro proyecto es anti-oligárquico, ¿qué eje permite explicar mejor dónde se sitúa este proyecto frenteamplista al momento ser la alternativa de los dominados para enfrentar a los dominadores? Dada nuestra opción demócrata y el carácter de leyes nacionales de las instituciones formales que son la base de la condición chilena del capitalismo neoliberal, tendemos a mirar con más urgencia la representación parlamentaria.

Sin embargo, corremos el riesgo de olvidar que nuestro proyecto anti-neoliberal y anti-oligárquico se juega en distintos niveles: al menos, de nuestra comprensión del mundo, de nuestra forma de socialización, y de las instituciones formales que dan un marco a la democracia. Modificar las leyes, las formas en que se organizan las instituciones del Estado, y el rol de éste y del capital en la economía son fundamentales, pero corresponden sólo al último de los tres ámbitos de lucha y proyecto mencionados. Lo que cada uno entiende del mundo para otorgarle sentido – ese “espíritu del capitalismo” que discutieron Weber y luego Boltanski y Chiapello – y las formas en las que interactuamos con la sociedad – nuestra pertenencia a “grupos intermedios” habría dicho el mismísimo Jaime Guzmán – deben ser parte de nuestro proyecto. Esto implica despliegue de trabajo político en el día a día.

Entender el átomo local para repensar – o superar – la república implica comprender que en este primer “piloto” electoral no nos jugábamos la cancha municipal, sino la comunal. No nos jugamos sólo convencer a la gente para que votara por uno u otro para un sillón, sino aparecer como actores políticos, miembros de un proyecto colectivo real que era capaz de hablarles a las ciudadanas y ciudadanos en sus ferias, en sus barrios, y a la salida de sus consultorios, cuando la ocasión nos dio nuestra primera excusa. “Acumular fuerza” implica comprehender esto: peleamos por ser actores en las comunidades comunales, no sólo por quedarnos con los sillones edilicios. Sobre todo porque no accederemos a grandes inversiones para financiar campañas, comprender cómo otorgarle legitimidad a esa presencia, pasada la elección, habiendo ganado o perdido, será la base tanto para participar en juntas de vecinos como para sustentar nuestro peso electoral en las parlamentarias y presidenciales de 2017.

El segundo punto es el lugar de la derrota electoral en nuestro imaginario de transformaciones en democracia. Lo obvio en la izquierda es recurrir al ejemplo de Allende, y hablar de “perder para ganar”, haciendo conocido el proyecto, acumulando fuerzas para la próxima elección. Sin embargo, se trata de un problema epistemológico mayor, que debe ser abordado en la discusión a ese nivel entre las fuerzas emergentes. ¿En qué medida la reticencia a lo electoral en la izquierda se basa en creer que no se puede ganar? Y, en en sentido opuesto ¿hay, en los que creen en un proceso de acumulación, una perspectiva en la que los logros de un camino revolucionario terminarán virtualmente haciendo desaparecer a las fuerzas reaccionarias? Volviendo al ejemplo de Allende, los buenos resultados de la UP en las últimas parlamentarias antes del golpe, y la idea del nunca realizado referéndum – ganable, según los antecedentes  –  para ver si continuaba el gobierno, alimentan un imaginario particular. En éste, la fuerza electoral de un gobierno revolucionario democrático crece hasta conquistar la mayoría absoluta y más allá.

La sugerencia, en este sentido, sería profundizar la discusión teórica sobre lo que entendemos por pluralismo democrático y social. En esa discusión, el debate estratégico por lo que haremos como nueva fuerza política debe incluir el entendimiento que tenemos de la democracia tanto cuando perdemos como cuando ganamos. Pretender que nuestra validación del espacio democrático se basa en la perspectiva de acumular y crecer hasta ser mayoría absoluta, puede ser síntoma de cinismo o fantasía. Cinismo sería si apoyamos la vía democrática imaginando que, si “lo hacemos bien”, creceremos tanto que el resto de las fuerzas se verán aplastadas electoralmente. Fantasía sería no considerar que es muy probable que, por variables internas o externas, electoralmente nos vaya algunas veces bien y otras veces mal. ¿Cómo vemos la democracia, la acción política, la movilización social, en todas las posibilidades de la vía democrática? ¿Cómo tendrá sentido un Frente Amplio en todos los escenarios? El peor camino es que la existencia frenteamplista esté condicionada a una especie de evaluación de desempeño y conveniencia electoral. No nos olvidemos que, si es que el proyecto funciona, en el trayecto hacia tener el poder para cambiar Chile ya no seremos “los jóvenes”, y, en el proceso de acumulación, habremos ido de a poco pasando por experiencias de representación que nos harán menos “outsiders”.  ¿Qué nos diferenciará y nos unirá? El desarrollo de un marco conceptual para la acción colectiva es fundamental en este sentido.

El tercer y último punto es fácil de entender habiendo descrito la realidad comunal. Nuestro proyecto político implica politizar lo social y transformar a la política electoral en un espacio para las fuerzas sociales transformadoras. La trampa paralizante que busca separar política y sociedad, tanto desde la izquierda como de la derecha, ocurre en nosotros mismos, y especialmente en nuestros territorios. La persona militante de una organización política es también vecina, trabajadora, estudiante, apoderada, público de un centro de salud. Pasadas ya las elecciones viene la administración de cómo se milita  también en el ámbito social. ¿Cómo decirle al resto de las personas que ese vínculo social y político es lo que queremos si no podemos nosotros mismos administrar esa contradicción, y optamos por uno o por lo otro? Lo mismo aplica a nuestras bases comunales: las agendas de activismo, auto-gestión y movilización están ahí después de las elecciones, con un escenario de quién gobierna ya definido para los próximos cuatro años.

Posiblemente, el proyecto político más importante que podemos aspirar a construir es el del militante frenteamplista. ¿Cómo se vive ser parte de esta idea? ¿Qué proyecto cultural para chile es el que encarnaremos con el testimonio de nuestra propia trayectoria? Entre los exhaustos militantes y colaboradores que componen los equipos de la campaña que recién pasó, esta la respuesta a esta pregunta de importancia histórica.